La resurrección del hijo de la viuda de Naín (Lucas VII, 11 a 17) constituye uno de los episodios más misteriosos y de más hondo significado esotérico de la vida de Jesús. No se puede entender este episodio adecuadamente con la sola referencia de la crónica evangélica. Los estudiantes ya saben que la muerte es un proceso natural que tiene su origen en el mundo de los arquetipos. Cuando la esencia que esos arquetipos contienen se agota, se produce la muerte.
No obstante, algunas veces, cuando una persona ha de cumplir una elevada misión, nuevas esencias son derramadas en su arquetipo, permitiendo que su vida sea prolongada.
Pero una vez agotada la esencia arquetipal, la persona muere sin remedio y no hay fuerza divina que pueda resucitarla, a menos que esa muerte se haya producido por accidente o suicidio, de manera que la esencia arquetipal siga fluyendo. En tal caso, sí es posible devolver la vida, ya que la muerte se debe a la ruptura del vaso que la contenía esa esencia y existe en el universo un botiquín llamado Hochmah que contiene los elementos necesarios para su reparación.
Pero en el caso del hijo de la viuda de Naín, no se nos dice que su muerte haya sido causada por un accidente, no siendo así, debemos considerar este episodio como simbólico y no real.
La palabra Naín deriva de la palabra egipcia Naja, que significa serpiente. En los antiguos templos egipcios se conocían con tal nombre a los iniciados a los misterios. De este modo, cuando se nos cuenta en los evangelios que Jesús se dirigió a la ciudad de Naín, debemos entender con ello que fue a la ciudad de los serpientes, o sea a la de los iniciados, y que no se trata de una ciudad física, sino una ciudadela espiritual, de un espacio simbólico.
Sabemos por la leyenda de la tradición esotérica, que Eva fue seducida por Lucifer, el cual se presentó ante ella bajo forma de serpiente y de esa unión nacería Caín, pero antes de que Eva diera a luz, Jehovah expulsó del paraíso a la serpiente, de modo que el niño nació sin padre y por ello recibió el sobrenombre de Hijo de la Viuda. Más tarde, Eva se juntaría con Adán y de esa unión nacería Abel, el hijo elaborado según las normas establecidas por la creación.
Caín y Abel representan los dos caminos que conducen a la divinidad, el primero discurre por la vía del cerebro, produciendo la comprensión de las leyes activas en el universo y el segundo va por lavía del corazón y produce la iluminación que permite ver claro y saber sin comprender.
El primer camino, el de Caín, se encuentra bajo la dirección de los luciferianos (los ángeles caídos), los cuales actúan desde el cerebro y la espina dorsal, cuya forma alargada, que recuerda la de una serpiente, hizo que aparecieran en el relato bíblico bajo esta denominación. El segundo camino, el de Abel, se encuentra bajo la dirección de los ángeles al servicio de Cristo.
Esos dos caminos que ineludiblemente debemos recorrer han sido representados bajo la forma de dos serpientes enroscadas en torno a un caduceo, símbolo de Mercurio, adoptado por los médicos. En ese símbolo, podemos ver que las nueve espirales formadas por las dos serpientes al entrecruzarse, desde la cola hasta la cabeza, tienen nueve puntos de contacto y otros nueve de separación, en los que los troncos de las serpientes se encuentran enfrentados.
En esta representación gráfica vemos plasmado el itinerario del alma humana en su despliegue hacia la divinidad, pasando por etapas en las que la razón se opone a la fe y otras en las que la fe se opone a la razón, alternando con estados intermedios en los que ambos valores se concilian y colaboran.
Visto desde el ángulo cabalístico, el camino irá de Kether (Séfira 1) a Yesod (el séfira 9), tras el cual llega Malkuth, que representa la materialización. Y de Yesod a Kether, realizando así el doble recorrido por el Árbol. El primero va del espíritu a la materia y el segundo de la materia al espíritu, en el trayecto de retorno.
En el relato bíblico ese itinerario se escenificó con la historia de los hermanos enemigos, que vemos aparecer sucesivamente en el Génesis y en los demás libros de la Tradición esotérica. Esos hermanos que se combaten, se reconcilian, en un momento dado, para volver a separarse después, representan ese antagonismo esencial del cual va naciendo la conciencia.
