No lloréis por mí, les dijo, sino por vosotras mismas. O sea, no lloréis por el acontecimiento exterior al cual asistís como espectadoras, sino por lo que ese acontecimiento significa en vuestro proceso evolutivo interno. Ya hemos hablado muchas veces de la relación existente entre los sucesos de que somos testigos y nuestra historia interna. La película de nuestra vida, que diariamente pasa ante nuestros ojos, nos anuncia en cierto modo las particularidades de nuestro itinerario anímico.
Si somos testigos de un robo, debemos comprender que, en el nivel del alma, tal vez lo estemos cometiendo o podríamos ser víctimas de él, según que nuestra simpatía esté del lado del ladrón o de la víctima. O sea, si lloramos cuando nos enteramos de que el ladrón ha sido detenido, lo cual significará que lo comprendemos, o si lloramos por la víctima. Ese acontecimiento anímico puede cristalizar en nuestra vida real y hacer que seamos las víctimas o los ejecutores del robo, pues bien dice el refrán: «Cuando las barbas de tu vecino veas recortar, pon las tuyas a remojar«.
Allí eran testigos de un sacrificio, pero era su propio sacrificio el que tenían que comprender. Entender que un día todo sería distinto en el mundo y que ahora son dichosos los vientres que engendran, porque el mundo divino ha de exteriorizarse a través de nosotros y mientras la última parcela de ese mundo de Jehovah no haya sido exteriorizada, nos tocará llevarlo en nuestro interior y engendrarlo. Pero cuando por fin hayamos parido la totalidad de ese universo; cuando habiéndonos convertido en Zodíaco, hayamos entregado a la sociedad todos los valores de la sinagoga divina, entonces dichosos serán los estériles y los vientres que no engendran y los pechos que no amamantan, porque esto significará que se encuentran ya del otro lado de la vertiente y podrán empezar a dar, ya no lo que han recibido de Dios con la obligación de transmitirlo, sino lo que emana de sus propias naturalezas, convertidas en creadoras.
“Caed montes sobre nosotros, y vosotros, colinas, cubridnos, dirán los hombres en ese trance”, dice Jesús.
Ya vimos que la montaña, cuando aparece en el relato bíblico, se refiere siempre a lo elevado. En la montaña fue donde Jesús pronunció su sermón sobre el Reino; allí fue también donde Moisés habló con la divinidad. En nuestra organización interna, la montaña es Kether y las colinas son Hochmah y Binah que, en el Árbol, se sitúan a un nivel inferior.
Decirle a nuestra montaña que caiga sobre nosotros, equivale a instar a nuestra divinidad interna a que tome posesión de nuestro vehículo material, que nos sumerja en su esencia, que nos entierre en su divinidad. Y pedir a esas colinas que nos cubran, es desear que ellas sean nuestra vestimenta humana, de modo que ese hombre exterior, ese ser profano que tiene política propia y ambiciones propias, desaparezca en los escombros de esa montaña divina y quede para siempre enterrado por su Ego Superior, que lo recubrirá, lo asimilará como la tierra asimila el cadáver y lo recubrirá con ese vestido blanco con el que Hochmah viste los suyos.
“Si esto se le hace al leño verde, ¿qué no se hará con el seco?”, se pregunta Jesús, anunciando así que tanto los que están verdes como los que están a punto seguirán la misma suerte. Día vendrá en que incluso los que no están preparados se verán sepultados en su montaña y sus colinas.
En el próximo capítulo hablaré de: Llegada al Gólgota