“Siendo la tarde de aquel día, primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos, por temor de los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos, y les dijo: la paz sea con vosotros. Y diciendo esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Díjoles otra vez: la paz sea con vosotros. Como me ha enviado el Padre, también yo os envío a vosotros. Diciendo esto sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonaréis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos”. (Juan XX, 19-23).
He aquí a los discípulos reunidos temiendo al judío. Cuando una conquista espiritual no ha sido aún estabilizada en nuestra naturaleza, cuando aún no se ha instituido en nuestra carne y en nuestra sangre, sentimos el temor de volver al estadio anterior, de ser lo que éramos y comportarnos como tales. Entonces nos encerramos en nuestra ciudadela psíquica, sobre todo por la tarde, cuando los signos de Agua se encuentran en su apogeo, es decir, cuando las emociones reinan en nosotros y es más fácil que el enemigo penetre en ellas. Entonces debemos cerrar las puertas que conducen a nuestras estancias internas y hacer lo posible para que las entidades que nos regían anteriormente no penetren en nosotros.
Los discípulos de Jesús se encontraban en esta situación, puesto que no siguieron a su Maestro hasta el final. Abandonaron la enseñanza antes de que llegara a su término; huyeron de Getsemaní, al ver llegar las fuerzas que representaban lo establecido, y ese temor les siguió. Pero fueron con Jesús lo suficientemente lejos como para ser merecedores de un decreto de gracia, y por ello Jesús los visita y les aporta su paz, mostrándoles las llagas de su cuerpo en guisa de identificación, puesto que, como lo subrayan los demás evangelistas, los discípulos no reconocieron a Jesús de forma inmediata.
Aquí las cosas han cambiado y es muy distinto seguir la doctrina de un Maestro de carne y hueso, que predica en el exterior, que encontrarnos al Maestro dentro, formando parte de nuestra propia naturaleza. Cuando las evidencias de la verdad aparecen en nosotros, siempre nos preguntamos ¿será verdad? ¿No serán imaginaciones mías? ¿No serán fantasías? Y es preciso que el Maestro se muestre al desnudo, que ponga ante nuestros ojos los estigmas de su pasión, o sea, que nos muestre pruebas, para que creamos que aquello que aparece en nuestro espíritu es lo verdadero.
Si dudamos, si no nos dejamos convencer por la verdad que el Maestro proclama desde dentro y no desde fuera, entonces vuelve el judío, con sus libros, con sus reglas, con sus ritos y su detallada observancia, y volvemos a someternos a aquel mundo, convencidos por la fuerza que se desprende de sus sublimes disfraces, las filacterias, el bonete, las túnicas de colores y todo el atuendo sacro, concebido para hacer respetable y eternizar lo que solo debe ser transitorio.
A menudo ocurre que, habiendo sentido un profundo respeto por el Maestro cuando está fuera, diferenciado de nosotros, no le concedemos nuestra confianza cuando nos predica desde dentro y rechazamos sus enseñanzas porque vienen de nosotros y no de un prestigioso libro o de un conferenciante.
En el próximo capítulo hablaré de: el trabajo del Reish