Cuando esto sucedía, la Pascua de los judíos estaba próxima, nos dice la crónica de Juan (VI, 4) y este punto nos da la pista de porqué eran panes y peces lo que Jesús estaba dando como alimento. En efecto, la Pascua tiene lugar en el plenilunio de Aries, que puede caer en cualquier día a partir del veintiuno de marzo, cuando el sol entra en este signo. De modo que en la proximidad de la Pascua, el Sol atraviesa el signo de Piscis, que forma eje con el de Virgo, bajo el cual se recoge el trigo que permite elaborar el pan.
Ese pan y esos pescados que Jesús daba, eran pues el alimento que viene de los signos de Virgo y de Piscis y será preciso que hablemos de las características de tales signos para saber los efectos que esos alimentos han de producir en los organismos en que son introducidos.
El signo de Piscis es aquel a través del cual las emociones internas son liberadas por la persona, quedándose limpia de ellas. Los efectos de esa liberación a veces son terribles porque nos llevan a «conquistar» algo que quizá no se encuentra disponible para una conquista, obligando a forcejear, a destruir la persona o la cosa que se opone a esa conquista, cargando por consiguiente con un karma que nos presentará la factura en otra vida. O cuando usas artimañas para conquistar a alguien o para conseguir un puesto que le correspondía a otro.
Esto ocurre, por ejemplo, cuando alguien roba, pero también en los casos de corrupción en los que se apropian de lo indebido o conceden a alguien licencias que no se ha ganado, sino a través de comisiones ilegales.
Como este periodo de liberación anual transcurre entre el 20 de febrero y el 20 de marzo (aproximadamente), los guías espirituales habían instituido el ayuno en esa época del año, a fin de quitar agresividad a los sentimientos, de manera que en la expulsión de los deseos no hubiera afán de conquista y que esta liberación no resultara destructora para la gente del mundo.
Así pues, alimentar la multitud con pescado significa instruirlos en el sentido de que deben quedar limpios de deseos para acceder al reino preconizado por Jesús. Sacar fuera el deseo, despojarse de las emociones internas, poner la fuerza emotiva bajo las órdenes de la razón y el sentido común, es el mandato que recibe la naturaleza interna cuando es alimentada con el pescado del milagro de Cristo.
Virgo, representante del pan, es otro signo de liberación, de despojamiento. En él son los bienes materiales acumulados los que deben salir. Es el signo de «deja lo que tienes y sígueme«. En la elaboración del pan se sintetizan todas las etapas del trabajo humano a realizar y cuando el pan de vida ha sido elaborado, el alma está preparada para pasar del otro lado, a esa columna en que tienen lugar trabajos puramente espirituales, o inducidos por la espiritualidad.
En Piscis se sacrifican los sentimientos y en Virgo se sacrifican los bienes materiales, y es en ese eje donde se desarrolla el drama del cristianismo. Los sentimientos deben entrar al servicio de una jerarquía anímica superior, y los bienes deben ponerse al servicio de la comunidad de los seres humanos, de modo que la propiedad privada, que es una de las instituciones de la antigua ley, queda derogada en Virgo y convertida en un bien social.
El pan y los peces serían los símbolos de la nueva religión, y los peces aparecerían dibujados en las mitras de los obispos, mientras el pan se convertiría en el signo de la unión con Cristo en el momento de la Eucaristía.
A nivel universal, el pan y los peces aparecerían también en el cielo, puesto que la venida de Cristo coincidió con el tránsito del Sol por el signo de Piscis, en movimiento retrógrado, conocido astronómicamente con el nombre de precesión de Equinoccios o Era de Piscis. Es un movimiento mediante el cual cada año, en el Equinoccio de primavera, el sol cruza el ecuador por un punto progresivamente atrasado con relación al año anterior. Este movimiento hacia atrás se efectúa a un ritmo de un grado del Zodíaco cada setenta y dos años. Teniendo en cuenta que cada signo del Zodíaco consta de treinta grados, el Sol tarda dos mil ciento sesenta años en recorrer un signo.
Se ha constatado que este es el periodo de vigencia de una religión. Así, mientras el Sol por precesión de Equinoccios, atravesaba el signo de Tauro, en el mundo floreció la religión de la vaca, cuyos vestigios aún permanecen en la India. Cuando más tarde atravesó el signo de Aries, advino la religión del cordero, que desarrollaron los israelitas. Cristo inauguró la religión de los peces y ahora el mundo espera la religión de Acuario, era en que la humanidad estará a partir del año dos mil ciento sesenta, pero cuya influencia se deja sentir ya en el día de hoy.
Durante los dos milenios en que el Sol se encuentre, por precesión, en Acuario, el mundo se desarrollará la religión del Padre, que estamos preconizando, y el ser humano habrá reconquistado plenamente su unidad, esa unidad que perdió cuando era el primer Adán, en el momento en que Dios tomó la decisión de dividir el ser humano que había creado en macho y hembra, produciéndose simultáneamente una división de todas las cosas.
Esa unidad no puede producirse mientras queden en nosotros deseos que apunten hacia la tierra, porque la tierra, el mundo de abajo, es el contrario, el antagónico del mundo divino; es el perfecto opuesto a todo lo que es divinidad. Si la divinidad es luz, la tierra son sus sombras; si la divinidad es eternidad, la tierra es transitoriedad; si la divinidad es creación, la tierra es destrucción. Mientras persigamos con nuestros deseos los bienes de la tierra, el ser humano se encontrará dividido consigo mismo, puesto que el Dios interno lo impulsará hacia lo alto y su yo perecedero lo llevará hacia lo bajo.
