Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 14

El bien se esparce

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Partiendo de las tierras en las que curó a la hija de la mujer cananea, vino Jesús cerca del mar de Galilea, y subiendo a una montaña, se sentó allí. Se le acercó una gran multitud, en la que había mancos, cojos, ciegos, mudos y muchos otros, que se echaron a sus pies y los curó. La muchedumbre se maravillaba viendo que hablaban los mudos, los mancos sanaban, los cojos andaban y veían los ciegos. Y glorificaban al Dios de Israel«. (Mateo XV, 29-31. Marcos VII, 31-37).

Vemos en este punto de la enseñanza cómo el bien, cuando se manifiesta a través de una persona, en este caso la mujer cananea, se esparce a una multitud que vive alejada de la esfera física de la persona que ha irradiado ese bien, enderezando a gentes que la persona que exterioriza ese bien no conoce. Cada vez que un alma se acerca a Cristo en solicitud de su gracia, la fuerza crística sube a la montaña, es decir, se sitúa por encima del nivel humano ordinario y desde allí derrama las virtudes del cielo sobre la tierra, beneficiando a los que se le han acercado, aunque estos no la comprendan y glorifiquen al Dios de Israel, o sea al Señor de la ley que Cristo había venido a reemplazar.

Así el alma que se desprende, cual racimo de uva, de la columna del conocimiento para pasar a la de la gracia, arrastra consigo a multitud de otras almas que vivían desequilibradamente, unas faltas de piernas, otras de brazos, estas que no podían ver, estas otras que no podían oír o hablar.

Esto significa que cuando una persona empieza a asentar en ella los cambios que se corresponden con la columna de la derecha, cuando empieza a dejar atrás la esclavitud de las normas, no porque haya dejado de seguirlas, sino porque las ha incorporado a su forma de ser de una manera natural, cuando inicia esos cambios, automáticamente atrae hacia sí a personas que andan en el mismo camino y que están a punto para dar el salto. 

Este punto es importante también porque significa que la soledad que se suele sentir cuando alguien se sumerge en el camino del conocimiento, soledad que viene dada porque abandonamos el sendero que sigue la mayoría para seguir el que proclamaba Cristo, esa soledad desaparece dado que empezamos a atraer gente afín.

Mientras vivimos bajo el imperio de una sola de las columnas que aguantan el templo de nuestra vida, somos un edificio incompleto, nos falta esa otra columna que ha de dar a nuestra existencia estabilidad. Somos entonces esos mancos, cojos, ciegos, mudos y «muchos otros» que seguirán inacabados mientras Cristo, desde su montaña, no los restablezca. Son mancos porque no pueden tocar todavía esa realidad representada por la columna de la derecha que está en ciernes. Son cojos porque se sostienen sobre una sola de las columnas. Son ciegos porque no alcanzan a ver otra realidad que la estructurada por los poderes de la izquierda. Son mudos porque no pueden hablar de algo que todavía no conocen.

Aquí se trata de gentes que, como la mujer cananea, vivían anclados en la columna del conocimiento, es decir, gentes sabias, cultivadas, expertas en ciencias y en esoterismo, pero sin visión en el otro lado, sin poder andar o manipular las cosas en el reino de Cristo.

La fuerza crística, exaltada por la «mujer cananea«, no se limitó a curar a la muchedumbre, sino que Jesús, movido de compasión, quiso repetir el milagro del pan y los peces. Esta vez fueron cuatro mil los que comieron de siete panes multiplicados y algunos pececillos y sobraron siete cestos llenos. Este número siete nos indica que el alimento que dio Jesús en esta ocasión no fue el mismo que la vez anterior. (Mateo XV, 32-39, Marcos VIII, 1-9).

En la primera multiplicación se trataba de unificar las doce formas de ser, se llenaban los doce escenarios en que se desarrolla nuestra actuación humana de modo que la persona fuera capaz de unificar su criterio en los doce escenarios zodiacales en que se desarrolla la vida. Pero la sustancia zodiacal es activada por los siete planetas de nuestro sistema solar, los cuales tienen una personalidad propia. También en ellos nuestra sabiduría debe ejercer sus derechos, de manera que los impulsos que recibimos de los siete planetas no hagan de nosotros siete seres distintos, según sea el señor que mande en aquel momento, sino que podamos en todo momento ser el mismo, utilizando las siete energías y no dejándonos utilizar por ellas. 

Se trata pues que el orden de Saturno no se enfrente al poder de Júpiter o el trabajo de Marte no choque con el disfrute de Venus. Que seamos capaces de sintonizar todas estas personalidades para que todas remen en la misma dirección.

Cuando el ser humano consiga ser el dueño de las energías zodiacales y de las planetarias, entonces es cuando podrá denominarse rey de la creación, siendo el dominador y transmutador de todas las fuerzas que circulan por el universo. Nosotros debemos participar en esa multiplicación, primero como multitud hambrienta, para después tomar el lugar de Jesús y poder alimentar a quienes se nos acercan.

En el próximo capítulo hablaré de: una señal del cielo

Kabaleb
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