La misión de los mensajeros es advertir al alma desconsolada, es colocarle un cartel anunciador en la carretera para que pueda frenar el vehículo y realizar la maniobra sin peligro. A la vista del mensaje, el alma se vuelve hacia atrás. Al principio no reconoce al que sus ojos ven. Lo confunde con el hortelano, el que cuida ese jardín de Edén, ese mundo mágico en el que acaba de penetrar de improviso. Pero cuando el Maestro llama el Alma por su nombre, entonces tiene lugar el apasionado y trascendental encuentro y el alma exclama ¡Rabboní! (Reish-Beith-Beith-Noun-Yod), nombre que curiosamente figura en el código hebraico en las traducciones de los Evangelios y en el que encontramos la raíz Beith-Beith que describe toda idea de vacío interior y de hinchazón externa. En el lenguaje convencional es la niña de los ojos y en caldaico significa una obertura, una puerta. En esa exclamación vemos pues que el alma, esa Miriam de Magdala purificada por Cristo, expresa, maravillada, como el Reish que es auténticamente el Cristo resucitado, ha penetrado en sus vacíos, por la puerta de sus ojos y ha dado nacimiento en ella a la nueva Tierra (Noun), en la que reinará ya para siempre el Padre (Yod).
Todos viviremos un día ese radiante episodio. Todos oiremos esa voz del Maestro que nos llama por nuestro nombre, ese nombre sagrado con el que él mismo nos ha bautizado y entonces las murallas de nuestro antiguo templo se derrumbarán en un estrépito de llanto y alegría, para renacer con el Maestro en ese mundo que nos aguarda a nuestras espaldas; que espera que demos el giro trascendente que ha de permitirnos descubrirlo.
Nuestra alma emotiva será la primera en ver al Maestro renacido. Es decir, el alma que integra las experiencias procedentes de nuestras emociones, de nuestro cuerpo de deseos. La enseñanza crística se dirige principalmente a los deseos, puesto que Hochmah ha sido, desde el principio, el director y administrador de nuestro cuerpo de deseos y, siguiendo su propia trayectoria cósmica, hemos vivido la rebelión del Agua contra el Fuego, de los sentimientos contra el designio de Kether-Padre, para vivir después, llevados de su mano, la integración a la voluntad del Padre.
Descubriremos al Maestro en su nuevo estado con los sentimientos, no con la razón. En ese primer estadio, el del descubrimiento, el Maestro no es aún una realidad tangible que pueda tocarse. Es algo que podemos ver pero aún no podemos tocar, no podemos utilizar en la vida práctica, porque su orientación va hacia arriba y no hacia el mundo material. No debemos tocar esa espiritualidad renaciente en nosotros hasta que haya ascendido al trono de Kether y se haya unificado con el Padre, a fin de que no se manifiesten en nuestro mundo voluntades separadas. No tomemos disposiciones hasta que nuestro Maestro interno haya subido a Kether y haya vuelto a bajar llevando el aliento del Padre-Hijo indisolublemente unidos.
Lo que debemos hacer en ese momento es anunciar la noticia a todos nuestros hermanos, a las fuerzas internas que son las ejecutoras de la política de nuestro yo. Cuando este renacer se produce en nuestra naturaleza emotiva, todos los demás que están con nosotros lo han de saber. Entonces esa naturaleza emotiva realiza funciones de instructor, anunciando todo lo sucedido en ella, que es el preámbulo de lo que sucederá después en los demás cuerpos.
La gran pecadora, esa mujer que estaba poseída por siete diablos, esa naturaleza emotiva que ha sido el campo de batalla en el que los luciferianos han llevado a cabo el gran combate de nuestra vida, está aquí convertida en la anunciadora del renacer, en la persona que ha visto al Señor apenas se ha vuelto de espaldas cuando estaba encarada con el sepulcro vacío. Lo que no vieron Juan y Pedro, lo vio ella, lo cual significa que la enseñanza por sí sola no lleva el discípulo a la contemplación de la divinidad, no lo conduce al renacer, si esa enseñanza no va acompañada de experiencias emotivas. La naturaleza emotiva es la que tiene que dar la espalda al mundo que hasta entonces había sido el nuestro y contemplar lo que hay detrás. Cuando esto sucede, la enseñanza y los que la representan, se movilizan para realizar su cometido cuando el Maestro se les aparezca también a ellos.
Esta dinámica interna, hace que en la vida real, donde todo sucede a la imagen y semejanza del mundo de dentro, sea también el pecador o la pecadora arrepentida los que, al volver la espalda a su mundo, descubren detrás al Maestro que los llama por su nombre y produce en ellos el llanto transmutador.
No será Pedro, con todas sus imponentes catedrales, el primero que vea al Maestro renacido; ni tampoco Juan, el revelador de las convulsiones del mundo viejo al penetrar en él, quien viva esa primicia, esta visión sublime está reservada a Maria Magdalena, la de los siete demonios. Y el día en que esto se produzca, sus siete demonios, los expulsados de su cuerpo, celebrarán gozosamente su triunfo, porque habrá sido en parte gracias a ellos que María Magdalena habrá podido exclamar ese ¡Rabboní! Que ha conmovido sus estructuras internas y ha instalado en su naturaleza el Reish que ha barrido en un instante, a la manera de Hércules en las cuadras de Augias, al viejo mundo.
En el próximo capítulo hablaré de: la paz sea con vosotros