Entonces le trajeron a unos niños para que les impusiera las manos y rogara por ellos. Pero sus discípulos los rechazaban y Jesús les dijo: dejad que los niños se acerquen a mí, ya que el reino de los cielos es para los que se asemejan a ellos. Les impuso las manos y se fue de allí”. (Mateo XIX, 13-15. Marcos X, 13-16).
Ya hemos hablado de los niños. Vemos aquí que los discípulos rechazaban a los niños, a pesar de haberles dicho su Maestro que es preciso ser como un niño y volver a nacer para entrar en el reino del padre. Este episodio revela claramente que los discípulos no habían comprendido las enseñanzas de Jesús, porque sus actos no se correspondían con ellas. Habían escuchado a su Maestro comentar que los ángeles de los niños «ven de continuo en el cielo la faz del Padre» pero aquello no había incidido en su comportamiento. Rechazaban a los niños, como los rechaza la sociedad en general, porque constituyen un elemento molesto, perturbador.
En las esferas económicamente débiles, las familias no tienen más remedio que cargar con los niños, pero vemos que apenas disponen de una economía fuerte, lo primero que hacen los padres es protegerse contra los niños, mediante niñeras, chachas, que les permitan ir de fiesta y cumplir con sus obligaciones mundanas.
Esa huida ante el niño, ante los deberes que el niño comporta, indica que no estamos aún preparados para recibir el Hombre Nuevo, por mucho que manifestemos lo contrario en otros frentes en los que estamos actuando. La prueba del niño es algo por lo que todo aspirante a la ciudadanía en el mítico reino del amor tiene que pasar, y así vemos frecuentemente como los discípulos se ven de pronto rodeados de niños, en las plazas públicas, en el metro, en el autobús, viajando en autocares o en el tren. Aparecen niños revoltosos que les molestan, les impiden concentrarse en la lectura, o interrumpen sus meditaciones, o manchan sus vestidos con el polvo de sus manos o de sus pies. Entonces el impulso natural del discípulo es rechazar al niño, bien sea reprochándole a la madre el que lo tenga tan mal educado o levantándose él y poniéndose a salvo del niño perturbador.
Y sin embargo, ese acoso de los niños es el indicio de que se encuentra en las puertas del reino. En esa puerta que está abierta para él y ante la cual quizá permanezca toda la vida sin conseguir entrar, en espera de que se despierte en él ese amor a la infancia. Ese amor que ha de hacer que ya no tenga importancia el vestido manchado, ni la lectura interrumpida. Y que lo importante sea que ese algo nuevo que penetra en nosotros poniendo fin al mundo antiguo, ese algo materializado simbólicamente en la persona de un niño, se sienta cómodo y no sea sujetado o reprimido por su mamá.
Hemos visto, en el curso de estos estudios, que todo lo que llevamos dentro acaba precipitándose al exterior y produciendo un acontecimiento material, a menos que… A menos que, subrayémoslo, ese algo interior se disuelva en nuestra alma, aportándole el conocimiento que finalmente ha de darle la vivencia material, haciendo así innecesario que esta se produzca.
De acuerdo con este proceso, si el niño Dios ha nacido en nosotros, si su infancia es protegida del Herodes que reina en nuestro mundo profano, llevando el niño a Egipto; es decir, si en nuestra naturaleza interna todo se desarrolla de acuerdo con la historia sagrada, entonces los niños no aparecerán a nuestro alrededor, porque ocultamente, internamente, estamos avanzando hacia el reino.
Si, por el contrario, los niños aparecen, es signo de que la dinámica interna es insuficiente para producir el cambio y que debemos pasar por la prueba exterior y superarla. Entonces esos niños serán necesariamente molestos y revoltosos, puesto que si pudieran expresarse en términos coloquiales, dirían: «¡Eh, viejo!, te voy a manchar el vestido para que te des cuenta de que debes cambiártelo. Esta personalidad que estás usando está agotada. Ve y cámbiatela. Esta reunión tan importante a la que yo te impido asistir, es la de un mundo caduco en el que ya no deberías poner los pies. Permanece a mi lado, sírveme, sirve al niño que hay en ti y que yo represento, y abandona esta vieja nave que ya de nada te sirve«. Así hablarían los niños que nos incordian y ese es el discurso que el discípulo debe entender.
«Dejad que los niños se acerquen a mí«, clamó el Maestro y su voz sigue vibrando en nuestros oídos, puesto que ese exhorto es uno de los más repetidos por los que, en grados diversos, ha enseñado el cristianismo.
Ese clamor será escuchado un día por el discípulo. Esa voz del Maestro repercutirá en sus entrañas y comprenderá. La presencia de los niños ya no le molestará y, cuando aparezcan, ya no le importará que le ensucien el vestido o que interrumpan sus lecturas o sus reuniones mundanas. Rodeará de atenciones al niño y, una vez realizada su misión, el niño ya no volverá a aparecer, ya no será útil a la toma de conciencia del discípulo, porque esta ya se habrá producido.
El reino de Dios está en los niños. Observando su forma de vivir, cuando su dinámica natural no se ve perturbada por algún «mayor» que pretende imponerles sus reglas, tendremos una imagen aproximada de cómo será la vida en el reino. En la vida del niño todo son juegos. Su ternura es inmensa y perdona fácilmente el mal que recibe. No tiene obligaciones que cumplir, no está sujeto a leyes ni se le exigen responsabilidades. Comparte fácilmente lo que tiene y toma los objetos allí donde los encuentra porque no hay en él el sentimiento de propiedad y todo cuanto existe en el universo le parece suyo.
Cuando el niño no está maleado por los «educadores«, «psicólogos«, «pedagogos«, en él aparece la vida divina.
En nuestra sociedad, los niños aprenden de los mayores y ese aprendizaje los conduce con mano segura a su envilecimiento. Cuando el reino del Padre se establezca en nuestros corazones, los «mayores» irán a la escuela de los niños y serán ellos los maestros del juego, los que les revelarán los misterios que han recibido de Dios y que se ocultan a los ojos de los seres humanos. Será de ellos de quien recibiremos los títulos de doctores, diplomados, expertos, peritos; ellos nos darán los títulos de gloria que ahora nos dispensan en los centros a los que acudimos.
En el próximo capítulo hablaré de: cómo alcanzar la vida eterna