Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 4

Bienaventurados los limpios de corazón, ya que ellos verán a Dios

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«Bienaventurados los limpios de corazón, ya que ellos verán a Dios» dice la sexta Bienaventuranza, que expresa las cualidades de Netzah, el centro 7 del Árbol de la Vida. El Sol, regente de nuestro corazón físico, centraliza la voluntad de nuestro Ego Superior por su polo positivo y es el guardián de la conciencia por su polaridad negativa. Al hablar de un corazón limpio, Cristo se refería pues a una voluntad volcada hacia la pureza, dejando de lado la conciencia, ya que esta es un depósito de todo lo puro que hemos podido acumular en el curso de las vidas y, por tanto, no es apropiado decir que la conciencia pueda ser purificada. Cuando decimos precisamente que «tomamos conciencia de una cosa«, queremos significar, en profundidad, que hemos captado lo que hay de verdadero, puro y eterno en aquella situación.

Hemos visto también, al hablar de Netzah‑Venus, que ese centro de vida administra la parte de la voluntad relacionada con los sentidos, es decir, se ocupa de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y suele ser por este lado que la voluntad se extravía. 

Los cinco sentidos nos llevan a descubrir un mundo que nos deslumbra y nos identificamos con él, cuando en realidad no es más que una parte de un todo, es la parte del placer, del gozo que Dios ha puesto en su obra, y quizá sería más correcto decir que es el anuncio de un gozo cien veces superior, que encontraremos en el mundo de arriba si continuamos nuestra búsqueda y no nos encallamos en ese placer temporal.

Netzah, situado en la parte más baja de la columna de la derecha del Árbol, es la muestra pálida de esos auténticos goces y alegrías que Cristo vino a anunciar. Pero ello no impide que el ser humano los considere supremos y que utilice los cinco sentidos para gozar ampliamente de las bellezas que le penetran por ellos.

Sucede así que utilizando los sentidos para dar un relieve cada vez más intenso al mundo de abajo, los escindimos del mundo de arriba, esa imagen del gozo supremo desaparece entonces de la conciencia, no se imprime en ella porque no lo captamos, no lo aprisionamos en nuestros registros humanos. Entonces es como si en nuestra conciencia se formara una espesa costra de suciedad, como la que aparece en los cristales si dejamos que en ellos se acumule durante años y años el polvo, acabando por no dejar pasar la luz. 

Esa costra de impurezas que rodea la conciencia, desaparece al morir, destruida por la fuerza de repulsión activa en las bajas regiones del Mundo del Deseo y ya no queda en nosotros recuerdo de los falsos valores acumulados; queda solo el sentimiento de que hemos utilizado mal los recursos facilitados por el Creador para explorar sus mundos.

Cuando esa suciedad desaparece de la conciencia‑corazón, entonces la persona puede contemplar los mundos de arriba y ver a Dios. 

Esta Bienaventuranza expresa pues la necesidad de dirigir los cinco sentidos hacia arriba con la misma avidez con que un día los proyectamos hacia abajo. La reinversión de la vista dará como resultado la clarividencia, la del oído la clariaudiencia y lo mismo para los demás sentidos. De esta forma, el discípulo verá, oirá, olerá el perfume de las regiones eternas, podrá gustar y tocar el otro mundo.

Así pues, la regla para esta sexta Bienaventuranza consistirá en cerrar progresivamente los sentidos a la percepción de las realidades físicas, es decir, desapegarnos día a día de ellos, para proyectar los sentidos hacia arriba. Es una tarea quíntuple, como cinco son los sentidos y el resultado es la visión de Dios, es decir, ser capaces de ver en su conjunto nuestra creación. Pero ese tránsito debe realizarse de una forma natural, sin forzar las cosas. Uno no debe volverse vegetariano porque le hayan dicho que así se elevará más rápidamente, sino porque ha dejado de apetecerle comer carne.

En el próximo capítulo hablaremos de la séptima bienaventuranza.

Kabaleb
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