Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 19

La Justicia

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Se fue Jesús al monte de los Olivos, y por la mañana volvió otra vez al templo y todo el pueblo iba a Él y, sentado, les enseñaba”. (Juan VIII, 1-2).

Así empieza el octavo capítulo del Evangelio de Juan que, como los anteriores, tiene un alto valor simbólico y esotérico.

Ya dijimos, al referirnos al Evangelio de Juan, que en cada uno de sus capítulos detalla la penetración de la fuerza crística en los estados representados por las letras del código hebraico. 

En el capítulo VII hemos visto cómo Juan describía los trabajos crísticos relacionados con la letra Zain, relacionada con el signo de Piscis, que representa la fase de liberación de los sentimientos. 

En este capitulo, Cristo «trabaja» en el Heith, la letra fuerza número ocho, la que ejecuta las funciones de enlace entre el Elemento Agua y el Aire y cuya dinámica se plasma en el Tarot en la lámina llamada La Justicia, en la que vemos una mujer sosteniendo unas balanzas que se encuentran en su punto fiel.

En este punto del camino, el ser humano, liberado de sus impulsos emotivos, abandona el mundo de los valores sentimentales para dirigirse al mundo de la razón, en el que el pensamiento establecerá la justicia y la paz. 

El olivo ha sido siempre el símbolo de la paz, pero si lo estudiamos a fondo en sus intervenciones míticas, veremos bastante claro en su significado y lo que representa esa «subida» de Jesús al monte de los Olivos.

Ya Jehovah había prescrito a Moisés la utilización del aceite de oliva para alimentar las lámparas sagradas del tabernáculo y para utilizar en las distintas ceremonias religiosas. Vemos después que al terminar el Diluvio, una paloma vuelve al Arca de Noé con una rama de olivo en el pico, prueba que existía ya en firme una nueva tierra. Esta nueva tierra es la del Heith, la que emerge después de que el ser humano haya vivido las experiencias propias de los signos de Agua. Es la tierra de la mente, en la que el pensamiento florece y en la que las fuerzas de la mente, imponiéndose a la emotividad y a los deseos, permitirán al ser humano vivir en paz.

Es natural, pues, que se utilice el aceite de oliva para la curación de las enfermedades, ya que el olivo simboliza el tránsito de la tierra de los deseos, creadora de perturbaciones y enfermedades, a la tierra de la paz mental, en la que el pensamiento divino lo restablece todo.

En la mitología griega, el olivo estaba consagrado a la diosa Atena, la cual, dice la leyenda, lo hizo surgir de la tierra golpeándola. Esta Atena era hija de Júpiter, pero no nacida de mujer, sino surgida de la cabeza de su propio padre. Si en el Árbol cabalístico vemos lo que se encuentra en la cabeza de Júpiter-Hesed, vemos que es el Séfira Hochmah, de modo que Atena es un Hochmah naciendo de Hesed, un amor-sabiduría emanando del poder ejecutivo de Júpiter y por lo tanto, el olivo que la diosa rige es parte integrante de ese amor de Hochmah que lo restaura todo.

El aceite, en su uso medicinal, es un laxante de primera magnitud que cura el estreñimiento más rebelde tomando una cucharada en ayunas, o sea, arroja la impureza del cuerpo, siendo el aceite un poderoso condensador de luz. 

La tradición atribuye a Júpiter la regencia del olivo, a través de su hija Atena y da a Piscis como signo de origen. Todo ello concuerda con lo dicho anteriormente, pero debemos precisar que el olivo es un producto que refleja el estadio final de Piscis, aquél en que los sentimientos han sido definitivamente liberados, o sea vaciados, y la persona se encuentra preparada para acceder al reino de la razón. El Heith es, como hemos señalado, la fuerza de enlace entre Piscis y Libra, entre el Agua que termina su ciclo y el Aire que inicia su reinado.

Así, pues, cuando la crónica cita que Jesús se fue al monte de los Olivos, quiere decir con ello que su enseñanza iniciaba una nueva fase. Hasta entonces se había dirigido al corazón de las gentes, a sus sentimientos, y en ese mundo de los deseos humanos había traído la guerra, levantando las distintas tendencias la una contra la otra, puesto que la llamada al orden en una naturaleza desordenada produce siempre un desorden aún mayor, y muchas veces lo hemos señalado al hablar de nuestra sociedad, para decir que su reordenamiento ha de resultar catastrófico para las empresas organizadas en torno al caos.

Retornó Jesús al templo, tras esa subida al monte, para seguir enseñando, pero ya en un tono distinto, no como portador de guerra, sino como portador de paz y de justicia, que es una y misma cosa.

En el próximo capítulo hablaré de: El que esté libre de errores…169 El que esté libre de errores…

Fue entonces cuando los escribas y fariseos se acercaron a él, llevando una mujer adúltera. Maestro, le dijeron, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la ley nos ordena Moisés apedrear a estas; ¿tú qué dices? Con ello pretendían tener un motivo para acusarle, en caso de que se pronunciase contra la ley de Moisés. Jesús se incorporó y les respondió: El que de vosotros esté limpio de pecado, tire la primera piedra. Al oír esta sentencia sus enemigos fueron desfilando uno a uno, empezando por los más ancianos y Él quedó solo con la mujer. Mirándola, le preguntó: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Contestó ella: nadie Señor. Jesús replicó: yo tampoco te condeno; vete y no peques más”. (Juan VIII, 3-11).

