Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 22

Expulsión de los espíritus impuros

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«Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su casa, sus posesiones están en seguridad. Pero si uno más fuerte que él viene y lo somete, le quita las armas en las que se confiaba y distribuye sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí y el que no se junta conmigo, se dispersa. Cuando el espíritu impuro sale del hombre, va a los lugares áridos en busca de reposo y no encontrándolo, se dice: volveré a mi casa de la que salí, y cuando al llegar a ella la encuentra barrida y adornada, se va, toma otros siete espíritus peores que él, entran en la casa y se establecen, y la nueva condición de ese hombre es peor que la anterior«. (Lucas Xl, 21-26).

En este punto de la enseñanza, Jesús nos da extraordinarias precisiones sobre la dinámica seguida por los espíritus impuros cuando quien que aspira a la pureza los expulsa de su organismo.

Hasta ahora, al hablar de las fuerzas que ocupan nuestros vacíos internos, lo hemos hecho desde la perspectiva humana. Contemplando las cosas desde nuestra óptica, desde el punto de vista del propietario del terreno, podríamos decir. Los luciferianos son los obreros que nos facilitan una determinada fuerza. Cuando ya no necesitamos esa calidad de energías, despedimos al luciferiano que la administra y empleamos a otros. Para nosotros, el asunto queda zanjado.

Pero para el luciferiano en cuestión las cosas son distintas, ya que al facilitarnos las energías cuya administración le es confiada, estaba realizando una función y su posición puede equipararse a la de un obrero que ha encontrado un empleo. Y no solamente tenía un trabajo, sino que había hallado una «casa» en nuestro organismo. Si lo arrojamos de nosotros, se encuentra en la misma situación que el obrero despedido, y bien hemos visto en nuestra vida social como a veces el obrero al que su patrón despide, se arma de un fusil y le quita la vida al patrón. Algo por el estilo sucede con esos obreros de las tinieblas que son los luciferianos, y por ello es preciso como ya hemos apuntado algunas veces, que “los obreros se vayan contentos y satisfechos«, según fórmula procedente de los rituales iniciáticos.

Cuando el espíritu impuro sale del hombre, dice Jesús, va a los lugares áridos en busca de reposo. Esos lugares áridos y desolados son las regiones inferiores del Mundo de Deseos, donde la fuerza de repulsión destroza sin cesar la materia que va entrando en dicha región. En esa especie de máquina trituradora es imposible que el tal espíritu encuentre reposo. Su único reposo radica en que le den una nueva ocupación, en realizar un servicio. Entonces obtiene una morada y en ella vive y trabaja en paz. Si su trabajo está bien hecho, si su labor destructora produce evidencias en el «patrón» por el cual trabaja, ese espíritu impuro recibirá su salario y obtendrá un ascenso hacia las regiones de a luz.

Al no encontrar reposo en su mundo, dice Jesús que el espíritu impuro decide volver a la casa de la que salió, pero he aquí que la encuentra barrida y aseada. Los impuros no pueden vivir en un medio ambiente limpio; necesitan el polvo la suciedad, la mugre. Allí donde esos ingredientes se encuentran, allí será la tierra propicia para hacer nido los luciferianos. Por ello es tan importante el aseo y la limpieza en la casa en que vivimos, para no hacer de ella un criadero de espíritus impuros. Y más aseado aún debe estar nuestro habitáculo humano, los cuerpos, tanto el físico como el de deseos y el mental, no manteniendo en ellos los propósitos sucios o destructores que abrirán las puertas de nuestra morada a tales espíritus.

Al no poder entrar en su antigua morada, que ahora está limpia y adornada, dice Jesús que el espíritu impuro se va en busca de otros siete espíritus peores que él, a fin de penetrar con fuerza en la casa y establecerse en ella.

La «casa adornada» es aquella en la cual se expresa la virtud de Netzah-Venus, que es el Séfira que le pone amor a las pequeñas cosas de la vida; el que engalana el mundo material, cubriéndolo de bellezas procedentes de esa columna de la derecha, productora de luz. Esta casa adornada sufrirá el asalto de los siete impuros al mando del «obrero despedido» y aquel hombre se encontrará en una situación peor que la de antes, nos dice Jesús.

Los «siete peores» que el despedido va a buscar, son los que trabajan con las energías desperdiciadas de los siete Sefirot que van desde Binah-Saturno a Yesod-Luna, o sea: Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna y que asumen los poderes inherentes a los llamados siete pecados o errores capitales. La «casa adornada» sufrirá el asalto de la avaricia, la gula, la ira, la soberbia, la lujuria, la envidia y la pereza.