En la vida social, esos dos caminos se conocen bajo el nombre de catolicismo y masonería entendiendo por catolicismo todas las iglesias universales de carácter exotérico, y por masonería todas las escuelas universales de carácter esotérico. Los primeros avanzan por el camino de la fe que conduce a Cristo y los segundos por el camino de la razón que conduce al hijo de la viuda de Naín.
Fe y razón deben alcanzar un punto en que la fusión sea permanente, un punto en el que la razón aporte la suprema inteligencia de los mecanismos de la obra divina, y la fe, la suprema sabiduría la cual, iluminando las conquistas de la inteligencia, permitirá a esta elevarse hasta niveles en los que, por sí misma, no puede penetrar porque pertenecen a los misterios de la divinidad.
El Hijo de la Viuda quien, como Cristo, no ha sido generado por varón, sino engendrado por el Demiurgo, por la semi‑divinidad luciferiana, en un estadio final debe ser resucitado por la fe, porque la fe es la que dispone de poderes para resucitar lo que en nosotros se encuentra en estado letárgico.
Por no haber comprendido el significado de esta resurrección las escuelas esotéricas y la iglesia exotérica siguen aún combatiéndose en nuestros días y este combate conduce a la destrucción de ambas, porque si esa reconciliación final y permanente no puede ser protagonizada por las instituciones existentes, estas deberán desaparecer para dejar paso a nuevas instituciones capaces de asumir la tarea reconciliadora.
Pero esa tarea exterior solo es importante en la medida en que representa la reconciliación interna de la cabeza con el corazón, del pensamiento con los sentimientos, haciendo que ambos trabajen unidos en la edificación de nuestra obra humana.
Así pues, la resurrección del Hijo de la Viuda constituye uno de los puntos claves de la obra de Cristo. Tras restablecer la salud de los enfermos, no mediante ritos ni exorcismos, sino con su sola presencia, es decir, después de haber restablecido en nuestro interior la correcta dinámica de las fuerzas que propulsan nuestro organismo – puesto que esos múltiples enfermos son también símbolo de las múltiples perturbaciones actuantes en nuestra entidad física -, después de haber arrojado de nosotros todos los demonios que manipulaban nuestros órganos, Cristo resucita la razón, el entendimiento, la comprensión.
Resucita todo lo que tuvo que morir para que la fe pudiera ocupar nuestro espacio humano y manifestarse con la fuerza necesaria como para ser redentora.
Hemos visto en el Sermón de la Montaña que Cristo enalteció a todos los postergados de la antigua ley y arremetió contra ella, advirtiendo sin embargo que venía a cumplirla y no a abolirla.
Al acceder al Reino promulgado por Cristo, es preciso que su fuerza, la del amor, la fe y la sabiduría, ocupe todos nuestros espacios internos, barriendo en nosotros lo que antes era obediencia a unos principios impuestos desde el exterior para que pudiéramos convertirnos en el principio mismo. Así, los valores antiguos desaparecen para dejar espacio a los nuevos valores.
Cuando esa limpieza general ha tenido lugar, el corazón debe compartir su reino con el cerebro, debe resucitar al hermano muerto, que esta vez no es Abel, sino Caín.
Nos dice Lucas en su relato que la resurrección del Hijo de la Viuda tuvo lugar al día siguiente de haber bajado de la montaña en que pronunciara su célebre Sermón ante sus discípulos, o sea antes de iniciar realmente su obra, en los preliminares. Cristo incorporó a la vida, a su vida y a su obra, al Hijo de la Viuda, de modo que su enseñanza iría dirigida a la cabeza y al corazón, uniendo en un abrazo fraternal al hijo del Agua y al hijo del Fuego, o sea a los elementos enemigos, a los que se combaten, sin cuya cooperación el proceso creativo no puede prosperar.
