“En lo que se refiere al día y a la hora -prosigue Jesús- nadie lo sabe, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino tan solo el Padre”. (Mateo XXIV, 36. Marcos XIII, 32).
Para saber el momento en que todo esto esté a punto de suceder, ya Jesús les recomendaba que tomaran el ejemplo de la higuera, o sea del mundo natural, donde todo se anuncia antes de que suceda, y así vemos que el crecimiento de las hojas anuncia la aparición de la flor y esta la llegada del fruto.
Las jerarquías creadoras no saben cuándo todo esto va suceder ya que constituye un misterio inherente a la voluntad de Kether-Padre. El tiempo de duración de esta cuarta Ronda depende de lo que hagamos con nuestra Voluntad, de cómo utilicemos esa fuerza procedente del Padre. En la Voluntad está la respuesta.
Si tenemos que movernos en el mundo etérico, es evidente que debemos disponer de un órgano adecuado, y si somos nosotros mismos quienes debemos construirnos el órgano, a base de conservar las energías creadoras, en lugar de dispersarlas está claro que accederemos a ese nuevo mundo cuando hayamos procedido a la construcción de ese cuerpo vital.
El Creador no puede establecer un programa cerrado, en el que se diga que el ser humano dispone de tantos milenios para fabricarse ese cuerpo, transcurridos los cuales pone fin a la materia física pase lo que pase. ¿Qué diríamos del monitor que, figurando en su programa la enseñanza de la natación, arrojara a todos sus alumnos a la profundidad del mar en la fecha prevista, tanto si han aprendido a nadar como si no?
Esta incertidumbre sobre el día y la hora parece en contradicción con lo dicho por Jesús en el párrafo anterior, al afirmar que la presente generación no se iría antes de que esto sucediera. Pablo interpretó esas palabras en sentido histórico y el resultado fue el anuncio de algo que no había de producirse.
Es lógico que si Jesús aparecía para anunciar el Reino del Padre, y si era necesario todo un proceso de desarrollo para llegar a él, el Reino no apareciese objetivamente de inmediato. Pero sí se manifestó interiormente en los discípulos y seguidores de Cristo, entre ellos el mismo Pablo. Esta manifestación interna se produjo con mucha fuerza como siempre ocurre con algo que empieza y que se ve aupado por el coro de los Serafines, portadores de la Voluntad Divina.
Somos nosotros mismos quienes fijamos la hora del cambio. Ahora bien, no todas las personas se mueven a la misma velocidad de crucero y acabamos de ver que en el momento del cambio habrán elegidos y «tribus de la tierra«. O sea, hay en nuestro mundo un grupo de pioneros que, al moverse hacia adelante, desplazan la zona de luz y dejan en la cola una franja de tinieblas, como hemos dicho en capítulos anteriores. Si los que habitaban en ella no se han desplazado, siguiendo el camino de la luz, caerán bajo el imperio de los poderes de las tinieblas, que tratarán de enseñarles, con sus métodos específicos, lo que no han sabido aprender bajo el mando de los instructores angélicos.
Si esta cola no se mueve, si no avanza ni tan siquiera a latigazos, la cuerda que la ata a la cabeza se rompe y se produce una escisión. La cabeza y la cola dejan entonces de formar un solo cuerpo y los pioneros imponen al universo su calendario, es decir, unas condiciones de vida determinadas.
Sin embargo, antes de producirse esa escisión, tienen que agotarse todos los recursos de las leyes cósmicas. La cola de esa serpiente evolutiva frena terriblemente la marcha de la cabeza y los avanzados deben acudir a esa cola para desatascarla. Si no realizan ese servicio, su camino hacia adelante se ve obstruido. Solo cuando la cola se muestra reacia a la enseñanza de su cabeza, y ni los luciferianos consiguen hacerla avanzar, los pioneros obtienen del Rey del Universo un decreto autorizándolos a seguir su marcha natural, se les concede el permiso para introducir en el mundo los cambios necesarios para su avance.
Resulta así que quienes se han construido ya un cuerpo vital y están en condiciones de ser la perfecta expresión de su Ego Superior, se ven obligados a bajar a esa cola de su Oleada de Vida para impulsar a los rezagados. Para ello será preciso que se presenten con sus vestiduras, que hablen su misma lengua y expresen un repertorio de actitudes propias de esta cola humana, de manera que quienes viven en ella puedan reconocerlos como perteneciendo a los suyos y acepten su ayuda en la escalada.
Cristo vino a salvar todo lo que puede ser salvado y en esta tarea deben secundarlo quienes han visto nacer en ellos su naturaleza redentora. Si Cristo, al retornar de su cautiverio material, manda a sus ángeles tocar la trompeta para reunir a los elegidos, nosotros hemos de ser antes esa trompeta y ese ángel que reúna a su alrededor a los que hemos conseguido despertar de su letargo material.
En el próximo capítulo hablaré de: en tiempos de Noé