“Uno de los que estaban con Jesús extendió la mano y desenvainando su espada hirió a un siervo del pontífice, cortándole una oreja. Jesús entonces le dijo: vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que empuñan espada, a espada perecerán. ¿O crees que no puedo rogar a mi Padre, quien pondría a mi disposición al punto a más de doce legiones de ángeles? ¿Cómo pues van a cumplirse las escrituras, que dicen que ha de suceder así? Entonces dijo Jesús a las turbas ¡Cómo contra un salteador habéis salido con espadas y garrotes a prenderme! Cada día me sentaba en el templo para enseñar y no me prendisteis, pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas. Todo esto sucedió para que se cumpliesen las escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”. (Mateo XXVI, 51-56. Marcos XIV, 47-52. Lucas XXII, 49-53. Juan XVIII, 10-11).
Al final del capítulo anterior, ya hicimos referencia al hombre que extendió su mano para herir al siervo del pontífice, en el Evangelio de Juan se identifica como Pedro. Dijimos que la enseñanza crística no produce karma, no genera acciones que, siendo positivas, estén potenciando un polo negativo que en un próximo capítulo de nuestra vida hayamos de protagonizar. En el Reino de Cristo la dualidad ha desaparecido, ya no existen las polaridades bien-mal, izquierda-derecha, blanco-negro, positivo-negativo, etc. Por consiguiente, la vida se desarrolla en una permanente plenitud, sin necesidad de vivir por partes una experiencia, primero como agresor, después como víctima, como sucede en el universo del Yod-He-Vav-He en el que estamos ahora anclados.
«Uno de los que estaban con Jesús» dice la crónica. Hagamos hincapié una vez más en lo que significa ser y estar. El cristianismo es un modo de ser que se expresa mediante un abanico de actitudes que emanan de ese “ser” y no de un conjunto de reglas escritas que uno interpreta, como sucede con la religión de Jehovah.
Se puede estar con Jesús y no ser del Reino, mostrando un comportamiento atípico, ajeno al cristianismo, por mucho que se utilicen sus símbolos y que se citen los textos bíblicos. En el despliegue histórico del Cristianismo, muchos hombres han desenvainado su espada para defender a Jesús y ello constituye una prueba manifiesta que esos espadachines, esos “Pedros” en la noche, son personas que están con Jesús, pero no son, no pertenecen al Reino.
La reacción de Pedro, que según el evangelio de Juan fue quien desenvainó la espada, ilustra lo que puede suceder en nuestro interior cuando atravesamos nuestro Getsemaní personal. Cuando lo escrito en anteriores vidas nos es arrojado en pleno rostro, puede provocar en nosotros un movimiento de defensa, Pedro es testigo de una injusticia: los hombres armados van a prender a su maestro y él se levanta contra lo injusto.
Esa injusticia nosotros la hemos de vivir necesariamente. El maestro que todos llevamos dentro, un día nos será arrebatado por esos hombres armados con garrotes y espadas y nos parecerá entonces que la actitud adecuada es la de defenderlo. Cuando vemos que la sociedad se prepara para dar muerte a lo más noble, lo más hermoso, lo más elevado que hay en nosotros mismos, ¿vamos a permanecer indiferentes y dejar que la injusticia triunfe?
La tendencia – simbolizada por el personaje de Pedro – que estructura nuestro mundo material, la que edifica con gestos cotidianos el marco de nuestra vida, ya sabe que lo que le sucede al Maestro aquella noche está escrito y tiene que cumplirse, pero su comportamiento (el de Pedro) no está a la altura de las circunstancias.
Dicho de otro modo, cuando las energías creadoras que hemos desperdiciado a lo largo de nuestras vidas se presentan ante nosotros bajo su faz tenebrosa y pretenden desposeernos de la voz interna que nos guía, nos parece justo reprimirlas y asegurar el triunfo del Maestro que llevamos dentro. Sin embargo, ya hemos visto que la dinámica natural exige que la voz interna muera como tal para que pueda resucitar en los gestos. El Maestro que explica, que discursea, que inspira libros, debe desaparecer para integrarse en nuestro ser y convertirnos en libros y en discursos vivientes, de manera que la verdad se explique mediante nuestra forma de obrar y no mediante palabras o razones.
En el próximo capítulo hablaré de: nuestras tinieblas personales