Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 43

Del Yod al Tsade

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En las nueve estancias que van del Yod al Tsade, en ese segundo ciclo de letras regido por Hochmah, escribimos nuestra historia sentimental, dijimos. Es cierto que a medida que nos aproximamos al Tsade, la rebelión cede y nos convertimos en hijos de Dios. Cierto también que en cada encarnación vamos liquidando deudas contraídas en las vidas de rebeldía que hemos protagonizado. Pero siempre nos quedan párrafos escritos que, por lo intrincado de la escritura, no hemos podido borrar.

En efecto, si nuestra historia humana se escribiera en las páginas de un libro, con quemarlo, sería suficiente. Pero la nuestra es una historia escrita en la carne viva de los demás, un párrafo en una persona llamada Pedro otro párrafo en otra llamada Juan, los cuales, a su vez, con ese mensaje nuestro, han escrito otras historias en las espaldas de sus semejantes, traspasándoles a ellos nuestra responsabilidad. Y así resulta que nuestra historia humana es una enmarañada selva, en la que campa una maleza que no reconocemos como nuestra. 

Por ejemplo, cuando emitimos un sentimiento de cólera, de odio, ese impulso violento viaja por el espacio en busca de un receptáculo, de una morada en que ubicarse. Una vez encontrada su casa, este odio potenciará el odio ya existente allí donde va a parar, hasta impulsarlo a moverse, a viajar de nuevo, y ya serán dos los odios que crucen juntos el espacio en busca de un tercero. Cuando ese odio alcance su terminal, quizá haya producido un crimen y nosotros lo leamos en los periódicos horrorizados, sin sospechar que ese crimen ha sido perpetrado con un tanto por ciento de odio salido de nuestra entraña.

Es por ello que borrar lo escrito de manera que no quede ni rastro de nuestra historia, significa introducirse en el corazón del mundo, en la montaña negra de Getsemaní y aguardar en ella a los representantes de lo establecido, con sus garrotes y sus espadas y decirles: “yo soy el que buscáis, yo soy el culpable de todos los crímenes que me atribuís, y estoy dispuesto a seguiros”.

No hay peligro de que los representantes de los escribas se equivoquen en su identificación, porque Judas les acompaña y, como hemos visto, Judas es el representante de nuestro Yesod interno, o sea, del centro en que se inscribe todo nuestro historial humano. Allí se encuentra nuestra memoria archivada para que pueda ser reclamada en el momento oportuno. Al morir, esa memoria pasa en poder de los ángeles archiveros, y al volver a la vida, una parte de esa memoria nos es inoculada a título de destino, para ser convertida en imágenes materiales.

Cuando nuestra alma humana alcanza la puerta 18 del proceso de nacimiento crístico y llegamos al escenario llamado Getsemaní, entonces pedimos el saldo de todo lo que tenemos pendiente, y es cuando aparece el contable mayor llamado Judas, que nos lo entrega con un beso, anunciador de la suprema amargura, pero también de la suprema liberación.

Este encuentro de Judas con Cristo forma parte de la historia mítica que cada ser humano ha de vivir. Es una secuencia personal que nos ocurrirá a nosotros y a nadie más, aunque todos la vivan, cada uno en su momento. Es por ello que la multitud armada se llevó a Jesús y no tocó a ninguno de sus discípulos, puesto que ese acontecimiento histórico es el reflejo de la dinámica interna a la que nos referimos. 

También nosotros, cuando decidamos vivir nuestra noche en Getsemaní y pedirle a Judas que nos presente la cuenta pendiente de nuestro karma para liquidarla, estaremos rodeados de discípulos, porque el paso de Cristo por nuestras estancias internas no es algo que pueda mantenerse en secreto. Las personas que nos rodean lo ven, lo saben; nosotros mismos experimentamos el deseo de proclamarlo desde el tejado. Pero cuando vivamos este trago amargo, lo haremos de forma personal y no contagiaremos a nadie. Nadie vivirá con nosotros esa hora de la amargura porque las andanzas de nuestra personalidad crística no generan karma, no comprometen a las personas que nos escuchan y que nos siguen, las cuales solo reciben de nosotros la parte del amor, la parte liberadora.

Por ello, cuando Pedro desenvainó la espada e hirió a uno los hombres armados, Jesús restañó esa herida inoportuna. Es decir, si nuestro trance provoca reacciones intempestivas en aquellos que nos rodean, se manifestará en nosotros, espontáneamente, la fuerza que restaura aquello que esa reacción haya podido dañar, de manera que no queden secuelas y que la liquidación total de nuestro karma no engendre a su vez una nueva consecuencia a la que más tarde debamos hacer frente.

En el próximo capítulo hablaré de: el poder de las tinieblas

Kabaleb
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