Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 4

Poner la otra mejilla por evolución

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«Habéis aprendido que se ha sido dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo de no resistir al malvado. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale la izquierda. Si alguien te pone un pleito y quiere tomar tu túnica, dale también la capa. Si alguien te fuerza a caminar una milla, vete con él dos. Dale al que te pide y no le vuelvas la espalda al que te pide prestado» (Mateo V, 38 a 42).

La ley del Talión, la del ojo por ojo y diente por diente, tenía por objeto que el ser humano pagase sus culpas en la presente vida y que no se fuera al otro mundo cargado con una serie de compromisos que en la próxima encarnación le pesarían como un lastre. Y por otro lado enunciaba una cuestión lógica y era que que si alguien planta patatas, debe recoger patatas y si planta discordia, deberá recoger discordia. Algunas personas lo han tomado como que el creador les daba patente de corso para poder hacer con sus enemigos lo que ellos les habían hecho o incluso más. Pero esa es forzosamente una mala interpretación, debido a que si fomentas violencia contra alguien, estás plantando algo que forzosamente va a volver a ti y por lo tanto resulta absurdo. Lo lógico, desde la perspectiva crística es ejercer el perdón y así rompemos la cadena de violencia.

En el reino del amor, la ley del talión no podía ser aplicada. Era preciso que la persona se volviera mansa para penetrar en ese Reino y que ahogara en ella misma la violencia de los demás de la misma forma que la esponja absorbe el agua.

Por otra parte, como ya hemos visto con anterioridad, lo que nos exigen es lo que nosotros hemos exigido; el mal, la violencia, lo que nos viene encima, es lo que nosotros hemos fomentado; y los aguafiestas, los pelmazos que encontramos en nuestro camino, nos dan la justa réplica por nuestras intromisiones pasadas en dominios ajenos. Si no quebrantamos esas voluntades adversas y dejamos que agoten en nosotros su violencia, nuestra vida se convertirá en un remanso de paz.

«Habéis aprendido que ha sido dicho: Amarás al prójimo y odiarás a tu enemigo, pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian, y rogad por los que os maltratan y os persiguen, a fin de que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos y que hace que salga el Sol para los buenos y para los malos, y que llueva sobre los justos y los injustos. Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿Acaso los publicanos obran de otra manera? Y si saludáis tan solo a vuestros hermanos, ¿qué estáis haciendo de extraordinario? Los paganos, ¿acaso obran de distinta manera?» (Mateo V, 43 a 48).

El amor al enemigo constituye una de las más sublimes enseñanzas de Cristo, y bien es cierto que a menos que ese amor surja de las entrañas, no puede decirse propiamente que la persona sea un adepto del cristianismo. 

En el proceso cósmico de la Creación hemos visto que es la luz‑amor que circula por la columna de la derecha la que permite subsistir a las realidades materiales representadas por la columna de la izquierda. Es decir, es el Abel disuelto en su hermano, el que permite a su enemigo Caín subsistir; es el plato de lentejas de Jacob lo que mantiene en vilo a su hermano‑enemigo Esau. Si los enemigos cósmicos no colaboraran entre sí, integrándose el uno en el otro, la Creación no podría subsistir.

En la realidad sociológica, el enemigo es quien se opone a la realización de nuestros deseos, en lo que contienen de excesivo y desaforado. Si abrimos un supermercado, por ejemplo, en una calle donde ya existe un establecimiento de este género, veremos que para que nuestro negocio pueda florecer, el otro tendrá que periclitar en cierto modo, puesto que nos dirigimos a la misma clientela. Resultará pues que la fuerza de nuestro deseo habrá creado una realidad material, pero parte de esa fuerza estará creando igualmente una enemistad, la del dueño del supermercado ya existente. Este enemigo será pues en realidad una criatura nuestra. Supongamos ahora que realizamos una serie de maniobras para hundirlo y quedarnos con toda su clientela, y que lo conseguimos. El enemigo habrá desaparecido de momento de nuestro horizonte comercial, pero en una próxima secuencia nos lo encontraremos interiorizado en nuestro programa y el enemigo aparecerá bajo un aspecto desconocido porque ignoraremos la relación que anteriormente ha existido.

El enemigo es siempre una creación personal, realizada en un momento dado, de forma consciente o inconsciente y el amor hacia él significa que, conscientemente o no, lo reconocemos como tal. Ese reconocimiento implica el final de toda creación antagónica; significa que procuraremos no volver a lesionar con nuestros deseos de creación los intereses existentes. Quiere decir que en las sucesivas creaciones, delimitaremos un espacio vacío, que no pertenezca a nadie, y en él desarrollaremos nuestra obra, tal y como Dios desarrolló la suya en ese espacio delimitado por el Zodiaco.

El amor al enemigo nos funde con él positivamente, representa el abrazo simbólico de Jacob a su hermano Esau cuando el primero retorna a las tierras de su enemigo‑hermano. La identificación con el que nos maldice, con el que nos odia, con el que nos maltrata y persigue, significa pues el reconocimiento de lo negativo que nuestra naturaleza ha generado y el final de esta producción, el final del mal, entendiendo como mal lo que nos limita, lo que se opone a la libertad, primera de las prerrogativas divinas.

«Sed perfectos como vuestro Padre celeste es perfecto» concluye Jesús en esta primera parte de su sermón, después de haber sentado las bases de esa perfección en las nueve Bienaventuranzas, las cuales constituyen un proceso de liberación, de modo que en cuanto se desencadena la primera, esta arrastra de forma automática a las siguientes. 

Así, si somos pobres en sabiduría, al llenar de amor‑sabiduría nuestros vacíos internos, estos arrojarán la aflicción y sobrevendrá el consuelo, que producirá a su vez la mansedumbre, la cual nos permitirá penetrar en el reino de lo justo. La justicia nos llevará de una forma natural a ser misericordiosos y la misericordia limpiará la costra que cubre la conciencia y nos permitirá ver a Dios. El ver a Dios nos impulsará a rendir testimonio de él, convirtiéndonos en los intrépidos pacificadores de su Reino, y esta participación activa en la obra divina producirá lo que podríamos llamar la rebelión de las sombras, que verán sus poderes desaparecer y ello nos dará la oportunidad de soportarlas y de amar al enemigo. La entrada en el Reino del Padre comienza pues con la humildad respecto a nuestro saber.

En el próximo capítulo hablaremos de: los donativos

Kabaleb
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