La lapidación era una práctica bastante extendida en aquella época y representaba la interpretación perversa de una enseñanza espiritual referente a las leyes de Binah. El pecado, el error, consiste en utilizar vanamente energías creadoras, o sea, poner en circulación por el mundo físico un potencial energético que no encuentra su adecuado receptáculo material. Entonces esas energías circulan libres por el mundo y representan una amenaza para todo lo existente, ya que, al verse liberadas, destruyen, desintegran todo lo que tocan. Así ocurriría si los Luciferianos no estuvieran ahí para servir de hilos conductores de esas energías liberadas por la imprudencia del ser humano. Ellos son quienes las conducen a ese receptáculo llamado infierno, para ser reinsertadas en la persona que las liberó después de su muerte física.

La mujer adúltera, para serlo, ha tenido que salir de la célula familiar para formar – o no formar- otra célula. Este gesto, como otros tantos, produce una liberación de energías primordiales. 

La ciencia moderna nos permite comprender mejor ese proceso en la estructura del átomo. El átomo está formado por unas partículas de energía positiva, llamados protones y otras de energía negativa llamadas neutrones. Estas partículas constituyen el núcleo central, alrededor del cual giran los electrones como los planetas giran alrededor del Sol.

En su estado natural de equilibrio, los protones, que son la fuerza masculina, se encuentran neutralizados por los neutrones, que son la fuerza femenina, y de esta forma realizan funciones normales, como parte del tejido del universo. Pero cuando en un átomo se produce una estampida de los neutrones, o sea cuando la fuerza femenina desaparece, la fuerza masculina, la protónica, queda liberada y esas energías positivas atacan la estructura de los átomos vecinos y los escinden a su vez, liberando de ellos las energías que los constituían, las cuales rompen las estructuras de otros átomos y producirían así una reacción en cadena que destruiría todo el universo, si no existiera en él una organización encargada de conducir las energías perturbadoras a ese recipiente llamado infierno. 

Los «sabios» atómicos que construyeron la primera bomba atómica, temían que esa reacción en cadena se produjera. No sabían, claro está, que existiera en el universo un servicio encargado de la eliminación de energías que no disponen de su receptáculo material.

Vemos así que la mujer adúltera, como el neutrón en el átomo, al abandonar a su marido por otro, deja liberadas las energías positivas que el marido abandonado representa. 

Entonces la lapidación, o sea, el envolverla de piedras, recubrirla de un envoltorio material, es una forma de decirle que ha dejado sin cobertura material una carga energética y que, por consiguiente, ha puesto en peligro a la sociedad entera, ya que esa carga energética – marido abandonado- irá a destruir otros átomos familiares. 

Es decir, el castigo reflejaba la consecuencia del mal que su erróneo proceder había puesto en circulación. Ese castigo era en realidad un anticipo de la consecuencia que inevitablemente debería vivir, como todos aquellos que, con su proceder, liberan de algún modo energías encerradas en formas materiales o las utilizan para crear algo que, por su naturaleza, no puede contener por mucho tiempo las energías creadoras utilizadas y que son también liberadas de igual modo.

La consecuencia de ese despilfarro energético puede ser que en una próxima vida no dispongan de esa luz que permite que el mundo material se aguante y se encuentren como en una mazmorra, como enterrados en una atmósfera asfixiante, tal vez bajo tierra, en una mina, en circunstancias opresoras, angustiosas, privados de esa fuerza creadora que tan fácilmente desperdiciaron o que no supieron conservar.

El castigo, con toda su crueldad, tenía por objeto el evitar que esta situación se produjera, ya que a quien moría lapidado, al revisar el panorama de su vida después de su muerte, le venía la explicación de porqué aquella situación dramática se había producido y, por lo tanto, ya no era necesario que, en una nueva existencia viviera el drama destinado a hacerle comprender lo ya asimilado.

Pero la ley queda sin objeto cuando la persona se acerca a Cristo, como le sucedió a esta mujer adúltera, conducida por los escribas y fariseos. Y en este episodio vemos, incidentalmente, cómo a veces es el mal el que nos conduce al bien, no por casualidad, ciertamente, sino en virtud de circunstancias creadas por las legiones angélicas, tal como apuntamos con anterioridad al hablar de las ovejas perdidas. 

Los escribas y fariseos que llevaban esa mujer a la muerte, eran los representantes del mundo antiguo, el de la ley del ojo por ojo y diente por diente; los representantes de ese mundo que Cristo había venido a salvar, a redimir, a superar. Pero he aquí que la infortunada mujer encuentra a Cristo en su camino, no por propia voluntad, sino por circunstancias, y sus acusadores ven en ese encuentro la ocasión de confundir a ese hombre nuevo que Jesús representa, a enfrentarlo con sus leyes.

