La intermediación de Cristo será necesaria mientras no hayamos comido y asimilado su sustancia. Después ya no será preciso que ruegue por nosotros al Padre, puesto que obtendremos su asistencia directamente de Él. Más tarde, en el séptimo Día, también el Padre se retirará del servicio activo, cuando nosotros mismos seamos generadores de voluntad y no simples consumidores de ella.
En este punto, todos sus discípulos lo reconocen como Hijo de Dios. Es en el Ayn donde se produce el pleno reconocimiento y se sabe que el que habla es el Hijo de Dios sin lugar a dudas, ya que en anteriores etapas, muchos se presentan en su nombre, pero lo único que pueden hacer es inspirarnos versos, pinturas, o mover nuestra mano para que escribamos preceptos morales que ya figuran en los libros.
Cuando hemos abandonado la sinagoga mundana, reconocemos al Maestro interno y ya no es necesario que aprobemos su identidad cosiéndolo a preguntas. Sabemos que es Él, que está dentro de nosotros y que ha salido de Dios. Ya a partir de entonces iremos por el mundo confiando en su palabra.
Mientras estamos en la sinagoga mundana, para obtener conocimientos debemos recurrir a los libros, a lo que está escrito. Al abandonar la sinagoga, la verdad aparece en nuestra naturaleza interna con tanta nitidez y tanta fuerza, que toda pregunta es innecesaria: sabemos que aquello que nos viene, viene de Dios.
“He aquí que llega la hora, y ya es llegada, de que os dispersaréis cada uno por su lado y a mí me dejaréis solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí: en el mundo tendréis la tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo”. (Juan XVI, 32-33).
La soledad del Maestro ha de ser la de sus discípulos, ya que estos no son más grandes que Él y han de pasar por las estancias por las que él pasó. Al anunciarles Jesús la tribulación mundana, les anunciaba al mismo tiempo que estarían en su paz.
Debe recordarlo el discípulo cuando vea que todos se dispersan a su alrededor, cuando cada miembro de su familia tire por su lado y cuando las personas queridas se alejen de él. Todo ello forma parte de la dinámica del Ayn y todos deberemos pasar por esa etapa en que la sociedad se aleja de nosotros porque hemos sido excluidos de la sinagoga. Cuando esto ocurra, debemos recordar que no estamos solos, que el Padre está con nosotros, que nos habita su enorme fuerza de voluntad y que con ella podremos propulsarnos hacia arriba, hacia la Tierra de la perfecta dicha. En estos instantes de desolación, no busquemos la paz en los demás, porque lo único que obtendremos de ellos será la tribulación. Busquémosla en Jesús, en su enseñanza y, del mismo modo que Él venció al mundo, nosotros lo venceremos también. Y en este caso, vencerlo significa no necesitarlo, ser capaces de prescindir de él, del apego a ese mundo.
Vencer al mundo, quedar al margen de su necesidad, sentir que en nosotros ya no hay el deseo de lo que el mundo pueda proporcionarnos, ese debe ser el objetivo de la hora Ayn. Es una hora en la que ya no podemos volver hacia atrás, y si entornamos los ojos hacia el pasado, buscando los placeres de la alborada, los placeres de las horas evolutivas juveniles, no encontraremos en ellas más que la tribulación.
En el próximo capítulo hablaré de: la hora ha venido