Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 14

Lo que contamina

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Entonces los fariseos y escribas venidos de Jerusalem se acercaron a Jesús diciéndole: ¿Por qué tus discípulos vulneran la tradición de los ancianos, no lavándose las manos cuando comen?» Así comienzan los capítulos XV de Mateo y VII de Marcos.

Jesús, reprochándoles a ellos su traición a otros preceptos de las escrituras, añadió su revolucionaria sentencia: «Oíd y entended: nada hay fuera del hombre, que, entrando en él pueda contaminarlo; lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre«. Dice la crónica que al oírlo, los fariseos se escandalizaron. Más tarde Jesús precisaría ante sus discípulos el significado de sus palabras «Lo que de fuera entre en el hombre, no puede contaminarle porque no entra en el corazón, sino en el vientre y es expelido en la letrina. Lo que del hombre sale, esto es lo que mancha al hombre, porque de dentro, del corazón del hombre proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, la altivez, la insensatez. Todas esas maldades, del interior proceden y manchan al hombre». (Marcos VII, 17-23).

¿Cómo debemos entender esta parte de la enseñanza? En primer lugar, escrutemos esta tradición de los antiguos de no comer sin antes haberse lavado las manos; de rociarse con agua al volver de la plaza pública, etc. Una visión superficial de esos preceptos dados por Jehovah a Moisés nos llevaría a pensar que se trata de simples medidas de higiene, pero no es esto, ya que, como explicó Jesús, no es el mundo externo el que contamina, sino nuestro mundo interno. Jehovah no podía pues prevenir a su pueblo en contra del mundo que él había edificado, porque este era un mundo puro y sin mácula. El microbio, la bacteria, el virus, no son creaciones divinas, ni del Dios que se expresa por el lado derecho, ni del que se expresa por el izquierdo.

Se trata pues de un gesto simbólico. El alimento que tomamos para nuestros cuerpos, es la representación física del alimento espiritual que un día nutrirá nuestros cuerpos superiores, y el agua de las purificaciones representa las aguas puras de Hochmah, las que limpian el mundo de todas las costras que el ser humano genera en su vivir cotidiano. Si las escrituras prescriben rociarse con agua al volver de la plaza pública, es para inducirnos, mediante la repetición de ese gesto, a entrar en el mundo sagrado donde todo lo impuro se disuelve, después de haber permanecido en el mundo profano (la plaza pública) y haberse manchado con su barro. 

El lavado de manos antes de la comida tenía el mismo objetivo: hacer que el ser humano tomara conciencia de que solo siendo puro podría asimilar la pureza que los alimentos espirituales contienen. Si esto no se comprende, si el lavado de manos se convierte en una defensa contra la posible contaminación o en un rito que se hace únicamente para cumplir con la letra de las escrituras, entonces no tiene más sentido que el de una simple regla de urbanidad. El gesto, despojado de su valor simbólico y convertido en rito muerto, impedirá la búsqueda de su significado profundo. 

En efecto, nos lavamos las manos antes de la comida con objeto de mantener los microbios a raya, sabiendo que lo hacemos por esto, ya no pondremos en funcionamiento el intelecto para preguntarnos qué alcance puede tener ese gesto, que se despojará así de sus más importantes valores.

Pensemos pues, cada vez que nos acercamos al agua para lavar nuestro cuerpo, que con ese gesto el Ego Superior quiere señalarnos la necesidad de lavar el alma de la contaminación generada por nuestra naturaleza interna. Hay personas que sienten la necesidad constante de lavarse las manos, y ello significa que su alma se siente sucia y que es en ella donde hay que quitar la suciedad.

Dice Jesús que es el corazón humano el que contamina con las maldades que salen de él. Ya hemos visto anteriormente que el corazón está regido por el sol, representado en el Árbol Cabalístico por Tiphereth, el centro seis. El corazón es la plaza fuerte de la voluntad y es a través de él que nuestro Ego Superior realiza su política. Pero bien sabido es que la voluntad del Ego Superior se deja oír poco en nuestro actual estado evolutivo, y que esa voluntad es usurpada por nuestro yo profano, que es quien reina en nuestro corazón y lanza decretos como si fuera el legítimo rey de nuestra vida. La figura del usurpador ha sido a menudo protagonista de los cuentos árabes de las mil y una noches, que refieren los esfuerzos del príncipe desterrado – nuestro Ego Superior- para recuperar su corona.

Así pues, el usurpador, utilizando las fuerzas activas en nuestro corazón, edifica un reino corrompido; es decir, escenifica alrededor de nosotros un mundo que no cabe en la organización divina y que, por lo tanto, solo puede subsistir durante un corto espacio de tiempo, como cualquier edificio que no se levante conforme a determinadas reglas. Dicho de otro modo, ese usurpador siembra las semillas de su propia destrucción. El bajo mundo anti-divino que edifica, se le vendrá encima un día u otro aplastándolo y en sus ruinas aparecerá el Ego Superior, el legítimo príncipe, para organizar un nuevo reino.

