Las familias se forman con almas que ya anteriormente han bregado juntas. Si observamos el modelo de familia en su proceso de formación en el zodiaco que, siendo el huevo primordial, es punto de referencia para todas las cosas, vemos que el primer vínculo humano, partiendo de Aries, el primer signo, se establece en virtud de las fuerzas activas en el signo de Leo, en el que actúa el amor de Dios.
Podemos decir que el amor de Dios pone en contacto dos almas que han iniciado juntas un sendero de experiencias. Es como si Dios dijera: «Puesto que vais a peregrinar por el mismo camino, juntad vuestras fuerzas para defenderos de los peligros«. Esas personas unidas por el amor de Dios, se encuentran en el primer trazo del camino, cuando el paisaje es risueño, perfumado, encantador, cuando todo son risas y canciones, o sea durante la infancia. Entonces es cuando nos vemos unidos a los que van a realizar la misma experiencia humana que nosotros.
Luego, en el transcurrir de la vida, los caminos bifurcan, porque cada uno lleva encima su karma, las obligaciones contraídas en vidas anteriores que los obligan a apartarse del nuevo campo de experiencias y seguir la senda en cruz impuesta por sus responsabilidades. Por ello es tan difícil conservar a los amigos de infancia. Incluso aquellos que permanecen en la misma ciudad y en el mismo barrio toda la vida, cambian generalmente de amigos al pasar de la infancia a la juventud.
El segundo encuentro de almas en busca de experiencias semejantes se realiza en el curso de un viaje, bajo los auspicios del signo de Sagitario. En ese momento, el ser humano busca, inconscientemente, sin explicarse muy bien el porqué, la tierra humana en que realizar su obra. La Tierra de la infancia es la tierra de todos, el lugar común en el que el alma humana planta la bandera de su nueva vida.
Luego, cuando se produzca en ella el despertar anímico y tome conciencia de sus poderes, sentirá la necesidad de buscar su espacio, de crear su cerco, poniéndole vallas al paisaje para constituirse el recinto en el que realizar la gran proeza de su vida.
El viaje simboliza ese momento. Si en un viaje encontramos a un amigo de la infancia; si gracias a ese viaje reanudamos los lazos que nos unían a él, ello significará que hemos superado juntos la primera fase y que estamos viviendo conscientemente en la segunda, sin necesidad de esperar una nueva encarnación para vivir la segunda tanda de experiencias comunes.
En los viajes encontramos siempre antiguos, antiquísimos amigos de infancia y es por ello que, tan frecuentemente, se intercambian tarjetas de visita entre viajeros que coinciden en un mismo compartimento de tren. A menudo esos encuentros quedan sin efecto porque el empuje de la vida cotidiana nos canaliza hacia lugares muy determinados y la relación con el compañero de viaje se pierde. En esa fase de las relaciones, la persona aún no es capaz de reconocer que aquella simpatía espontánea que ha estallado entre él y su compañero de viaje es debida a una infancia vivida en común. Es debida a que entre ellos ha existido esa entrañable relación infantil que jamás se olvida porque el amor de Dios la ha llenado de calor, ha derramado sobre ella toda la generosidad del cielo. El amigo de la infancia es siempre un amigo seguro, cuando la voluntad del alma se despliega hacia él, después de los sinsabores de la vida de adultos.
Si a la vuelta de los caminos, en la edad madura o en la vejez, sentís la necesidad de reanudar la relación con un amigo de la infancia, deciros que esa necesidad corresponde a un afán de volver a Dios, a un anhelo de su amor y de su gracia.
En el próximo capítulo hablaré de: los signos de Agua