Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 10

Salomón y la reina de Saba

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En la historia del Rey Salomón podemos ver como la Reina de Saba, símbolo del alma humana, no se decidió a casarse con el monarca que representaba Netzah, porque se enamoró del arquitecto Hiram, que representaba Hod, el centro 8 del Árbol de la Vida. El alma humana dudaba entre dos amores, entre dos voluntades que aún no se habían conciliado, entre el representante de la columna de la derecha, Salomón y el de la izquierda, Hiram Abiff.

Cristo, después de resucitar al hijo de la viuda, después de ser reconocido por Juan, representaba así “el partido” que durante un largo peregrinaje había estado buscando. Un día nuestras almas acudirán al pozo en el que les espera el esposo para celebrar las bodas alquímicas. 

Cuando la samaritana aparezca en nuestra vida, será señal de que nos encontramos en un avanzado estado evolutivo, ya que nuestra alma habrá reconocido la fuerza que representa la verdad divina, encarnada en la gracia. Será señal de que hemos terminado el itinerario de la izquierda, con todas las sombras y las dificultades, y que a partir de entonces circularemos por un paisaje  risueño, en un mundo fraternal, generoso, sin vallas, sin cercos.

El aspecto simbólico del encuentro de Jesús con la samaritana, no excluye que haya tenido lugar en su vida real, ya que las escenas que protagonizamos diariamente encierran un significado, son la escenificación de algo que llevamos dentro y si sabemos interpretarlas, conoceremos la intención de nuestro espíritu. Entonces lo importante no será lo que nos ocurre, sino el comprender por qué nos ocurre y saber en qué punto estamos en el camino, ya que todos estamos, en cierto modo, destinaos a vivir las mismas experiencias (o la energía que corresponde a ellas) para alcanzar la suma perfección.

Antiguamente, las gentes solían acudir a las fuentes naturales en busca de ese agua que brotaba de la profundidad de la tierra. He conocido personas que todos los días de su vida recorrieron a pie tres kilómetros al amanecer, comenzando la jornada, para ir a buscar una garrafa de agua en una fuente. Ese gesto revelaba un afán de sentimientos puros por parte de sus almas, un reclamo de ese agua que calmara definitivamente la sed, pero ellos no entendían esa llamada y seguían dirigiéndose hacia la fuente, incapaces de comprender la dialéctica de su Ego Superior. 

En Barcelona, desde donde se han escrito estos textos, viven personas que desde niños se acostumbraron a ir a buscar las aguas en la popular Font del Gat. Un día, el Ayuntamiento comprobó que esas aguas bajaban contaminadas y, sin advertir al público, las desvió conectando la fuente con las aguas potables de la ciudad, llenas de cloro. Pues bien, esas personas no se apercibieron del cambio y durante años estuvieron llevándose de la Font del Gat las mismas aguas que manaban de los grifos de sus casas. 

Este episodio, digno de figurar en un vodevil, es una ilustración de cómo el gesto esconde un mensaje que el hombre material no sabe descifrar. Cuando el Ego Superior pide un ingrediente determinado, nos impulsa una y otra vez a tomar contacto con la representación material de ese ingrediente, para que sepamos que aquello que estamos haciendo materialmente, debemos realizarlo en espíritu, pero a menudo vamos a la fuente de la pureza toda la vida y de ella no sacamos mas que repetidos tragos de agua.

En la vida de Jesús aparece con frecuencia «la mujer de mala vida» Muchos comentaristas de los Evangelios, no ven en esta samaritana más que a la mujer de vida alegre, como suele decirse, puesto que había tenido cinco maridos, como si este suceso real pudiera ser algo alegre y divertido. Pero la mujer de mala vida, que figura en los distintos puntos del itinerario Crístico, es esa alma humana que se ha sometido a todas las voluntades que han ido transitando por nuestra psique. Es la gran prostituta de que hablaría Juan en su Apocalipsis, que se ha «acostado» con todas nuestras tendencias y les ha dado hijos. 

Esa alma humana sucia de todos los barros, que hemos revolcado por todos nuestros caminos, abandona un día la «mala vida«, para entrar al servicio de Cristo. Ella es la que pide la cabeza de Juan, decapitando esa columna de la izquierda por la que se ha estado arrastrando y después de despojarse de los siete velos de materia que cubrían su cuerpo, tal como hiciera la «perversa» Salomé, se entrega al servicio de Cristo, en la primera fase, como hiciera la samaritana, o en la última, como esas «mujeres» que le mostraron su adhesión cuando, cargado con la cruz, se dirigía al Calvario.

Cuando Jesús hubo revelado al alma humana su identidad, cuando esa samaritana, con sus jarras de agua, retornaba a la ciudad de los hombres para llamarlos a Cristo, Jesús entró en un tal estado de beatitud que, como los enamorados, perdió el apetito y la sed. «Maestro come», le decían sus discípulos, pero él les respondía: «Tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis» Los discípulos pensaron que alguien le había dado de comer, pero Jesús precisó «Mi alimento consiste en cumplir la voluntad del que me ha enviado para realizar su Obra«. (Juan IV, 31-34).

La voluntad del Padre Eterno es que Cristo «coma» las almas de los seres humanos, que penetre en ellas y disuelva la «mala vida» encerrada en sus recintos y puedan volar a la ciudad de los hombres a la conquista de otras voluntades. Jesús acababa de alimentarse con este manjar y ya no necesitaba el alimento que le ofrecían sus discípulos, un alimento adquirido en la ciudad en su confrontación con los hombres. Acababa de comer la voluntad del Padre y Jesús se sentía inmensamente feliz.

En el próximo capítulo hablaré de: sembrar y cosechar

Kabaleb
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