En el Tarot, la lámina que corresponde a la fuerza Ayn es la llamada Torre Fulminada o Casa de Dios. En ella vemos como una alta torre es fulminada por un rayo y de ella se caen dos figuras humanas, una representa los propósitos materiales y la otra los deseos, indicando bien claramente que ni lo uno ni lo otro puede subsistir en su forma anterior. Si no queremos caer desde lo alto de esa torre, que puede ser la de nuestra felicidad humana, conviene que prestemos oído al espíritu de verdad que actúa en nuestra naturaleza y que no volvamos a acercarnos al jardín de los hombres si nuestra alma nos ha llevado a este punto del camino llamado Ayn.
Cuando decimos que nos veremos excluidos del afecto, de la amistad de nuestros semejantes, ello no significa que aparentemente no estemos con ellos. Podemos estar rodeados de personas y, sin embargo, no compartir con ellas ni anhelos, ni ambiciones ni ilusiones.
La diferencia esencial entre ellas y nosotros será que ellas no han conocido ni al Padre ni al Hijo y, por consiguiente, seguirán aferradas a sus realidades materiales, sin intentar bucear en un mundo que no ven ni presienten.
El lector puede pensar: otros se encontrarán en esa misma estancia espiritual y pueden ser nuestros compañeros, aquellos que nos comprendan y nos amen. Pero ellos estarán habitados también por las mismas nostalgias, los mismos deseos de establecer lazos con los del mundo y lo único que harán será descargar sobre nosotros sus frustraciones o bien acompañarnos en esa caída de la torre. No suelen ser compañías gratas las que encontramos en el Ayn, en el momento de la fulminación de nuestras esperanzas.
No es extraño pues que cuando la Torre Fulminada aparece en nuestro juego, la interpretación sea negativa para nuestros intereses materiales y que anuncie la liquidación de nuestras empresas cuando mejor elaboradas están.
“Os he dicho esas cosas a fin de que, cuando haya llegado la hora os acordéis de lo dicho. No os lo he hablado desde el principio porque yo estaba con vosotros”. (Juan XVI, 4).
La revelación crística, cuando no se produce súbitamente en la hora final, mediante envío especial por parte del Padre, se efectúa poco a poco. De nada nos serviría conocer las particularidades del camino en sus últimos lazos, cuando nos encontramos en las primeras rampas de la montaña. Al contrario, ese conocimiento tendría sobre nosotros efectos disuasorios, porque no es lo mismo tropezar con las dificultades cuando ya estás preparado, que anunciarlas cuando aún no se ven.
Cuando se ha andado hasta los confines del Samekh, el alma está más preparada para enfrentarse con la caída en el vacío del Ayn, que si su realidad es anunciada en los albores de la empresa. Mientras Cristo está en nosotros, realizando prodigios, curando a los enfermos, andando sobre las aguas, permanecemos encantados con esas maravillas y experimentamos el vértigo de lo sobrehumano.
Al principio, el soplo de la libertad que Jesús lleva a nuestras almas nos hace vivir de una manera radiante, sintiendo el placer, la alegría que proyecta sobre nosotros la intuición del paraíso que nos espera. Pero cuando nos encontramos en la puerta de Hochmah, vemos que para entrar en ese cielo, hemos de cruzar necesariamente las tierras de Binah y, si al principio, en el camino de descenso, Binah representa el sacrifico de la luz, en la etapa de ascenso representa el sacrificio de las tinieblas, de esas tinieblas que han constituido nuestra felicidad temporal.
En el próximo capítulo hablaré de: ¿a dónde vas?