Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 44

Nuestras tinieblas personales

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Nuestras tinieblas personales deben triunfar de forma provisional sobre nuestra luz, deben penetrar en su terreno para disolverse como el azúcar en el agua y desaparecer como tales. Podemos observar este proceso en el terreno histórico y un ejemplo de ello lo tenemos en los bárbaros triunfando sobre Roma para adquirir después las virtudes del imperio romano.

Cuando vivamos nuestro Getsemaní, después de saber, de comprender, de estar en posesión de la verdad, conviene evitar levantar la espada contra el error y dejar que este nos penetre para que se disuelva en nuestra verdad. El mundo, nuestro mundo, no podrá ser cristiano antes de que esto nos suceda: tenemos que edificar pacientemente el templo de la verdad para después dejar que lo conquiste el enemigo. Una vez ese enemigo se instale en nuestros torreones, una vez haya penetrado en la verdad, la descubrirá, gozará de sus ventajas y se convertirá él mismo en verdad.

Si traducimos todo ello en términos prácticos, diremos que no conviene resistir ante la violencia u oponerse a la aparente injusticia y si esta nos aprehende, nos ata a su carro, nos liga a su organización, es preferible abandonarse a ella, penetrar en su corazón para disolverla desde dentro. 

Ser la bondad, la paz y el amor en un sistema violento y cruel, es uno de los trances a vivir antes de nuestra liberación total.

Esta violencia puede no ser externa, sino transcurrir en nuestro interior; puede ser una violencia que se ejerce en el orden interno, alterándolo y generando dolores y enfermedades, mutilaciones o deformaciones orgánicas. Esto explica que en las altas esferas de la jerarquía humana, entre los que transitan por los últimos lazos de la montaña, aparezca un buen número de enfermos o de mutilados. 

Ciertos esoteristas afirman que el desarrollo espiritual conduce a una pérdida de la salud, hasta que se consigue un nuevo equilibrio. En realidad, es el paso por la montaña de Getsemaní lo que produce en ellos esa alteración de la salud. 

También puede ocurrir que se vean llamados a filas por una organización violenta, como les sucedió a algunos esoteristas con Hitler, y mientras unos superan ese trance y recuperan la salud perdida o sobreviven a la prueba, otros acaban su vida en Getsemaní para proseguir su camino en una próxima encarnación.

Hemos comentado algunas veces que los efectos dolorosos de nuestro karma pueden ser eludidos si comprendemos la lección que comportan antes de  experimentarla. En efecto, si nuestra frecuencia vibratoria «sube«, nos situamos automáticamente en otro mundo y en otro itinerario en el que no figuran los accidentes inscritos en el anterior, es como si cambiáramos de carretera. 

Pero cuando alcanzamos la puerta llamada Getsemaní, ya no lo podemos hacer, porque ya no se trata de nuestro karma, sino del karma del mundo. Del mismo modo que existe un servicio militar y en algunos países y bajo ciertos gobiernos, un servicio civil que todos los ciudadanos tienen que cumplir, también existe un servicio kármico que ineludiblemente debe ser prestado antes de acceder al Reino. 

Por ello, en esa hora, aunque nos sea posible movilizar a doce legiones celestes que acudirían en nuestra ayuda para restablecer nuestra salud o para liberarnos del mal trance que estamos viviendo, no conviene hacerlo y debemos rogar a nuestro Pedro interno que envaine de nuevo la espada porque esta volvería a proyectarnos en el ciclo del karma individual.

Tenemos que dar los mismos pasos que Jesús y, después de habernos «salvado» individualmente, situándonos fuera del mundo, o sea, habiendo conseguido que nadie nos reclame para vivir juntos experiencias de amor o de odio, debemos «salvar» al mundo, puesto que también hemos contribuido a su pérdida, ya que en las infinitas ramificaciones que han tenido los pensamientos y emociones que hemos emitido y los actos realizados a veces resulta muy difícil individualizar un karma y decir: «este pertenece a tal o a cual persona«. 

Una parte de lo que establecemos nos es devuelta, pero hay otra parte que queda en la historia del mundo con porcentajes de responsabilidad muy repartidos, como ocurre en algunas sociedades anónimas, en las que el propio accionista no sabe en qué negocio participa, y así hemos visto que fondos del Vaticano sirven a veces para financiar negocios de armas.

Para liquidar ese karma de segunda o tercera mano, es preciso realizar un servicio colectivo de depuración, cuando nuestra cuenta individual ya haya sido liquidada. Así, borrando lo escrito de forma anónima por nosotros, se anulará igualmente la parte de la «escritura» que cobraba coherencia con nuestras «letras«, ya que si a la palabra dolor le quitamos las dos vocales, se queda con d, l, r, que no significa nada. De igual modo, al purificar nuestra parte de impurezas del mundo, liquidamos de forma automática las impurezas que cobraban cuerpo y coherencia gracias a las nuestras.

Llegó la hora del poder de las tinieblas, tal y como Jesús les dice a los que iban a prenderle. Pudieron hacerlo mientras predicaba en los templos, pero entonces no estaban movidos por esos poderes de las tinieblas que Judas movilizó con su traición. Era preciso que llegara esa hora, la del plenilunio de Abril. Al alcanzar sus tres años de vida, la obra (esto sucede con cualquier obra) llega a su madurez, a la fase de exteriorización, y es entonces cuando se le encuentra más jugo, más sabor.

Los poderes de las tinieblas están sedientos de luz y cuando el Sol transita por el signo de Aries, haciendo que la luz de arriba penetre en el mundo de abajo, esos poderes agarran sus garrotes y sus espadas para matar al Maestro. Por ello en el espacio de unos días Cristo vive su jornada de plenitud, con su entrada triunfal en Jerusalén y la noche de la amargura en Getsemaní. Cuando las tinieblas penetran en él, todos sus discípulos lo abandonan y huyen. El trabajo de esa hora ha de realizarse en una total soledad, del mismo modo que cuando el dolor nos asalta, cuando nos vemos disminuidos e impotentes, cuando sufrimos por un familiar que padece, es difícil que compartamos ese dolor, solemos vivirlo y soportarlo en la mayor soledad.

En el próximo capítulo hablaré de: de Annás a Caifás

Kabaleb
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