Antes de la muerte de Juan Bautista, Jesús se dedicó sobre todo a la formación de sus discípulos. Tras los doce primeros, muchos fueron los que acudieron a él para que les enseñara, entre ellos los enfermos que iba curando y entre esos seguidores había numerosas mujeres.
En la crónica evangélica se habla poco del papel que jugaron las mujeres en el desarrollo de la obra de Jesús, pero lo cierto es que el Maestro las incorporó a su obra, las admitió al discipulado y formó también un grupo de doce que operaría de manera autónoma, formando a su vez otros grupos de seguidoras de Cristo.
Esas mujeres fueron:
Susana, hija de un rabí de la sinagoga de Nazaret
Juana, esposa de Chuza, intendente de Herodes Antipas
Isabel, hija de un rico judío de Tiberiades y de Sedoris
Marta, la hermana mayor de Andrés y de Pedro
Raquel, cuñada de Judas
Nasanta, hija de Elman, un médico sirio
Milcha, prima del apóstol Tomás
Ruth, la hija mayor de Mateo Levi
Celta, hija de un centurión romano
Agemán, una viuda de Damasco
Rebeca, hija de José de Arimatea
María Magdalena
Durante su ministerio, las mujeres se juntarían con los hombres, formando parte de la cohorte de seguidores, y en los campamentos que Jesús organizaría en diversos lugares y a los que acudirían gentes deseosas de aprender, las mujeres desempeñarían funciones de primer orden.
Jesús no marginó jamás a las mujeres de su enseñanza y ello no dejaba de chocar, incluso a los propios apóstoles, imbuidos de las ideas de la antigua religión, la cual no admitía a mujeres en las funciones importantes del culto.
Tras la muerte del Maestro, los Apóstoles y sus sucesores convertirían el cristianismo en una religión de varones, a imagen y semejanza del antiguo culto que ve en la mujer el soporte material de la vida y en el hombre el enlace con la espiritualidad.
No es que esta apreciación sea falsa, pero una cosa es la función específica del sexo, que debe ser ejercida plenamente por cada uno, y otra distinta es el alma que cada uno de nosotros va formando a lo largo de la cadena de encarnaciones, en las cuales unas veces aparecemos bajo sexo masculino y otras bajo sexo femenino.
El alma que cada ser humano lleva consigo no tiene sexo y por ello en los asuntos del alma no puede haber diferencia entre el hombre y la mujer.
La exclusión de la mujer de las funciones sacerdotales no es cristiana, como no lo son tantas y tantas cosas que la cultura cristiana ha incorporado a la práctica del cristianismo. En numerosas escuelas iniciáticas, también se ha excluido a la mujer, lo cual demuestra que esas escuelas no han sabido incorporar a sus enseñanzas los valores del cristianismo y siguen siendo instituciones de otro tiempo, arcaicas, necesitadas de una reforma en profundidad.
Cuando Jesús consideró que sus discípulos poseían un grado de formación suficiente, los mandó a ejercer el apostolado por grupos de dos. Primero fueron los doce quienes partieron a evangelizar, más tarde serían setenta y dos, según dice Lucas (X, 1) y entre ellos se encontraban muchos grupos de dos mujeres. Todo cuanto Jesús hizo y dijo tenía un significado oculto, cuya elucidación permite comprender más ampliamente sus gestos y palabras.
Si mandó a sus discípulos de dos en dos, no fue por azar, como podían haber sido tres o cinco. Fueron dos los mandados en misión porque el dos es un número crístico por excelencia.
El número dos corresponde al Séfira Hochmah, que en los mundos del espíritu ejerce funciones de Hijo, de ese Hijo en el cual el Padre se revela con el rostro del Amor. El dos es el número del Amor y su naturaleza amorosa aparece cuando el número se manifiesta.
Si Jesús los hubiese mandado de uno en uno (número de Kether), habría favorecido con ello la aparición de líderes que hubiesen convencido quizá por su carisma, o por la fuerza de su personalidad. Si los hubiese mandado de tres en tres (número de Binah), habría favorecido la visión de una organización, de un poder, y los fieles quizá hubieran sido seducidos debido a su necesidad de ser protegidos, tutelados, por simple debilidad. La predicación de dos en dos resultaba plácida, no violenta; no pretendía entrar por la fuerza en las conciencias y conquistarlas como se conquista una ciudadela en poder del enemigo. El apostolado a dos exponía una doctrina, anunciaba el Reino, descubría a la vista de quienes escuchaban ese horizonte de Amor que se avecinaba como una avalancha de felicidad y dejaba que la doctrina penetrara como un perfume si la naturaleza del público era susceptible de dejarse penetrar.
El cristianismo consiguió sus primeros adeptos gracias al número dos y este número es el que deben utilizar quienes desean conducir las almas al Reino del Padre. La disposición de Jesús de mandar sus discípulos a evangelizar de dos en dos tiene una validez permanente.
En las cuestiones cotidianas, también debemos utilizar ese dos para suavizar situaciones o tiranteces. Si tengo un conflicto con mi madre, puedo ir a verla con mi hermano y así seremos dos.
En el próximo capítulo hablaré de: la cosecha es grande y los obreros pocos