Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 3

Esperando prodigios, las bodas de caná

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Dice la crónica sagrada de (Mateo IV, 12‑16) que después de haber salido triunfante de la tentación a que fue sometido en la montaña, Jesús se fue a Cafarnaum, cerca del mar, en el territorio de Zabulón y de Neftali, para que se cumpliera lo anunciado por Isaías.

«Ese pueblo asentado en las tinieblas vio una gran luz y sobre los que moraban en la región de la sombra y de la muerte, la luz se ha levantado«. Es la luz de Tiphereth-Cristo la anunciada por el profeta y este pueblo de las sombras es el de Escorpio, llamado territorio de Neftali, cerca de ese mar, que es el territorio que corresponde a Zabulón. Cristo inició su apostolado en esas tierras húmedas y su objetivo sería el de conseguir que las aguas de los sentimientos humanos se unieran armoniosamente al fuego, atributo del Padre.

El signo de Escorpio es el encargado de ayudarnos a trabajar la autoestima y esta es la primera parada del camino de nuestro crecimiento espiritual. Más tarde Jesús diría que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Cuando aprendemos a querernos, resulta mucho más sencillo querer a los demás y abrirnos así al amor.

La primera manifestación pública que los Evangelios nos refieren con cierta amplitud relatada por (Juan en su capítulo II, 1‑11) son las Bodas de Caná de Galilea, a las que Jesús fue invitado con todos sus discípulos, que entonces no eran más que seis. Antes de esa boda, Jesús ya había estado predicando por las sinagogas y lugares públicos, anunciando la llegada del Reino y su fama ya se había extendido por toda región. 

Sus discípulos enardecían las multitudes hablando de los prodigios realizados por su Maestro, y en la boda se congregó una multitud, esperando un prodigio, esperando una «señal«. Ellos habían sido educados por la jerarquía religiosa en la creencia de que la llegada del Mesías iba a significar para el pueblo judío su redención material. Veían al Mesías como una especie de Superman el cual, realizando las más extraordinarias hazañas, destruiría a sus enemigos romanos que ocupaban el territorio judío y llevaría a todas las naciones a postrarse ante la suya. 

Las prédicas de Juan el Bautista, anunciando al Mesías, hacían concebir la esperanza de que ese Mesías pudiera ser Jesús y centenares de personas que no habían sido invitadas acudieron a la boda. En todas las reuniones espiritualistas aparecen los que no han sido invitados y a los que es preciso dar de comer el alimento espiritual.

María, madre de Jesús, figuraba entre los invitados. Ella sabía que su hijo era el designado por el Muy Alto para reinar sobre el trono de Jacob, sabía que su hijo era el Mesías tan esperado, pero ella también, como los demás, esperaba del Mesías toda clase de prodigios, esperaba de él la redención de la nación judía y no la de toda la humanidad, colocando así al mismo nivel judíos y no judíos. Desde su llegada a la casa de la boda, María había estado hablando con unos y otros, diciéndoles: «Vais a ver, mi hijo demostrará ahora quién realmente es«.

Pero Jesús se había prometido a sí mismo que no utilizaría los poderes de un Dios para llevar las gentes a su doctrina. Él sabía cuan frágiles son las creencias que se apoyan únicamente en los prodigios. En el momento del milagro, todos creen, pero después, las antiguas ideas reaparecen y si bien se conserva la fe en el hombre que ha realizado el milagro, no se pone esta fe en su doctrina. La gente dice: «Es un hombre que tiene poderes, pero ¡qué equivocado está en lo que dice!” Jesús se había hecho el firme propósito de no mostrar sus poderes y de convencer solo por sus palabras y por su ejemplo a las almas que estuvieran lo bastante avanzadas para penetrar en el Reino.

A la cocina llegó la noticia de que el vino faltaba. El padre de la novia había facilitado vino en abundancia para los invitados, pero habían acudido a la boda cuatro veces más de los esperados. María vio de inmediato la oportunidad de que Jesús manifestara sus poderes y, animándose, dijo a sus anfitriones: «Nos os preocupéis, mi hijo lo solucionará«. Se fue al lugar en que se encontraba Jesús con sus discípulos y le dijo: «El vino falta«. Jesús, molesto por esta petición de milagro, le respondió: «Mujer, ¿entre tú y yo qué hay? Mi hora aún no ha llegado«, y le reprochó vivamente el que se hubiese comprometido ante los dueños de la casa en su nombre.

