“Una muchedumbre de judíos supo que estaba allí y vinieron, no solo por Jesús, sino por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Los príncipes de los sacerdotes habían resuelto matar a Lázaro, pues por él muchos judíos se iban y creían en Jesús”. (Juan XII, 9-11).
Para los sacerdotes del antiguo culto, el peligro ya no venía tan solo de Jesús, sino de sus obras. Ahora Jesús iniciaba la fase exteriorizadora, que empieza en el punto llamado Lamed, y sus obras iban a ser visibles y hablarían por él. Por sus frutos los conoceréis, dijo el Maestro y ahora su obra se encontraba ya en el periodo de los frutos.
Por un lado, la muchedumbre, siempre ávida de fenómenos, iba a ver a Lázaro. Por otro lado, la obra suscitaba rencores y proyectos de exterminio. En nuestra organización interna, la tendencia reinante necesita la adhesión de la «muchedumbre» para subsistir. En efecto, si estudiamos el proceso de la actividad nerviosa y muscular, vemos que al cursar el cerebro una orden, para que esta surta efecto, debe contar con la obediencia de una serie de mandos intermedios, de centuriones, que son quienes la ejecutan en el órgano implicado. Si los centuriones dudan, si sus «hombres» han dejado sus puestos de trabajo para ir a ver a Lázaro, la orden del cerebro no podrá ser cumplida.
La estrategia de Jesús consiste precisamente en alimentar al «pueblo» con la sangre que fluye desde el corazón, su cuartel general, de manera que las partículas que han «visto» sus milagros ya no pueden obedecer las órdenes contrarias que vienen del cerebro. Entonces el monarca en funciones, ese rey Herodes antaño tan poderoso, queda desasistido, sus servidores más próximos se le van y quizá vuelvan para ajusticiarle si no ha huido.
Los psicoanalistas conocen la problemática del ser que duda entre dos órdenes internas contradictorias, pero no la saben interpretar y en lugar de ayudar a sus pacientes a irse a Betania a ver a Lázaro, por lo general los inducen a obedecer a Herodes, o al príncipe de sus sacerdotes que llevan dentro, lo cual viene a ser lo mismo. Los inducen a buscar su seguridad en el orden pasado, en lugar de llevarlos hacia la salvación que supone el porvenir.
“Al día siguiente, la numerosa muchedumbre que había venido a la fiesta, habiendo oído que Jesús llegaba a Jerusalén, tomaron ramos de palmera y salieron a su encuentro gritando: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor y el rey de Israel!”. (Juan XII, 12-13).
Una vez que Lázaro ha resucitado en la casa de Marta y María; cuando el alma humana ha recuperado su poder volitivo y esa voluntad es unitaria y no alimenta a un reino dividido, Jesús está llegando a Jerusalén, a ese centro llamado Malkuth, promoviendo el despliegue de las palmeras, ese árbol del desierto, cuyos frutos constituyen un concentrado de luz solar. La muchedumbre saluda a Jesús como un nuevo rey, sin que anteriormente hayan derrocado al tirano. De ahí que ese agitar ramas de palmera sea peligroso y prematuro, porque el tirano ve así cuán amplia es la sedición en su mundo.
Mateo y Lucas precisan que la entrada en Jerusalén se efectuó por el lado del Monte de los Olivos. Ya hemos visto que el olivo es un árbol que pertenece a la Columna de la Derecha. Puede decirse pues que Jesús penetró en la ciudadela en que un día ha de reinar, por el lado derecho, y así encontró la adhesión de todo el pueblo, puesto que por la derecha circula la espiritualidad.
La palmera solo crece en lugares muy cálidos, siendo una planta solar -crística- por excelencia. Esa penuria de palmeras hizo que en la celebración tradicional, fuera substituida por el laurel, que también es una planta solar.
En la botánica oculta vemos que son muchas las plantas regidas por el Sol. Todas las hierbas purificadoras son plantas crísticas, solares, en las cuales la fuerza redentora se encuentra más o menos interiorizada y pasa a exteriorizarse cuando se la somete a la acción conjunta del fuego y del agua, mediante la ebullición. La palmera se encuentra en el último escalón de ese proceso purificador, como la acacia representa, en el proceso iniciático, el final de las pruebas con la muerte y la resurrección del Maestro.
Cuando en nuestra travesía por el desierto, en nuestra naturaleza desolada aparecen las palmeras, es señal de que hemos alcanzado un punto fértil de nuestro itinerario, en el que el fuego y el agua generarán en nosotros la planta solar. Es decir, tendremos noticias, nos dirán que Jesús llega a Jerusalén, que está cerca de nuestra ciudadela psíquica. Entonces arrancaremos el follaje de las palmeras y nos lanzaremos a la calle con entusiasmo, gritando “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
La historia de la pasión evidenciaría que este entusiasmo es prematuro y que luego la «muchedumbre» modificaría su actitud. Y es que la corriente crística bajaba por el Monte de los Olivos, por el costado derecho, utilizando ese canal que va de Netzah a Malkuth y que burla la vigilancia de Judas-Yesod, en ese canal, los valores de la izquierda están ausentes y los sentidos viven su hora de exaltación espiritual.
Así el Lamed tiene varias vertientes y la penetración de esa fuerza en el mundo material se hace por tres caminos distintos: el que va por el Monte de los Olivos (Netzah), el que desciende por Hod y el que va por Judas (Yesod). Si los numeramos, diremos que esa entrada en Malkuth puede efectuarse por la vía del siete, del ocho o del nueve.
En el próximo capítulo hablaré de: Jesús y el asno