Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 1

La muerte de Herodes ¿somos libres?

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Jesús permaneció en Egipto hasta la muerte de Herodes, nos cuenta  (Mateo II‑15) y ello significa que el tirano, el regente de nuestra vida profana, un día u otro acaba por morir; es decir, un día llegará en el que nos veremos desligados de nuestros compromisos con la sociedad y la familia. Ya nadie nos pedirá nada y, por consiguiente, ya no perjudicaremos a nadie si nos retiramos de la vida profana para vivir a tiempo completo en el mundo sagrado.

No significa esto que debamos encerrarnos en un convento y vivir la espiritualidad de puertas para adentro. Esto no es lo que más tarde hizo Cristo, sino al contrario, estuvo con el pueblo para instruirlo, para alimentarlo en los nuevos valores de su doctrina.

La muerte de Herodes significa el fin de nuestros compromisos mundanos, el fin de nuestra apetencia de bienes del mundo material y el comienzo de una vida entregada a la proclamación de los valores eternos, de las leyes cósmicas y de la superación de esas leyes mediante la Sabiduría‑Amor. El puesto de Herodes no puede quedar vacante y debe ser cubierto por ese niño que se ha fortalecido en Egipto, que ya no es un niño y que se encuentra en condiciones de reinar.

El relato de la permanencia en Egipto hasta la muerte de Herodes solo se encuentra en Mateo (el que escribió el evangelio de Tierra, el más cercano a la parte material, mientras que Lucas (II, 21‑40) dice que el niño fue presentado en el templo a los ocho días de su nacimiento, tal como lo prescribía la Ley de Moisés y allí es reconocido por los profetas, los cuales anticipan lo que el reino de Cristo iba a aportar. 

Si esto fuera la cronología de unos hechos históricos, existiría una contradicción absurda entre ambos evangelistas, pero como se trata del relato de unos hechos anímicos, simbólicos, las dos versiones se compaginan. 

En efecto, hemos explicado que el Evangelio de Lucas es el que corresponde al agua, o sea a la parte emocional de nuestro ser, de modo que esa doble versión viene a decirnos que si Jesús debe permanecer alejado del mundo material en el que reina Herodes, en cambio debe estar presente en nuestros sentimientos y en nuestras emociones, porque allí será reconocido por esas tendencias que «ven» el futuro, nuestro futuro, del mismo modo que fue reconocido por los «pastorcillos«, o sea, por las tendencias activas ya en nosotros en el momento del nacimiento del niño, pero todavía sin mando. 

Significa que mientras nos preparamos para el desarrollo de nuestra espiritualidad, debemos trabajar sobre nuestras emociones.

La presentación de Jesús en el Templo equivale a su nacimiento en el cuerpo de los sentimientos, del mismo modo que el nacimiento en Belén corresponde a su aparición en la esfera más elevada de nuestra psique, la del Mundo de las Emanaciones, el del Fuego. Más tarde, cuando Jesús es bautizado se produce el nacimiento en el mundo mental, cuando recibe al Espíritu Santo y cuando inicie su obra, se producirá el nacimiento en nuestra realidad material.

Nos dice Lucas (II, 21) que en ese octavo día regido por el Séfira 8 del Árbol de la Vida, llamado Hod, debían circuncidar al niño. La circuncisión consiste en cortar circularmente una parte de la piel del prepucio en el órgano sexual masculino, lo que deja al descubierto el glande. En la antigua Ley, la circuncisión era considerada como el signo de la alianza que Jehovah estableciera con Moisés. 

Ya hemos comentado que Binah, la esfera regida por Jehovah, es la institutora del sacrificio y, por consiguiente, en todas nuestras actuaciones debe de haber un sacrificio, una renuncia, debemos dejar algo no apurado. El hombre, en su integridad física, no escapa a esa ley, y por ello al nacer le arrancaban una parte de su propio cuerpo y ello constituía la señal de Binah. La mujer, siendo una criatura de Binah, no necesitaba ese sacrificio, porque Binah ya lo ha instituido en su funcionamiento orgánico y el sacrificio se expresa en ella a través de la menstruación y de la gestación.

Jehovah ordenó a Moisés que pusiera un signo de él en todas las cosas del pueblo elegido, en la puerta de sus casas, en sus vestidos, en sus frentes, de manera que a cada instante, viendo esos signos, recordarán su vinculación al eterno. Cristo suprimiría todos esos signos externos, incluida la circuncisión, porque la Gracia que él representaba debe abolir la Ley, no en el sentido de anularla, sino de interiorizarla, de llevarla impresa en el corazón. En cuanto esto se consigue, ya es inútil que se manifieste en los signos externos. 

Las leyes, igual que los rituales, sirven para que comprendamos el funcionamiento de las cosas y se supone que una vez asimiladas, cuando hemos comprendido en profundidad su significado, ya no es necesario seguir teniendo un recordatorio continuo, del mismo modo que enseñarás a tu hijo a lavarse los dientes, pero a partir de una cierta edad, ese niño ya lo habrá aprendido y sería bastante raro que llamaras 3 veces al día a tu hijo de 30 años para recordarle que debe lavarse los dientes.

Según una antigua usanza, algunas personas se atan un hilo al dedo para recordar un compromiso contraído, pero malo cuando para acordarse tienen que recurrir a tal truco: es síntoma de que el corazón no está en ello y si falta el corazón, por mucho que exteriormente se cumpla, significa que la ley no ha penetrado en las estructuras profundas y la persona sigue estando fuera de la ley, aunque algunos los signos externos indiquen lo contrario.

Kabaleb
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