Evidentemente, a partir del momento en que Cristo entró en el cuerpo de Jesús, este ya no podía ser llamado con propiedad hijo de María. Era el hijo de Dios y nada más. Sin embargo, Cristo no podía olvidar que Jesús le había prestado su cuerpo y al punto de pronunciar unas palabras que podían parecer tan duras, al ver el rostro compungido de María, se sintió invadido por una inmensa simpatía y deseó con todo su corazón que el propósito de María se realizara. Bastó ese deseo que había desbordado de su corazón para que el milagro se realizara.

Aquí tenemos un punto importante y es que cuando deseas algo de todo corazón, generalmente se cumple. Ahora bien, ese deseo debe incumbirte solo a ti, porque si relaciona a otras personas, ya no depende solo de ti. Además, lo que suele pasar a menudo es que emitimos un deseo de corazón que se contraviene con otro de nuestra mente y al entrar en contradicción no se cumple.

Volvamos con el milagro del vino. No fue necesario que Jesús diera orden alguna para realizarlo. En el relato evangélico, Juan nos dice que el Maestro ordenó que se llenaran de agua unas vasijas y que, una vez llenas, Jesús las convirtió en vino. Es explicado así porque el apóstol no podía comprender la mecánica del milagro y lo presenta como un acto de voluntad consciente. En los registros akásicos este episodio aparece de distinta manera.

Nos cuentan los textos esotéricos que Jesucristo, durante todo su peregrinaje humano, estuvo acompañado de una cohorte de Arcángeles, dispuestos a realizar en todo instante la voluntad de su jefe. Jesús se hizo el propósito de no recurrir a ellos en ninguna ocasión, como demostró cuando fue tentado por Satán. Pero lo que no podía impedir era sentir piedad y amor por los que se acercaban a él pidiendo favores, ni tener el deseo de verlos satisfechos. No podía impedir que su naturaleza bondadosa, amorosa se desbordara de él, puesto que en él todo era bondad y amor, y el Padre lo había enviado precisamente al mundo para que anunciase la bondad y el Amor divino.

Cuando María le suplicó, junto a ellos se encontraban las seis vasijas llenas de agua destinada a las purificaciones del final de la fiesta, y al sentir Jesús piedad por su madre y el deseo de que quedara bien en lo que había prometido, automáticamente sus Arcángeles custodios convirtieron el agua en vino. No fue un milagro voluntario por parte de Jesús, sino la manifestación de un deseo involuntario que su naturaleza divina no pudo retener. 

Al darse cuenta Jesús de que el milagro se había cumplido, dijo a todos, como cada vez que realizaría un prodigio, que no lo revelaran, pero ello no impidió que la noticia se difundiera. Todos cuantos probaron aquel vino dijeron que era el mejor que se había servido aquella noche, cuando la costumbre judía era servir el mejor vino al principio de la fiesta y no al final.

En el mundo físico, la transmutación del agua en vino era ciertamente un milagro, pero no lo era según las leyes vigentes en el Mundo del Deseo, donde residen los Arcángeles de Cristo. En ese mundo basta con emitir un deseo para que se realice al instante. Si uno de sus habitantes dice: «Quisiera encontrarme en Nueva York«, al instante la ciudad de los rascacielos aparece ante él. En ese mundo no existe la dimensión llamada espacio-tiempo y el deseo es el generador de la realidad que se vive; una realidad que puede ser transformada a voluntad por el deseo.

En la tierra, para obtener vino es preciso plantar unas cepas, esperar a que den fruto, recogerlo y poner su jugo a fermentar. Todo es una cuestión de tiempo. Pero para un residente en el Mundo del Deseo, como lo son los Arcángeles, ese tiempo puede ser reducido a un instante, y eso fue lo que ocurrió en Caná. Ninguna ley fue vulnerada: tan solo fueron aplicadas al mundo físico las leyes vigentes en el mundo del deseo.

Siendo nuestro destino llegar a ser dioses creadores, sería bueno que empecemos a emitir deseos bondadosos hacia los que nos rodean, para movilizar a los ángeles en su cumplimiento. Sabemos, además que existe una ley en el universo que dice que hay que dar para poder recibir.

Pero los acontecimientos de la vida de Jesús tienen un carácter simbólico que amplifica su dimensión. ¿Qué puede significar en la vida del discípulo el episodio de la Boda de Caná? Veámoslo. Esta boda tuvo lugar cuando Jesús no se había proclamado aún como Cristo. Esperaba para hacerlo a que Juan el Bautista hubiese terminado su ministerio que consistía en anunciarlo a él. Jesús era entonces una esperanza. Esa esperanza viva acude a una boda que simboliza el encuentro del alma con su mitad perdida y allí el agua se torna vino. 

