Dado que los programas generados por el Ego Superior solo se cumplen a medias o no se cumplen, es natural que no encargue a sus vehículos experiencias exclusivamente de tipo material, emocional o intelectual, sino experiencias mixtas, y luego ocurre que su personalidad material se inclina por las más fáciles y cómodas y deja de lado las más penosas.
Pero lo cierto es que el Ego se reserva información y que sus vehículos mortales, al bajar de nuevo al mundo material, no solo no tienen conciencia de lo que han sido anteriormente, sino que no disponen de ciertos conocimientos adquiridos ya que, de poseerlos, gozarían de un poder ejecutivo del que carecen.
Pero cuando todas las experiencias han sido realizadas y ya no le queda al Ego nada por aprender, entonces restituye a sus vehículos mortales todo su archivo y el ser humano se encuentra en posesión de todo su historial y es consciente de todo lo aprendido en su largo itinerario humano.
Esas lenguas de fuego, que Juan Bautista viera en forma de palomas posarse sobre la cabeza de Jesús cuando aún no había recibido el espíritu crístico, es la señal ígnea de Binah, que entrega de esta forma su ficha y desliga a la persona de su filiación a la ley.
Vemos aquí a los apóstoles entrar en posesión de todos los conocimientos adquiridos a lo largo de todas sus vidas. Debemos interpretar pues ese don de las lenguas, no solo como la facultad de expresarse en cualquier idioma, sino la facultad de hablar en cualquier tono y de comprender a todo el mundo, cualquiera que sea el nivel en el que están evolucionando y cualquiera que sea el problema que viven.
A menudo decimos a la gente que no hablamos la misma lengua cuando no la entendemos o no nos entiende porque no vivimos la misma situación, estamos en otra “onda”, como suele decirse. Pero cuando nos restituyen nuestro historial, cuando nos fundimos íntimamente con el Ego, al tener conciencia de todo lo vivido desde la época primitiva hasta la actual, somos capaces de hablar como en los primeros tiempos y como en los últimos, pasando por todos los escalones intermedios y, por consiguiente, seremos capaces de comprender al salvaje y al hombre súper civilizado, al que es esclavo de su naturaleza pasional y al intelectual.
Pudiendo entenderlos a todos, podremos ser los portadores de soluciones para todos, los seres providenciales capaces de mostrarles el camino, de sacarlos de sus errores, de hacerles ver el sentido de sus pruebas y ayudarlos a limpiarse de sus errores, o sea llevarlos al perdón de sus errores.
No se trata pues de que algunos sean objeto de una intervención sobrenatural por la que reciben, de forma arbitraria, unos poderes, sino que en el proceso natural de desarrollo, llega un día en que, habiendo hecho todo lo que teníamos que hacer en la columna de Binah, nos son restituidos los conocimientos adquiridos y podemos ejercer el poder inherente a ellos, convirtiéndonos en omnipotentes.
En el próximo capítulo hablaré de: las cosas del Reino