Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 11

La falta de fe

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Aquella misma tarde, después de referir todas estas parábolas, Jesús despidió a la muchedumbre y dijo a sus discípulos: «Pasemos del otro lado. Subieron todos a la barca y el Maestro se puso a dormir. Durante su sueño se levantó un fuerte vendaval que hizo que las olas furiosas cayeran sobre la barca. Sus discípulos lo despertaron diciendo: Haz algo o todos vamos a perecer y Jesús se levantó y, encarándose con el viento y el mar, los hizo enmudecer. Cuando la calma fue completa, se dirigió a sus discípulos y le dijo: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”. (Marcos IV, 35-41).

La doctrina esotérica nos dice que los Elementos – el Fuego, el Agua, el Aire y la Tierra- están formados por entidades vivas, conocidas con el nombre de Elementales. Esos Elementales no poseen una voluntad propia, sino que son fuerzas que ejecutan los mandatos recibidos de entidades superiores. Los ángeles, arcángeles y principados (en el Árbol de la Vida están situados en los Sefirot, Yesod, Hod y Netzah, respectivamente), que son las jerarquías que de forma más directa trabajan en el mundo cabalístico de Formación, son sus más inmediatos superiores. Pero también el ser humano tiene autoridad sobre ellos y los Elementales obedecen a su mandato, tanto consciente como inconscientemente.

Hay que ser mago para poder mandar a consciencia sobre los Elementales, y es preciso dominar el elemento sobre el cual se pretende ejercer el mando: dominar los apetitos físicos, si se quiere mandar sobre los elementales de Tierra, los Gnomos. Dominar las fuerzas constitutivas del pensamiento, si se pretende mandar sobre los elementales de Aire, las Sílfides. Dominar los sentimientos si se pretende mandar sobre los del Agua, las Ondinas. Y estar sometido a los designios del Ego Superior para mandar sobre los elementales de Fuego, las Salamandras.

El mandato inconsciente ya es de otra naturaleza. Se trata del poder de nuestros instintos, pensamientos y sentimientos, de esas fuerzas no dominadas por nuestra voluntad y que se derraman sobre los elementos imprimiéndoles un designio.

Cuando nuestra fuerza mental negativa, no canalizada hacia un acto determinado, se une a nuestra fuerza emotiva negativa, igualmente sin canalizar hacia la acción, es cuando los elementales de Aire y del Agua reciben el mandato de producir una tempestad, que en nuestra vida se traducirá en un lío, un problema, una discusión, un caos.

Expliquemos esto con más detalle: nuestros bajos pensamientos y bajos sentimientos tienden a producir en nuestra vida bajas acciones. Pero cuando esas bajas acciones no se producen, bien sea porque las circunstancias exteriores no son propicias o porque no hay una suficiente colaboración por parte de nuestra voluntad, la fuerza no utilizada puede prestar su apoyo a otras tendencias internas o puede pasar a la disposición de la voluntad inconsciente colectiva. 

Si esas fuerzas encuentran respaldo en la colectividad, es decir, si son muchos los que piensan y sienten de ese modo, esas energías producirán en los elementos tempestades, lluvias, nieves, vendavales, terremotos, erupciones volcánicas u otras alteraciones de la naturaleza. Esos mismos elementos se encontrarán activos en el ámbito personal, generando tempestades en nuestro comportamiento, cambiando la lluvia por llanto, las erupciones por ira, etc.

Tales inclemencias, teniendo su origen en una orden que los elementales han recibido de la colectividad de los seres humanos, pueden ser calmadas por una contraorden que provenga de una jerarquía superior. Cristo representa esa jerarquía capaz de hacer volver los elementos a su cauce.

Así, cuando en el mar de la vida se desaten tempestades internas, debemos llamar al Maestro que duerme en cada uno de nosotros y él nos salvará del naufragio. Cuando nos encontremos en peligro de zozobrar, cuando el oleaje furioso caiga sobre nuestra frágil embarcación humana, recordemos este pasaje del Evangelio y tomemos conciencia de que en algún lugar de nuestra nave se encuentra el Maestro dormido. Llamémosle y él pondrá orden en nuestras fuerzas internas y la placidez volverá a nuestro mundo emotivo y mental. 

Entonces escucharemos su voz dulce y entrañable que nos dirá: «¿Por qué has tenido miedo, hombre de poca fe?» Y la confianza volverá a nuestro corazón; nuestro horizonte humano se esclarecerá y podremos llegar a la otra orilla, esa orilla de nuestra vida en la que luce el sol del amor.

Despertar al Maestro dormido en la hora de la tribulación, tal es la enseñanza que se desprende de este punto.

En el próximo capítulo hablaré de: echar a los demonios

Kabaleb
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