Cuando sus deseos se vacíen totalmente, gracias a las funciones del signo de Piscis, cuando haya participado en ese singular festín dado por Jesús en la montaña de Tiberiades y se haya llenado del pan de Virgo y de los peces, entonces esos deseos se orientarán hacia arriba y su formidable impulso producirá la apetencia, el hambre de objetos y de vivencias en ese otro mundo. Ya todas las fuerzas humanas trabajarán bajo las directrices del Ego Superior, con el objetivo de crear vida. Y de esa Unidad inconsciente que fuimos bajo la denominación de Adam, pasaremos a ser una Unidad consciente y apta para la creación.
El ser humano desarrollará entonces los valores del signo de Acuario, cuyas funciones, como bien saben los estudiantes de Astrología, consisten en interiorizar el pensamiento divino, o sea, en poner dentro de cada uno las leyes y reglamentos que rigen el funcionamiento de la máquina cósmica.
Cuando esta era de Acuario toque a su fin, toda la sabiduría divina habrá sido infundida en el ser humano; nuestro cuerpo del pensamiento habrá llegado a su mayoría de edad y en el mundo ya no habrá antagonismos, ni guerras ni capitalismo. Todo será de todos y utilizado para el mayor bien de las distintas oleadas de vida en trance evolutivo.
Terminado ese periodo, solo nos faltará plantar el cielo en la tierra, o sea convertir nuestro mundo en la perfecta imagen del divino, lo cual será realizado en los dos milenios correspondientes al tránsito del Sol por Capricornio. Si decimos pues que al mundo le quedan, en sus características actuales, cuatro mil años de vida, no estaremos muy lejos de la verdad.
Después de haberse saciado, los apóstoles recogieron doce cestos, nos dice la crónica y, tal como apuntábamos más arriba, ese sobrante de la sabiduría infundida por Cristo en el singular banquete, significa que queda sabiduría para ser distribuida en los doce compartimentos en que se desarrolla nuestra existencia.
Es decir, cada mes, cuando la nueva Luna tiene lugar en un punto determinado del Zodíaco, iniciamos un periodo de vida en un escenario distinto; esto es, nos sucederán cosas, tendremos que enfrentarnos con situaciones distintas a las del mes anterior, y no seremos, por así decirlo, el mismo personaje.
En el cielo hay doce signos, desde los cuales ciertas entidades espirituales ponen a nuestra disposición una determinada calidad de esencia-energía, con la cual edificar nuestra vida. Ello hace que tengamos doce formas de comportarnos, que se van activando a lo largo del año, cuando la nueva Luna «cae» en un determinado sector del Zodíaco. Cada una de esas doce personalidades está regida por un maestro interno y la habilidad o sabiduría de esos maestros es desigual. Mientras unos saben resolverlo todo a la perfección, otros son torpes o de mala fe, o son tímidos o inhibidos, o aún agresivos, astutos, intolerantes, etc.
Así, nuestra vida se desarrolla de una forma desigual y podemos ver, a través del horóscopo individual, que tal persona será un as en los asuntos profesionales, porque el maestro que rige este sector posee una honda sabiduría, y que en cambio será muy torpe en los asuntos familiares, porque el encargado de este escenario no ve dos en un burro.
Cada uno de nuestros doce escenarios está regido por un planeta y, por su posición y por los aspectos que forma, sabremos hasta qué punto el maestro del sector tiene habilidad para despachar los problemas planteados en él.
Al indicar la crónica sagrada que sobraron doce cestos de alimento crístico, quiere significar con ello que la sabiduría quedó a la disposición de esos doce comportamientos o escenarios humanos a que acabamos de referirnos.
De esta manera, nuestros 12 maestros pueden actuar con criterios unificados y en lugar de hacer de nosotros doce personas distintas, la una actuando en contra de la otra o destruyendo uno lo que otro intenta edificar, seamos uno solo, porque los doce maestros pueden alimentarse en los doce cestos y obtener todos una sabiduría semejante.
Así pues, mientras no hayamos seguido al Maestro hasta el monte de Tiberiades y hayamos participado en la mítica merienda campestre, seremos el ser múltiple, sublime, en uno de nuestros escenarios de actuación, perverso en otros, y las promesas que nos habrá llevado a formular uno de nuestros maestros internos, serán rotas por otro y mientras uno nos eleve, otro nos rebajará como en esas montañas rusas de feria, en las que tras la cumbre, viene el declive y tras el chillido de placer viene el grito de espanto.
Cuando el pan y los peces se hayan multiplicado en nosotros, cuando nos hayamos vaciado de nuestros deseos y renunciado a la expansión material, nuestra vida empezará a cobrar sentido y lo que construyamos por un lado dará solidez y belleza a lo que hagamos por otro.
Entraremos así en el terreno de la coherencia y dejaremos de actuar como esa mítica Penélope, que he hemos nombrado a menudo en nuestros textos, que tejía durante el día y destejía durante la noche.
En el próximo capítulo hablaré de: reconocer a Cristo como rey