Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 24

¿Cuándo vendrá el reino de Dios?

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En aquel tiempo, los fariseos le preguntaban a Jesús, ¿cuándo vendrá el reino de Dios?, del mismo modo que las gentes de hoy se preguntan, ¿cuándo vendrá la era de Acuario? Jesús les respondía: «El reino de Dios no viene de manera que salte a la vista. No se dirá de él: está aquí, ya que el reino de Dios está en vosotros”. (Lucas XVII, 20-21). 

Es inútil que busquemos las cosas espirituales en el exterior. Muchos esperan que la era de Acuario lleve a nuestro planeta la fraternidad, pero aún cuando el Sol atraviese el signo de Acuario en el equinoccio de primavera, si la fraternidad no ha estallado en el corazón de las personas, es inútil que esperen que les venga de un fenómeno astronómico. El cielo puede rebosar de fraternidad y sin embargo quedarnos tristemente marginados de ella. Y, al revés, aunque la era de Acuario no haya comenzado en el cielo, si somos impacientes en la conquista de lo fraterno, estaremos viviendo en ella anticipadamente. El reino de Dios no viene ostensiblemente como un expreso llegando a una estación, sino que se instala en nosotros sigilosamente y va ocupando nuestros espacios internos codo a codo, arrebatándonos progresivamente al dominio de los luciferes. Luego, cuando esa instalación sigilosa se haya realizado en todos los humanos, entonces sí que el orden divino saltará a la vista y será patente y evidente para todos que la Tierra ha cambiado.

Dijo Jesús a sus discípulos: Llegará tiempo en que desearéis ver un solo día al hijo del hombre y no lo veréis. Os dirán helo aquí o allí. No vayáis ni le sigáis, porque así como el rayo relampaguea y fulgura desde un extremo a otro del cielo, así será el hijo del hombre en su día. Pero antes ha de padecer mucho y ser reprobado por esta generación. Como sucedió en los días de Noé, así será en los días del hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer los hombres, y las mujeres marido, hasta el día en que Noé entró en el arca y vino el diluvio y os hizo perecer a todos. Lo mismo en los días de Lot: comían, bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban, pero en cuanto Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre que los hizo perecer a todos. Así será el día en que el hijo del hombre se revele. Aquel día, el que esté en el terrado y tenga en casa sus enseres, no baje a tomarlos; e igualmente el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. El que busque guardar su vida, la perderá, y el que la perdiere, la conservará. Os digo que en aquella noche, estarán dos en una misma cama; uno será tomado y otro dejado. Estarán dos moliendo juntas: una será tomada y otra será dejada. Y tomando la palabra, le dijeron: ¿Dónde será, Señor? Y les dijo: Donde esté el cuerpo, allí se juntarán los buitres”. (Lucas XVII, 22-37).

Vemos en estos puntos de la Enseñanza que mientras Jesús les decía a los fariseos que el reino de Dios no vendría ostensiblemente, decía por el contrario a sus discípulos que se producirían una serie de terribles fenómenos, comparables a lo que sucedió en el diluvio y en Sodoma. Por lo que sabemos de la doctrina esotérica, ambas versiones se concilian perfectamente. En efecto, la llegada del reino será sigilosa para los que lo acojan en su fuero interno y se dejen penetrar por él. En cambio, quienes lo rechazan obstinadamente acabarán siendo las víctimas de su inadaptación.

Tal como hemos dicho, los fenómenos inscritos en el cielo pueden sucedemos antes, y adelantarnos a los tiempos, o sucedemos después, mucho después de que el sistema solar los exprese. Pero debemos protagonizarlos ineludiblemente. Si pasan los días, y los años, y las encarnaciones, y nosotros seguimos vinculados a los viejos tiempos, las viejas doctrinas, obedientes a una ley que ha prescrito, entonces, un día, este paso que no hemos querido dar, nos será impuesto desde el exterior en forma de un exterminio. Es decir, nuestro viejo mundo será exterminado, desaparecerá bajo la forma presente.

Después del diluvio, apareció un nuevo Elemento, el Aire y solo pudieron permanecer en el nuevo mundo los que habían desarrollado pulmones para respirarlo. Sabemos que el nuevo elemento que aparecerá cuando el reino se instale, será el fósforo, propiedad ígnea de Kether, el Padre, que se expresa en nuestra psique como voluntad creadora. Solo los que hayan desarrollado en ellos esa facultad, subsistirán. Los demás perderán su vida. Estarán en los mismos lugares que los otros, librados a las mismas ocupaciones, pero mientras unos poseerán la facultad que les permite conservarse en vida, los otros no la tendrán.

No es que esos muertos desaparezcan. Volverán a renacer equipados para la nueva vida, pero se verán situados en un escalón inferior; ya no estarán entre los pioneros de la oleada de vida, sino entre los retardados.

En el próximo capítulo hablaré de: escuchar la voz del pastor

Kabaleb
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