El agua, en el ámbito psicológico, sabemos que son los sentimientos, las emociones: es la parte emotiva que hay en nosotros. El vino, en términos psicológicos, es el conocimiento no asimilable porque viene antes de tiempo. 

En el Génesis, vemos cómo Noé se embriagó con el jugo de la viña y cómo sus órganos generativos aparecieron al desnudo. Este extraño episodio significa que Noé bebió de la viña de arriba, es decir, obtuvo conocimientos que su sangre humana no podía asimilar y los transmitió a su hijo Cam, que representa su tendencia materializada y que fue quien vio el órgano generativo de su padre y se rió de él. Entonces sus hermanos, andando de espaldas, cubrieron a su padre con una manta. La risa de Cam manifiesta su incomprensión acerca de la fuerza generadora divina simbolizada por el órgano generativo del padre y esa incomprensión hace presumir que esa fuerza no será utilizada de forma adecuada.

El vino de nuestras viñas produce en el comportamiento humano los mismos efectos. Como la sangre no puede asimilarlo, si se toma con moderación, exalta los sentimientos y produce en ellos una euforia que los impulsa desinhibirnos, a revelar un estado que aún no corresponde a la norma, que es un anticipo de lo que tal vez más tarde nuestros sentimientos expresarán en su estado normal. Si se abusa del vino, los sentidos se duermen y la persona no puede utilizar su vehículo.

Ese vino transformado en Caná era la representación de algo que se estaba haciendo antes de tiempo. La gente no estaba todavía preparada para asimilar las enseñanzas de Jesús y él no había establecido que fuera el momento de empezar. Por eso le incomodó que María le situara en esa posición.

Aplicándolo a nuestra realidad, a nuestra vida, si necesitamos del vino para enfrentarnos a una situación determinada es que todavía no estamos preparados para asumirla.

Resumiendo: Cuando la persona se eleve en el sendero de su realización espiritual, despertará en sus semejantes una inmensa esperanza y acudirán a él en tropel para celebrar la boda, es decir, para obtener el equilibrio y la paz que sobreviene en el alma cuando sus distintas partes se han unido. 

Cuando esa multitud se encuentre reunida, aparecerá María para pedir el milagro. María representa aquí los orígenes del discípulo, su estadio anterior, su naturaleza terrestre, lo que era antes de que se produjera su elevación. O sea, lo que aún queda de humano en él, lo tentará a realizar un acto que lo prestigie, a fin de ganarse de este modo lo que aún no puede obtener por la doctrina y el ejemplo, que han de ser sus vías. Entonces, sin que su naturaleza superior participe en la acción, su naturaleza inferior se manifestará y los «invitados» recibirán de él el vino que su sangre no puede asimilar, es decir, un conocimiento anticipado que transformará sus sentimientos por un momento, pero que después los dejará en el mismo punto en que se encontraban, como lo hace el vino.

Nos dice la crónica sagrada que después de su milagro, sus discípulos creyeron en él y que Jesús «descendió» a Cafarnaum acompañado de su familia física para pasar allí unos días. Ese descenso se producirá también en el aspirante que realice ese tipo de «milagros«. Jesús pasó en esa zona baja pocos días, nos dice la crónica, para «subir» después a Jerusalén (Juan II, 13), pero el aspirante corre el riesgo de no volver a subir ya nunca más, deteniéndose en ese punto de la obra y no siendo otra cosa que un taumaturgo, un invocador de espíritus y realizador de prodigios que lo prestigien. 

No es que esta posición sea desdeñable, ya que ese vino espiritual que pone en el agua de sus seguidores creará en ellos la necesidad de un alimento más estable y un día lo abandonarán para buscar al instructor que se sitúe más alto en el camino. Él no habrá sido más que un peldaño en el sendero que conduce a la realización espiritual.

Nos encontramos aquí con todos los aprendices de mago, que con 4 velas y unos amuletos ponen en marcha unas energías que no controlan y pretenden conseguir seguidores que los alaben o que los mantengan, a base de realizar trucos de circo. 

En el camino iniciático perdura una realidad durante todo el trayecto, la continua tentación de volver atrás, a posiciones más cómodas y a menudo más notorias, donde el pueblo nos vitoree. Jesucristo trató de escapar de esa dinámica.

Me viene a la mente una anécdota que viví en el bar de un amigo…

En el próximo capítulo abordaremos el tema de la transición.

Kabaleb
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