Al final de su ayuno, nos continúa explican Lucas, Jesús recibe la visita del tentador que lo somete a tres tentaciones, una para el cuerpo físico, otra para el cuerpo de deseos y la tercera para el mental.
La primera se refería al hambre. Después de cuarenta días sin comer, el tentador sugirió al espíritu de Jesús que convirtiera las piedras en pan; es decir, que utilizara sus poderes espirituales para alterar el orden natural en su propio provecho. Esta es una prueba que un día u otro ha de presentarse al candidato: la utilización de sus poderes en su provecho personal. Esa voz interna será acompañada de todas las sutilezas requeridas, a fin de que considere justificadas sus proposiciones. Le dirá que para cumplir su misión bien es preciso que se alimente, es decir, que exija de aquellos a quienes destina sus enseñanzas, el dinero necesario para vivir, para organizar la enseñanza y difundirla lo más ampliamente posible. Muchos son los que han cedido a ese tipo de sugerencias y venden hoy sus conocimientos con la excusa, profanamente válida, de que tienen que vivir.
Quizás entonces fuera mejor seguir viviendo de la profesión que le daba de comer hasta ahora y por otro lado difundir su enseñanza gratuitamente. Así es como lo hizo Kabaleb.
La segunda tentación se refiere a su naturaleza emotiva. El tentador lo transporta a lo alto de la torre del templo de Jerusalén y lo invita a que se arroje de ella, asegurándole que los ángeles acudirían para sostenerle. Es decir, lo estaba invitando a que hiciera una demostración pública de sus poderes, a fin de que quedara patente para todo el mundo que él era un ser fuera de serie y le prestaran obediencia, no por una doctrina y por una actitud coherente con ella, sino por el fenómeno que habían observado.
Esa tentación también la sufrirá quien se postule y numerosos han sucumbido a ella. Muchos son, en la fauna espiritualista, los que se llaman maestros o profesores, porque dicen haber sido contactados por los extraterrestres, o recibido una misión de un santo, de la Virgen o del mismo Cristo, o aún pretenden ser su reencarnación o la de personajes ilustrísimos. Otros fían su maestría en otro tipo de fenómenos: afirman fabricar oro o lo fabrican realmente, tuercen cucharas, proclaman sus visitas a otros planetas, y un largo, etcétera. Todos ellos han cedido a la tentación de adquirir un prestigio mundano a base de producir fenómenos ante las multitudes asombradas. La auténtica espiritualidad no se manifiesta de esta forma, sino mediante una vida discreta y una obra útil a los demás.
La tercera tentación va dirigida al cuerpo mental. El tentador transporta a Jesús a una montaña muy elevada, desde la cual pueden verse todos los reinos del mundo y se los ofrece si acepta adorarlo, es decir, si adopta los métodos de acción de Satán y no los de Cristo.
Esta es la prueba del orgullo, del envanecimiento que todos deberemos pasar. El conocimiento aísla, aparta del mundo y son muchos los que buscan la alta montaña que ponga tierra por medio entre ellos y los habitantes del valle, buscando un saber cada vez más intenso, escalando así una montaña más y más elevada, en lugar de transmitir sus conocimientos a los que viven a niveles inferiores (en comprensión) al suyo. Muchas grandes almas se han perdido en esa montaña desde la cual Satán ofrece todos los reinos del mundo.
Muchos conocedores de la alta ciencia se reservan información, porque piensan que si la transmiten, los demás sabrían tanto como ellos o, peor aún, siembran sus escritos de errores con la pretensión de que los auténticos adeptos los descubran. Lo importante para ellos es que los que viven en el valle permanezcan en él para poder vivir solos en la montaña. Bien dijo Juan que había venido a «preparar el camino del Señor y allanar sus senderos«. Allanar los senderos ha de ser un trabajo constante del postulante, y no crear montañas que lo separen de los demás por un abismo de conocimientos inútiles.
Por otra parte, muchos son los que viven mentalmente en la montaña, pero arrastrando un cuerpo emocional que no ha podido escalarla. Con los pensamientos en lo alto y los deseos en el valle, cuando los unos tratan de alcanzar a los otros, ven que el camino les conduce de forma inexorable al jardín de las muchachas en flor que el mago Klingsor ha plantado en las últimas rampas del sendero que lleva al castillo de Monsalvat, tal como nos refiere la leyenda de Parsifal, y en ese jardín naufragan todas sus pretensiones, y allí se quedan humillados y confusos.
La aparición del tentador representa un episodio que todo candidato debe ineludiblemente vivir. En efecto, al elevarse hacia los mundos superiores, el aspirante entra en contacto consciente con el Mundo del Deseo, iniciando esa relación, como es natural, por las zonas más bajas de dicho mundo, o sea aquellas en las que residen los Luciferes. Se encontrará entonces a su merced y se verá asaltado por ellos y rodeado de su solicitud, siendo objeto de su pretensión de instruirlo. Esos anfitriones harán lo posible para que el huésped se quede a residir allí, para que no «suba» más arriba y le harán ver todas las ventajas que ofrece su mundo. Los Luciferes atacan siempre al candidato por su vertiente más débil, presentándole las pruebas en las que más fácilmente puede sucumbir.
Habiendo superado las pruebas de Satán, nos dice el texto sagrado, este se retiró y aparecieron los ángeles para servirle. Este episodio de la vida de Jesús nos muestra el siguiente paso. Si en el camino de ascenso a los mundos espirituales debemos efectuar un tránsito obligatorio por las regiones inferiores del Mundo del Deseo, si sabemos no detenernos allí, el próximo paso nos conducirá a las regiones superiores de dicho mundo, donde residen los ángeles, y allí nos encontraremos ya en seguridad.
Jesús tuvo que vivir todos estos episodios, porque este es el itinerario obligado para aquellos que emprenden el camino que va de lo humano a lo divino, o sea de la naturaleza de Jesús a la de Cristo.
Pero su tránsito por ese mundo sombrío significó para nosotros la señalización de un camino. Cristo dejó en estas regiones inferiores su luz. En una esfera en que rige la fuerza de Repulsión que lo destruye todo, él dejó algo indestructible, la luz. Y esa luz sigue brillando en esas regiones a la manera de una autopista que permite transitar por ella sin peligro alguno. No todos los que acuden a esas regiones viajan por la autopista establecida por Cristo. Algunos ni siquiera saben de su existencia, pero allí está para el uso de los viajeros informados.
Desde la venida de Cristo existen pues dos caminos, uno, el clásico de las tentaciones que hemos señalado; y otro, el camino de la gracia establecido por Cristo. Este último constituye la vía real anunciada por los cabalistas, la vía que va de Malkuth a Yesod-Tiphereth‑Hochmah. Abrir este camino es la más importante obra que todo estudiante pueda llevar a cabo en su vida. El camino de la izquierda es el que va de Malkuth a Hod‑Gueburah‑Binah, y allí está Satán con su arsenal de pruebas.
En el próximo capítulo hablamos de la elección de los apóstoles.