Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 44

Solo queda Juan

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Entonces el único que queda es Juan. Hemos visto que Juan y Pedro siempre han actuado juntos. Jesús se los llevó a la montaña de la transfiguración, los mandó a preparar la Pascua, los puso en el grupo de los que velaban en Getsemaní. Pedro y Juan asumen, en el proceso crístico, el papel de esos dos hermanos bíblicos que primero eran enemigos y se mataban, después se reconciliaban, para fundirse finalmente en Cristo. Aquí los papeles se han cambiado y Pedro representa el constructor material, el Caín regenerado, y Juan el Abel que ha aprendido a construir.

Cuando, en los peldaños finales Pedro niegue, tendrá que retirarse llorando y Juan asumirá, por así decirlo, su personalidad y será el único representante del Cristianismo que llegue a la culminación de la obra.

En el antiguo orden, el de Jehovah, Caín era el hermano mayor, el que construía, el que creaba y Abel era el sometido, el sacrificado. Pero la civilización del Caín se desplomó con el Diluvio, y entonces vemos como el hermano mayor tiene que ceder sus derechos de primogenitura al menor. 

También en la historia de Cristo, Pedro es el primero de los discípulos y Juan el segundo, pero Juan será quien acompañe a Jesús hasta el final y no Pedro.

Juan sería el único representante de los discípulos en el pie de la cruz y el Maestro le confiaría el cuidado de su Madre, la Tierra. Juan sería el encargado de mantener el mundo en el Cristianismo; el encargado de alimentar ese mundo y de velar por sus necesidades.

Juan representa a los discípulos en el más profundo de los significados; es decir, asume las personalidades de todos, es su portavoz. Y al referirlo así la crónica sagrada, no hace más que describir el proceso anímico que se desarrolla en el interior de cada ser humano y que hace que no seamos uno solo, sino seres múltiples, con todo un repertorio de comportamientos, al azar de la tendencia que se haya calzado la corona en nuestra psique en un momento determinado. 

Jesús, al comienzo de su ministerio, se propone llevar a cabo su obra tan solo con doce hombres, uno por cada signo del Zodíaco. Cuando nosotros conseguimos ser solo doce, ya es un progreso considerable en el camino de la unidad. Pero al final de ese camino deberemos ser solo uno. 

En nuestra naturaleza interna deben ir acallándose las voces y cuando alcancemos la hora amarga, la de Getsemaní, la hora de tragarnos todo lo que siendo hombres-mundo, hemos establecido o ayudado a establecer, en esa hora tendremos que ser uno. Tiene que haberse realizado en nosotros una unidad de criterios para afrontar la prueba sin diversidad de opiniones, sin que pueda acceder al trono de nuestra vida una tendencia que no esté de acuerdo con lo que ha realizado la anterior y proceda a un cambio de ministros, de directores generales y de gobernadores en nuestros vacíos internos.

Nuestro objetivo humano es convertirnos en Juan y expulsar de nuestra naturaleza al Pedro que niega. Cuando Pedro se vaya llorando de nosotros, podremos decir que estamos alcanzando la culminación de la obra.

En el próximo capítulo hablaré de: el llanto de Pedro

Kabaleb
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