Nos dice la crónica sagrada que esa resurrección fue llevada a cabo en presencia de todossus discípulos y de una multitud. Esto significa que el Hijo de la Viuda resucitó en sus discípulos y en muchos más seguidores de Cristo. O sea que a quienes siguen la vida cristiana, la enseñanza ha de llevarlos a contemplar enellos, en su naturaleza interna, la resurrección del Hijo de la Viuda, es decir, ha de llevarlos a comprender las leyes del universo y a conocer a fondo su dinámica.
Es muy importante comprender esta parte de la enseñanza, precisamente porque, como decíamos, no ha sido entendida por el cristianismo sociológico en su despliegue histórico, ni por los exotéricos, ni por los esotéricos. Y así vemos enseñanzas pretendidamente esotéricas que excluyen toda referencia a la fe y, por otra parte, tenemos obras insignes de místicos pretendidamente cristianos que lo basan todo en la fe, rechazando y aún combatiendo una razón en la que ven al gran enemigo.
La fe sin razón ha conducido al abandono de los valores morales, que expresan a nivel de conducta las leyes eternas, porque la fe no ha sabido explicarlos. Y la razón sin la fe, sin esa parte de sabiduría‑amor adscrito a ella, ha conducido a la edificación de un mundo pretendidamente utilitario y que solo se sostiene a corto plazo, porque nada puede subsistir por mucho tiempo en el universo si no lleva dentro una buena dosis de fuerza creadora, de esa materia prima que en términos filosóficos se conoce con el nombre de sabiduría‑amor, elaborada por ese centro de vida llamado Hochmah.
Nada nos dicen los Evangelios sobre la vida de ese Hijo de la Viuda resucitado. En cambio, sí nos informa de su suerte la leyenda masónica, la cual explica que era una reencarnación de Hiram Abiff, el arquitecto del templo del rey Salomón asesinado por tres de sus obreros traidores, con la complicidad del propio Salomón, celoso por los favores de que gozaba el arquitecto por parte de la Reina de Saba, símbolo del alma humana.
Habiendo sido Salomón la encarnación anterior de Jesús, resulta coherente que sea él quien lo resucite. Se encontraban así de nuevo los protagonistas del drama del templo, los cuales ya anteriormente habían actuado juntos como Caín y Abel a escala de prototipos: como Esau y Jacob, como Moisés y Aaron, como Salomón e Hiram, y ahora como Jesús y el Hijo de la Viuda.
Caín‑Esau‑Moisés‑Hiram‑ constituyen pues el camino de la razón, Abel‑Set‑Jacob‑Aaron‑Salomón‑Jesús constituyen el camino de la fe.
Así pues, Cristo iniciaría su obra redentora con el Hijo de la Viuda, impartiendo una enseñanza exotérica y esotérica a la vez, y muchas veces diría “quién tenga oídos, oiga y quién pueda comprender, comprenda”, indicando con ello que de sus palabras se desprendía otro significado más allá del aparente, un significado oculto que era preciso sacar a la luz.
Sin embargo, en el desarrollo histórico de su doctrina, las dos enseñanzas se dividirían y se enfrentarían, tomando Christian Rosenkreutz la dirección de la escuela esotérica a través de los Rosacruces, y el propio Jesús – no Cristo, sino Jesús- dirigiría las iglesias exotéricas.
Así lo exigía la necesidad de antagonismo que tienen aún los seres humanos: pero ahora que la humanidad va alcanzando la cabeza de las dos serpientes enroscadas, el Hijo de la Viuda y Jesús trabajan de nuevo al unísono y de esa colaboración nacerá la iglesia Unitaria, en cuyo establecimiento nosotros estamos trabajando, y en la enseñanza dispensada por esa corriente, los seres humanos adquirirán el conocimiento de las Leyes del mundo y encontrarán la Sabiduría que Cristo vino a suministrarnos.
Cuando esta nueva corriente arraigue en el mundo y para eso falta un rato, la división de poderes en temporales e intemporales cesará y los estados serán gobernados por un rey y sumo sacerdote a la vez. Las leyes civiles serán entonces la copia perfecta de las leyes cósmicas y los seres humanos habrán cesado de luchar contra la estructura universal.
En el próximo capítulo hablaré de: por mis hechos me conoceréis