“Si me amáis, dice Jesús, guardaréis mis mandamientos«. Esos mandamientos, Jesús los ha enunciado en su Sermón de la Montaña y los ha ilustrado con su vida a lo largo de sus tres años de ministerio, pero muchos de los mandamientos del amor no serán nunca escritos, tal como acabamos de decirlo. Serán puros actos de desprendimiento, que emanan de la naturaleza amante, impulsados por la fuerza del amor. En el lenguaje coloquial suele decirse: «El amor es ciego«, queriendo significar que no ve los defectos del otro, no ve las dificultades, los obstáculos que se oponen en su camino. En realidad, no necesita verlos, porque el amor lleva consigo la fuerza reparadora y blanqueadora de Hochmah que purifica y allana todo cuanto toca, y el defecto desaparece, y se disuelve en su crisol la dificultad y el obstáculo.
El amor no podría existir si los Querubines de Hochmah no le dieran cuerpo, de modo que cuando en un corazón humano hay demanda de amor, el coro de los Querubines se pone en marcha para crear en torno al demandante un paisaje idílico, en el que todo es renovado.
Cuando los Querubines han terminado su trabajo, tal como Jesús lo anuncia, aparece el Abogado, que ya estará con nosotros para siempre y que nos explicará aquello que no comprendemos.
En efecto, en esa maravillosa organización que es el Universo, todas las fuerzas son solidarias y cuando un coro angélico se retira, el siguiente aparece para completar la Obra. Así tenemos que cuando nuestra voluntad llama a los Serafines al trabajo, tras ellos vendrán automáticamente los Querubines y después aparecerán los Tronos, y así sucesivamente hasta el último de los coros.
Así pues si, evolucionando a un determinado nivel, aparece en nuestras vidas el amor, nos elevamos súbitamente de tono y los trabajos en dicho nivel quedan interrumpidos por la llamada, emanante de nosotros, solicitando fuerzas de calidad superior. A partir de la actuación de esas fuerzas comenzará de nuevo la rotación y aparecerán las siguientes. Detrás de los Querubines vienen los Tronos de Binah, y esos son los encargados de explicar los pormenores y detalles al espíritu de verdad, a fin de que comprendamos perfectamente el alcance de la dinámica que hemos puesto en marcha con la manifestación del amor.
El amor será pues, siempre, portador de ciencia y de comprensión y cuando el espíritu de verdad esté en nosotros, aparecerá el Abogado que nos explicará su mecanismo. El espíritu de verdad es la raíz misma de esa verdad a la que accedemos mediante escalones sucesivos.
El amor tiene niveles, tiene grados de manifestación progresivamente esplendorosos y a cada grado le corresponde un Abogado que desvela una parte de la verdad. Pero cuando hemos alcanzado la raíz de esa verdad, o sea su espíritu, entonces aparece el Gran Abogado para enseñarnos toda la verdad.
El Abogado que estará con nosotros para siempre, según expresión de Jesús, se manifiesta internamente, pronuncia sus discursos en nuestro interior. Pero, como ya hemos visto a lo largo de estos estudios, no le resulta demasiado fácil al ser humano escuchar sus voces internas, y es preciso que lo interior se manifieste en el exterior para que podamos comprenderlo y asimilarlo. Si esa incomprensión interna se produce, entonces el Abogado se manifestará externamente y la persona encontrará las explicaciones que por su amor ha merecido bajo la forma de un libro, de un curso, o de un encuentro con un forastero que le pondrá en pista.
El Abogado externo siempre aparece cuando la necesidad interna se hace sentir. Y cuando en un determinado momento histórico son muchos los que precisan de esa instrucción y hay una incapacidad de comprensión interna, la necesidad colectiva obliga, por así decirlo, a los Tronos, a precipitar en el mundo físico a un Abogado que explique el espíritu de verdad. Es evidente que esto no podría hacerse si no existiese un alma suficientemente preparada para interpretar ese papel.
”El mundo no puede recibir el espíritu de verdad porque no lo ve ni lo conoce», dice Jesús, y añade: «Vosotros lo conocéis porque permanece con vosotros y está en vosotros«.
En las tierras del Noun, solo unos pocos guardan en ellos el espíritu de verdad. Los demás lo liquidan, lo expulsan de su organización interna.
Vemos que son muchos los que eran buscadores de verdad en las pasadas etapas, cuando vivían en los ciclos sentimentales o intelectuales. Pero ahora, instalados en el reino de la abundancia material, expulsan de sus vacíos internos al espíritu de verdad porque les da mala conciencia, los culpabiliza y les impide gozar plenamente de las posesiones materiales. Si el espíritu de verdad no se guarda dentro, no se puede recibir la corriente que viene del espíritu de verdad cósmico.
En cambio, los que han permanecido al lado de Cristo, es porque no lo han expulsado de sus adentros en la hora Noun. Estos dispondrán de la asistencia de los Querubines y el Abogado estará con ellos para siempre, explicándoles el gran misterio del Cosmos.
En el próximo capítulo hablaré de: guardar la palabra