Por la respuesta dada por Cristo vemos que tal enfrentamiento no tiene porque producirse. No hay un antagonismo entre las dos columnas que aguantan el edificio del mundo, sino que la luz de la derecha ilumina el panorama sombrío de la izquierda y el alma encuentra la justa comprensión de lo que estaba oscuro. 

Jesús les explicó a los fariseos y escribas que el hombre no debía ser el acusador de otro hombre; no podía serlo porque ninguno tenía autoridad moral para erigirse en justiciero. Así el pecado/error de uno, la mujer adúltera, servía para revelar los pecados de los otros, para hacerles tomar conciencia de su propia indignidad, de forma que el error cometido resultaba creador en el plano de la conciencia social y lo positivo de él se tragaba literalmente lo negativo, poniendo en acción la ley del perdón, que Cristo vino a revelar y que es uno de los atributos de Hochmah, expresado por Tiphereth en el mundo de los sentimientos.

Las palabras de Cristo resultan paralizantes para los acusadores, que optan por marcharse, de modo que el hombre nuevo aporta argumentos al hombre viejo para que este desista de un empeño que antes era considerado como justo y aleccionador.

Así, cuando la fuerza crística penetra en nuestra razón, al bajar del monte de los Olivos, después de haber actuado en nuestros sentimientos, abandonamos la idea de castigo respecto a esta mujer adúltera que todos llevamos en nuestro interior.

La mujer adúltera es una nueva versión de ese alma humana que nos acompaña vida tras vida y que ha caído en todos los abismos. En las Escrituras, a veces, aparece bajo el nombre de la gran prostituta, o la mujer que ha tenido siete maridos; es también la mujer enferma, la mujer endemoniada, pero otras veces aparece con los trazos de la linda Raquel, o bajo la sublime figura de la Reina de Saba, o la arrepentida María de Magdala. 

Desde la cruel Salomé a María, la madre de Jesús, toda una larga serie de figuras femeninas nos describen los diversos estados de un alma humana en formación, que pasa por momentos de poder y de gloria y por otros de peligro y abyección.

Cabe retener de este punto de la enseñanza un hecho nuevo que no se había producido anteriormente. Hemos visto a Jesús curando enfermos, revelando su personalidad al alma que va al pozo de las aguas profundas, como en el caso de la samaritana. Aquí no salva ni cura milagrosamente a una mujer que va a morir, sino que da razones a sus verdugos para que no ejecuten el castigo señalado por la ley, y son esos verdugos quienes, de propia voluntad, se desentienden de su propósito. Es decir, utiliza esa letra fuerza llamada Heith, que trabaja a través de la mente para superar la fase emocional.

En este relato no se trata un acontecimiento histórico, sino mítico, por cuanto en aquellos tiempos, el ocupante romano prohibía expresamente a los judíos condenar a muerte y, más aún, ejecutar. Por ello los judíos tuvieron que recurrir a los romanos para que condenaran y ejecutaran a Jesús cuando llegó su hora. Ese proyecto de lapidación debe ser interpretado en su vertiente simbólica, como lo estamos haciendo, y no históricamente.

Diremos, pues, que cuando la fuerza crística penetra en nuestra mente, da razones suficientemente válidas a los escribas y fariseos que se encuentran en ella, o sea a las tendencias ejecutoras de la antigua ley, como para que suspendan el castigo que se disponen a ejecutar contra su propia y culpable alma. Entonces el mundo antiguo se va y dejan el alma a merced de Cristo, que le dice: «Nadie te ha condenado.» Y ella responde «nadie, Señor

Convencer a los fariseos, a nuestros fariseos interiores, constituye una de las tareas humanas que todos tenemos que realizar. Cristo ya dijo que la caridad bien entendida empieza por uno mismo y ya comentamos anteriormente este punto para decir que es preciso que nos perdonemos por los errores que en un pasado hayamos podido cometer y por los que vamos cometiendo a medida que nuestra vida se va desplegando. 

A veces es difícil conseguir ese perdón con los sentimientos. Los sentimientos no perdonan, son vindicativos, obcecados, y vemos así cómo personas anegadas por sus sentimientos, se muestran crueles hacia sí mismas y buscan inconscientemente el castigo y se lo auto conceden de mil maneras, mutilándose, accidentándose, suicidándose, cubriéndose de miseria y suciedad. 

Para que esos sentimientos perversos cambien deben acudir a Cristo para que ejerza en ellos su prerrogativa de perdón. Pero si Cristo, nuestro Cristo interno, ha subido al monte de los Olivos y se manifiesta ya en la mente, entonces las cosas cambian. Cambia la actitud respecto a nosotros mismos y el culpable, nuestra alma adultera, es indultada.

En el ámbito social, la entrada de la fuerza crística en la mente hace que al reconocer nuestras propias culpas, disminuya el nivel de agresividad hacia los demás y se abandone la persecución de los culpables. La persona que ha alcanzado ese nivel evolutivo, ya no podrá ser juez o, si lo es, será para absolver a los culpables que le sean presentados. Vemos así que la propia culpa actúa en nosotros positivamente, como un disolvente de la culpa de los demás.

En el próximo capítulo hablaré de: la luz y las tinieblas

Kabaleb
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