Añade Jesús que las verdades de arriba no pueden ser buscadas por el hombre profano, sino que le son servidas en bandeja, por decirlo así, por el Hijo del Hombre que ha bajado del cielo para dárselas.
Al hablar de sí mismo, muchas veces Jesús se denominaría el Hijo del Hombre ¿Qué puede entenderse con este nombre? Veámoslo.
Debemos nuestra existencia a una parcela de la divinidad que hay en nosotros, a la que damos el nombre de Ego Superior, a la que me gusta llamar el jefe interno. Este Ego ha creado 3 vehículos para explorar un espacio en el que aún no existía la vida, y esos vehículos —que son nuestros cuerpos físico, emotivo y mental— van suministrando al Ego, vida tras vida, la información que sustraen del mundo que van explorando. Esa información, que es la obra que el ser humano va realizando, puede decirse que es su hijo, puesto que es su creación lo que sale de sus entrañas. Debemos pues ser capaces de comprender lo que vivimos, lo que nos trae día a día ese “hijo”, para poder avanzar más deprisa. Para ello, será necesario conectarse con el Ego Superior, con el núcleo de nuestro ser.
Hemos visto en los primeros capítulos que Cristo pudo venir al mundo físico cuando encontró en la generación de los humanos, un hombre, Jesús, suficientemente fuerte como para aceptar soportarlo sobre sus espaldas, o sea, cuando la obra humana, cuando su hijo, el hijo del hombre, fue capaz de producir la proeza. Cristo es pues realmente el Hijo del Hombre, es decir, el fruto de los esfuerzos del ser humano por conectarse a una clase de linaje más elevado.
El trabajo personal de Jesús, que condujo a la venida de Cristo, es un trabajo que todos debemos realizar para que la vida crística se instale en nosotros. Es preciso buscar la manera de elevarnos, dejando atrás los enganches, los apegos, lo que nos ata a la materia, para poder avanzar, para comprender la vida desde un ángulo distinto.
Cuando ese trabajo individual haya alcanzado el punto de madurez necesario, nuestra obra, nuestro hijo, permitirá al Ego Superior fundirse con sus vehículos materiales y entonces cuerpo y almano serán más que uno y las verdades celestes estarán al alcance del yo terrestre.
Por último, le explica Jesús a Nicodemo que el espíritu del Padre ya está en él y que para vivificarlo basta con desear ser conducido por él y gobernado por él para que el nacimiento espiritual tenga lugar.
En efecto, la organización divina instala en los mundos que va creando todo su orden para que este pueda ser utilizado por el usuario a medida que lo vaya descubriendo. Nos ocurre a menudo como le ocurriría a un salvaje al cual instaláramos de golpe en un piso ultramoderno, amueblado con todos los adelantos de la técnica. En los primeros días, estaría en el piso como en su gruta. Poco a poco iría descubriendo los mullidos colchones, las sillas, la mesa y el uso que podría hacer de todo ello. Después descubriría los interruptores de la luz, los grifos de agua caliente y fría, la ducha, la radio, el televisor y un día más o menos lejano utilizaría plenamente unos servicios que habían estado siempre ahí a su disposición.
El Centro de Vida llamado Padre, ya está en nosotros, como lo está el Centro de Amor llamado Hijo y todos los que figuran en el Árbol de Vida. Lo único que tenemos que hacer es usarlos y del mismo modo que si se utiliza la electricidad, la fuerza sigue viniendo de la central que la produce, al usar la corriente de un centro de vida, más y más corriente nos vendrá.
Pero, como el salvaje de nuestro ejemplo tendría miedo de la luz, del agua del grifo, de todo, también nosotros sentimos temor y nos decimos: si abrimos la espita del centro llamado Padre, ¿qué ocurrirá? ¿Y si nos quedamos sin trabajo? ¿Y si nos quedamos sin alimento? ¿Y si nos atacan los enemigos?
El otro día en la tele un político decía que un país sensato tiene que armarse hasta los dientes para disuadir a sus posibles enemigos. Así lo pensará el salvaje, quien tal vez arrancará los grifos, los apliques, el material fuerte de su piso, para convertirlo en puntas de lanza para defenderse de la posible incursión del enemigo.
El miedo induce a muchos de los políticos, como el anterior, que corren por el mundo, a no utilizar los materiales nobles que hay en nosotros, a no abrir el chorro de la corriente del Padre, porque no saben, no lo saben aún, que el enemigo es una creación interna, que somos nosotros quienes le damos vida, quienes gestamos y elaboramos al enemigo que ha de destruirnos.
Nicodemo salió de la entrevista impresionado y desorientado. Era un hombre de altas virtudes morales, pero toda su vida había creído que podía alcanzarse la plenitud espiritual a base de someterse a unas leyes orales o escritas, siguiendo unos ritos. La idea de un renacimiento tal como Jesús la planteaba, era una noción nueva para él.
Siguió siendo miembro del sanedrín y protestó ante sus colegas cuando trataban de condenar a Jesús sin escucharlo. Más tarde, después de la muerte del Maestro, abrazó su fe y junto con José de Arimatea reclamó su cuerpo.
Nicodemo es la personificación de esos obreros de la última hora cuyos ojos son abiertos al final de los ciclos de trabajo humano, cuando estando en las pendientes de Virgo, deben necesariamente entrar en un nuevo ciclo existencial.
En el próximo capítulo hablaré de: tener vida eterna