“Dice la crónica que Jesús supo que habían echado al ciego y, habiéndolo reencontrado, le preguntó: «¿Crees tú en el hijo de Dios?» y él respondió: «¿Y quién es, Señor, a fin de que crea en él?» «Tú lo has visto, es el que te está hablando». «Creo, Señor» añadió el ciego prosternándose ante él”. (Juan IX, 35-38).
Expulsado de la comunidad de las reglas, de las leyes, el ciego, conducido por su fe, se ve encuadrado en un mundo más amplio.
Nos dice este punto que Jesús supo lo que había ocurrido en la asamblea y que fue a su encuentro. En la etapa anterior, cuando la fuerza crística trabajaba en el mundo de los sentimientos, eran los hombres quienes debían acercarse a él para verse curados y para formar parte de su discipulado. Pero ahora, cuando los trabajos se realizan en el terreno mental, es Cristo quien va al encuentro de los recién llegados a la luz para revelarles su personalidad. Entonces el antiguo ciego reconoce al hijo de Dios y se prosterna ante él.
En el orden sefirótico, es Yesod quien administra las fuerzas del Teith. Al estudiar este Séfira hemos visto que Yesod es el laboratorio donde se construyen las imágenes que luego aparecerán en nuestra vida ordinaria convertidas en acontecimientos, protagonizados por hombres y mujeres. Lo que se elabora en Yesod en negativo aparecerá inevitablemente en positivo en nuestra vida real.
Cuando la fuerza de Tiphereth, el centro desde el que Cristo actúa en nuestro mundo, penetra en Yesod, la luz se cristaliza, se instituye; los ojos del ciego se abren para crear la imagen de la divinidad representada por Tiphereth, o sea, el reino que Cristo proclama. Yesod se encuentra en la puerta del templo de la conciencia, es el Séfira más cercano a Tiphereth y el que está más cerca de Malkuth, que representa nuestro cuerpo físico.
Ya hemos hablado de la hora Teith y a los trabajos allí indicados, podemos añadir el de construir el negativo de las imágenes que en el paso siguiente hemos de positivar mediante nuestra actuación.
Hemos visto que la hora Teith está regida por Venus, por ser este planeta el administrador de las fuerzas encerradas en Libra. Venus vivifica en nosotros esos materiales, suscitando la necesidad de contacto.
En la organización sefirótica, vemos que Venus es el jefe de la triada de Sefirot en que se encuentra integrado Yesod. Venus-Netzah y Yesod-Luna trabajan conjuntamente en la hora Teith, el primero para poner a nuestro alcance las armonías universales, el segundo para instituirlas en nuestro interior y constituir la base de nuestros actos.
Si Cristo aparece a esa hora, si en ella nos encontramos en la puerta del templo implorando la gracia de Dios, conseguiremos esa apertura de ojos que nos permitirá marchar en la luz, ser portadores de esa luz.
Así pues, en gran manera, lo que ocurra en la hora Teith determinará la configuración de la nueva jornada.
Esta es, esencialmente, la hora de la relación, en que el pensamiento debe manifestarse y es preciso que el lector sea consciente de que ese pensamiento es el configurador de su mundo de mañana.
Nos cuenta la doctrina esotérica de los hermanos mayores de la Rosa Cruz que cuando el alma se encuentra en el mundo del pensamiento, trabaja en la elaboración de las condiciones físicas del mundo en el que ha de reaparecer en su próxima encarnación. Si aplicamos a este conocimiento la ley de analogía, diremos que al atardecer estamos trabajando en ese mundo del pensamiento y que el día siguiente es, al micro ciclo, lo que la próxima encarnación es al macro ciclo de la existencia humana.
Lo que hagamos desde la puesta del Sol hasta la medianoche, repercutirá muy hondamente en la jornada siguiente. Estaremos, consciente o inconscientemente preparando el terreno para el futuro día, y en esas dos horas que llamamos Teith, es cuando esa preparación puede realizarse en los aspectos más positivos, puesto que es Netzah, el Séfira de la derecha, quien preside los trabajos, dado que Yesod, como sabéis, solo se dedica a montar en firme el material que recibe, sin poner en él un acento particular.
El lector se dirá, ¿y cómo vamos a configurar el día siguiente, si en él ya tenemos ocupadas ocho horas por el trabajo laboral, más las comidas, los transportes, los programas de televisión? Bien es cierto que en la organización actual de la sociedad queda muy poco espacio para que el Teith pueda realizar sus funciones. Si la vida es una rutina y las fuerzas cósmicas se ven en la imposibilidad de impulsarnos, no tendremos más remedio que volver una y otra vez al mundo hasta que nos convirtamos en una planta sensible a todas las influencias que nos vienen de Dios y predispuestos a repercutirlas en la sociedad.
Cualquiera que sea nuestra posición y situación profesional, es preciso que ese trabajo de sensibilización a las influencias espirituales se vaya realizando. Si nuestra actuación en la hora Teith es fuerte, es decir, si buscamos el contacto, la armonía, la paz en las relaciones sociales, si el primor de nuestro pensamiento se derrama sobre el mundo, también se proyectará con fuerza al día siguiente, configurando nuestra realidad de una manera distinta y seremos agentes vivos en la promoción de un cambio social que libere al ser humano de esa rutina que lo atenaza.
Estar en la puerta del templo es otro de los trabajos reservados para esa hora en que la luz del Sol físico se va y la luz del Sol interno amanece en nuestra conciencia.
Ya hemos visto que nuestra conciencia es, por un lado, el libro en el que se van inscribiendo las leyes que rigen el universo y, por otro lado, el centro en el que actúa la voluntad del Ego Superior. Estar en la puerta del templo en espera de la gracia de Dios significará pues que nuestra personalidad material ha de estar atenta a lo que puede caerle de arriba, del Ego Superior que la rige, encontrándose disponible para realizar su voluntad. Es importante pues que no tengamos un programa previo para esa hora, es decir, que nuestra personalidad profana no haya dispuesto de esas horas en el periodo de regencia del yo emotivo (las horas que van del mediodía a la puesta del sol), y si esa personalidad ya ha decidido de antemano la ocupación de dichas horas, hemos de ser capaces de anular los compromisos si después, de algún modo, recibimos una llamada que nos invita a ir por otro lado.
Naturalmente, el artista, el edificador de la obra de arte que es nuestra vida, ha de saber discernir si esa llamada procede de la voluntad del Ego Superior o si viene de un ladrón, de una contrafigura de esa voluntad que aparece bajo el disfraz del Ego Superior, pero que no lo es. Puede que el Ego Superior haya dispuesto un programa de encuentros para esa hora, de manera que un día a la semana debamos ir a una reunión, o dos días o tres, o toda la semana. En tal caso es preciso, naturalmente, permanecer disponibles para ello.
En el próximo capítulo hablaré de: por un juicio