En la dinámica de la vida ordinaria tendremos pues que, en un primer acto, nuestra voluntad corrupta creará un mundo contaminado, y luego, en un segundo acto, esa contaminación se encontrará enraizada en nosotros. O sea, en la fase Yod, sembraremos impurezas y en la fase He las impurezas estarán en nosotros y atraerán, como un imán, las impurezas externas. Será entonces cuando aliñaremos nuestra lechuga con aceite tóxico, cuando saborearemos un delicioso vino al bromuro, o degustaremos unos mejillones a la marinera bañados en el jugo de la salmonela.

Nos llevarán así al hospital y, con lo que nos queda de aliento, reclamaremos con fuerza nuestros derechos, acusando a los ministerios de haber permitido poner en venta productos polucionados. La verdad, la triste verdad, será que si los funcionarios de la administración dieron su visado a los microbios, fue porque formaban parte de nuestro karma y nosotros mismos, inconscientemente, los habíamos solicitado. Es decir, esos microbios con los que un día tropezamos son nuestra circunstancia, aparecen en el mundo porque nosotros aparecemos, son parte consustancial de nuestra vida, como lo puede ser nuestro brazo o nuestra pierna.

Los expertos acudirán en nuestra ayuda certificando que aquello que ha provocado nuestra enfermedad, estaba en el aceite o en los mejillones, sin que lleguen a saber nunca que esas bacterias que están terminando con nuestra vida, las hemos elaborado nosotros mismos a lo largo de vidas pasadas.

Una voluntad contaminante dará siempre como resultado una circunstancia contaminante que ineludiblemente tendremos que vivir, porque el mundo perverso que creamos debe ser destruido y, para ello, será preciso que absorbamos nuestra parte, en forma de microbios, venenos, violencias que encajamos y de mil diversas maneras, según la forma de voluntad caprichosa que hayamos desplegado al crearlas.

Esa contaminación también puede manifestarse en forma de personas que aparecen de pronto en nuestra vida para contaminar. Cuántas veces hemos oído que esa persona es tóxica para ti. Pero igual que en los casos anteriores, es imposible que una persona contaminante aparezca en tu horizonte si tú no la has generado.

Así pues, cada uno de nosotros, al venir al mundo, llevamos a cuestas como una cruz, esas capas de materia de las regiones inferiores del Mundo del Deseo, destinadas a desaparecer, y que nos son administradas por los ángeles del destino, después de haber pactado esa imposición con nuestro Ego Superior. Una parte de esa materia corrupta ya ha sido eliminada al morir y «bajar» nuestra alma a dichas regiones inferiores, pero hay algo que al final de cada vida no puede ser juzgado y ese algo es lo que podríamos llamar las semillas del mal que en la vida que termina hemos plantado y que deben necesariamente florecer para ser extirpadas. Expliquemos este proceso con todo detalle.

El mal, como todo lo que arraiga en nuestra vida, pasa por las cuatro fases de desarrollo señaladas en el nombre divino Yod-He-Vav-He. En un primer estadio, nuestra ignorancia nos lleva a cometer actos que traerán malas consecuencias. Al hacerlo, podemos decir que plantamos en la vida las semillas del mal, en la fase Yod. En un segundo estadio, ese mal arraiga en nuestra vida y sufrimos las malas consecuencias, es decir, nosotros somos las víctimas propiciatorias; es la fase He. Si en esta fase establecemos una relación entre nuestros actos y sus consecuencias naturales, el mal puede ser eliminado y nuestra alma se enriquece con la experiencia adquirida. Pero si no establecemos una relación de causa a efecto y atribuimos el mal que sufrimos a causas exteriores, a la maldad de las gentes que nos lo administran, a su descuido y desaliño, a su falta de eficiencia, entonces el mal que no es eliminado de nuestra naturaleza humana porque no hemos sabido descubrirlo, pasa a su tercera fase -la Vav- de exteriorización en la cual exportamos el mal a la sociedad y hacemos que los demás sean víctimas de nuestras malas maniobras. Ese derramamiento del mal sobre los demás hace que esta flor aparezca en la vida social y dé en ella sus frutos. Esta será la fase segundo He.

En las pequeñas cosas de la vida ese desarrollo del mal puede arrojar frutos sociales en un día, en un año, o en periodos más largos, en los que la persona actúa de forma inconsciente, tropieza con su propio error, no sabe reconocer su culpa, su equivocación perjudica a los demás y entonces se da cuenta de ello y cambia de forma de proceder. Pero si hay un pequeño mal de ciclo corto, que va procurando experiencias y nos lleva al camino de lo verdadero, hay un gran mal que necesita todo el espacio de una existencia para desarrollar una sola de sus fases.