La persona que ha adornado su casa se verá tentada por los siete peores ofreciéndole cada uno sus servicios. Búscate otro marco más prestigioso«. «Podrías tener mucho más,  –le aconsejará el «peor» de Binah-, debes ser más ambicioso«. “Estás desperdiciando muchas cosas. Tienes poderes y debes ejercerlos«, le dirá el «peor» de Hesed. «Tu paciencia es ridícula. Defiéndete contra los que te atacan«, le dirá el «peor» de Gueburah”. «Tú vales mucho«, le dirá el peor de Tiphereth, halagando su vanidad, «y estás rodeado de gente que no te comprende”. «Goza de las oportunidades que la vida pone a tu alcance, –le dirá el peor de Netzah-, a fin de que después no te encuentres con experiencias pendientes». «Ya ves lo bien que le van las cosas a fulanito, no siendo ni la mitad de lo que tú eres, –le dirá el peor de Hod-, bien sabes que si quisieras, podrías hundirlo«. «Descansa, descansa, –le dirá el peor de Yesod-, que el mundo no se hizo en un día, y descansando te sentirás mejor”. Entonces si la persona cede a la solicitud de alguno de los siete peores, su nueva situación será peor que la anterior.

Jesús no dice en este punto que esto sea algo que pueda ocurrir, sino algo que ocurre, algo que forma parte de una dinámica natural. Cuando alguien se eleva hacia la vida superior, sufrirá el ataque de fuerzas que ya no actuaban en él, induciéndolo a realizar acciones que ya había superado, pero que en un momento figuraron en su historial. Esas fuerzas son llamadas por el «obrero despedido» y el aspirante a la vida superior puede sucumbir fácilmente a ellas porque le traen la promesa de placeres que ya ha experimentado antes; traen a su mente recuerdos felices, le infunden la nostalgia de otro tiempo, quizá de su juventud y por un momento llega a pensar que podrá seguir siendo lo que es, al tiempo que se ofrece ciertas compensaciones. 

Dicho en otras palabras: todo ascenso hacia el mundo superior acentuará la presión de lo inferior, obligando a la persona a entablar un combate, a pasar una especie de prueba.

Ese combate solo podrá ser ganado si la persona es fuerte y bien armada, nos dice Jesús. Entonces sus posesiones se encuentran en seguridad. En la Mitología, Hefaisto-Vulcano era el forjador de armas para los dioses y determinados mortales. Sus lanzas, sus escudos, permitían a los héroes ganar las batallas. Las armas a utilizar en ese combate son de orden espiritual y solo se obtienen si las virtudes espirituales han sido ejercidas de forma continuada. 

Quien ha trabajado la humildad, el desprendimiento, la moderación, el pacifismo, la castidad, la caridad y la diligencia y ha cumplido con todas esas virtudes, ese será ese bien armado del que habla Jesús, cuyas posesiones estarán en seguridad.

El que no está conmigo, esta contra mí y el que no se junta conmigo, se dispersa, dice Jesús. O sea, no se puede estar en ambos mundos a la vez, en el de arriba y en el de abajo. Resulta ilusorio querer ser artífice de un mundo superior y al mismo tiempo tener a su servicio a alguno de los siete peores.

Hay siempre una transición en todas las etapas, y bien lo hemos visto al estudiar las fuerzas activas en los cuatro Elementos. 

Vimos que existe una fuerza que articula el paso del Fuego al Agua; otra que es puente de tránsito entre el Agua y el Aire; otra que es trampolín del Aire a la Tierra y, finalmente, otra fuerza transporta la quinta esencia de las experiencias de un ciclo a otro nuevo. 

Hay en nuestras vidas un periodo de transición, pero no podemos instalarnos en él de una manera permanente o bien pasaremos al mundo de arriba y estaremos en el mundo de Cristo, o bien retrocederemos al antiguo mundo y estaremos contra él y nos veremos de nuevo dispersados, sometidos a la fuerza de repulsión.

De ello se desprende que todo impulso evolutivo constituye una etapa de peligro y el arte del discípulo consiste en saber despedir al obrero interno de tal modo que este no vaya a buscar la ayuda de los siete peores. Será necesario que preparemos una morada para ese obrero que dejamos sin casa, que nos interesemos por su suerte y ejerzamos sobre él una benevolente protección.

No debemos cerrar los ojos a lo inferior, sino tomar medidas para que las fuerzas que lo representan puedan integrarse al mundo divino. Es preciso agradecer a esos representantes de lo tenebroso los servicios prestados; es bueno que reconozcamos lo que hemos aprendido con las experiencias negativas que ellos nos han proporcionado y recordar a la divinidad que gracias a esas tinieblas hemos alcanzado el conocimiento que no supimos obtener en los días de luz.

A medianoche, cuando las tinieblas son más densas, debemos pronunciar una plegaria pidiéndole a Dios que salve a los luciferianos de su mundo tenebroso y los incorpore a la generación de los ángeles, de cuya oleada de vida un día se escindieron. Ellos por si mismos no pueden moverse; es a través de su obra, de su trabajo, que un día podrán recuperar la dignidad perdida. Y su obra somos nosotros. Si nuestra conciencia no los rechaza, si aceptamos servir de intermediarios entre ellos y la divinidad, nosotros seremos ese puente que necesitan para recuperar su rango.

En el próximo capítulo hablaré de: limpiar solo lo sucio

Kabaleb
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