Al morir, lo que el alma humana elimina al pasar por las regiones inferiores del Mundo de Deseos es la parte del mal que ha llegado a sus últimas fases, las llamadas Vav y 2º He. Este mal ha producido consecuencias en los demás, en la vida social, y estas, al caer sobre nuestra alma como una avalancha, como un alud de fuego, nos permiten tomar conciencia del error que hemos cometido. Allí, en esas bajas regiones, nos comemos el fruto del mal y su sabor amargo se trasforma en nosotros en elixir de sabiduría.

Lo que no podemos saborear en esas bajas regiones es lo que todavía no se ha convertido en manjar, es decir, el mal que ha emanado de nosotros, de nuestra conducta profana, y que no ha pasado el nivel de las semillas. O sea, en el llamado infierno no podemos reabsorber el mal que aún no hemos cometido, pero que cometeremos en un futuro porque las causas de ese mal ya están en nuestra naturaleza y serán plantadas en nuestra tierra humana en el próximo episodio que vivamos.

Para poner un ejemplo concreto de este proceso de desarrollo del mal, utilicemos de nuevo la figura del juez, de la que ya hemos hablado antes.

El juez que actúa en nuestros tribunales profanos, está convencido de ser un factor positivo en la vida social y, aparentemente, lo es. Pero si la víctima del mal ha tropezado con su agresor porque este figuraba inscrito en el itinerario de su destino, es evidente que el juez, al juzgar a ese ladrón o ese agresor con criterios profanos, no realiza, en lo transcendente, un acto de justicia, puesto que, mirando las cosas desde lo alto, el ladrón es ladrón y el agresor es agresor porque en el mundo hay gentes necesitadas de su violencia, sin la cual no podrían comprender ciertas cosas que solo la violencia les hará entender.

De este modo, si el juez, para la sociedad profana está actuando bien, de cara a las leyes cósmicas está actuando mal. Supongamos ahora que el juez se muere y que pasa a las regiones inferiores del Mundo de Deseos. Allí visionará las consecuencias de sus malas acciones en tercera o cuarta fase, es decir, si en su actividad se ha dejado corromper y ha pronunciado sentencias manifiestamente injustas, le vendrá encima la avalancha de odios y de desórdenes que haya podido generar y las consecuencias de sus malas actuaciones.

Pero lo que no asimilará en ese purgatorio es el hecho de que la figura misma del juez es arbitraria, es injusta, independientemente del mal que pueda hacer siendo juez, como lo haría en cualquier otra circunstancia.

Imaginemos que el juez tuviera visión etérica y acceso a los archivos Akásicos y le dijera a la víctima, veo que en otra vida robaste a esta persona y por eso lo has llamado ahora a tu vida y le has facilitado la entrada a tu casa para que ahora sea él quien te robe y así podáis hacer la paces. Visto de este modo, no tendría demasiado sentido que el juez le impusiera un castigo al ladrón, porque al hacerlo, estaría comportándose de forma injusta y cargando así con la parte de culpa que le corresponda.

En la vida siguiente, esas semillas del mal que plantó ese juez, pueden convertirlo en un delincuente. Es decir, él será el agente al servicio de quienes necesitan la violencia para comprender el sentido del tema que están experimentando. En la materia de su cuerpo de deseos se encontrará la agresividad, lo cual no significa que deba necesariamente ser el agresor de los demás. Esa agresividad puede ser orientada contra sí mismo y más bien lo será, puesto que esta situación corresponde perfectamente a la fase de interiorización del mal, en la que este se toma por objeto a sí mismo. Esa agresividad contra sí lo llevará a maltratarse y, según el terreno elegido, puede ser la persona que se orienta a situaciones de fracaso, el clásico perdedor en la profesión, los negocios, el amor, o el que sufre accidentes, golpes, mutilaciones y, en casos extremos, puede ser quien se suicida.

Si no comprende que todos estos fracasos, golpes, accidentes son producto de una dinámica de su propia alma, esa agresividad será dirigida contra los demás, y será tan solo después de que el mal dé sus frutos en el exterior, cuando la persona comprenderá, tras su muerte, que fue por haber querido juzgar a sus semejantes por lo que se encontró inscrito en el ciclo de la violencia. Comprenderá que el acto de juzgar conduce directamente a ella y que, por consiguiente, no se debe juzgar a nuestros semejantes, sino iluminarlos sobre las auténticas razones de sus quebrantos. 

Es evidente que con el ejemplo del juez, muchos se preguntarán si debería eliminarse de la sociedad esa figura. La respuesta es que no, porque para eliminar una figura, la mayoría de la gente debe haber asimilado ese cambio, de lo contrario será peor el remedio que la enfermedad. Pero eso no significa que no podamos empezar nosotros mismos a salir de la línea de juzgar y dejemos así de ser jueces de lo que sucede a nuestro alrededor.

Con todo esto, queda pues explicado por qué no es lo que entra por la boca lo que hace al ser impuro, sino lo que sale de su corazón.

En el próximo capítulo hablaré de: la mujer cananea

Kabaleb
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