Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 11

El trigo y la cizaña

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Jesús propuso otra parábola a sus seguidores, diciendo: «El Reino de los cielos es semejante a uno que sembró en su campo semilla buena. Pero mientras su gente dormía vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando creció la hierba y dio fruto, entonces apareció la cizaña. Acercándose los criados al amo, le dijeron: Señor, ¿no has sembrado semilla buena en tu campo? ¿De dónde viene pues que haya cizaña? Y él les contestó: Esto es obra de un enemigo. Le contestaron: ¿quieres que vayamos y la arranquemos? No, replicó el Señor, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega, y al tiempo de la siega diré a los segadores: tomad primero la cizaña y atadla en haces para quemarla, y recoged el trigo para encerrarlo en el granero». (Mateo XIII, 24-30).

Ese «uno que sembró en su campo» somos, evidentemente, cada uno de nosotros, y ese «campo» es nuestra propia tierra humana. La buena semilla son nuestras obras de bondad, que son semejantes al reino de los cielos, destinadas a crecer y a multiplicarse, rindiendo ciento por uno. Pero he aquí que nuestra gente duerme, dejando el campo a la merced del enemigo. Es decir, la obra bondadosa no es algo que hagamos en permanencia, sino intermitentemente y cuando la «gente» ocupada en esta obra, es decir, nuestros buenos impulsos internos, duermen, el enemigo siembra la cizaña.

Este enemigo también somos nosotros, es la parte de nuestro yo que trabaja con las sombras. La cizaña es pues nuestra obra tenebrosa, la que está destinada al fuego eterno. Así, en nuestro campo crece conjuntamente la planta del bien y del mal.

Jesús nos dice en esta parábola que no debemos utilizar a las gentes que forjan nuestro bien en la tarea de arrancar la planta del mal, porque la una sostiene la otra y si tratamos de extirparla, es posible que las raíces del mal desarraiguen igualmente a las del bien y perdamos la cosecha. Propone el Maestro que dejemos que bien y mal se desarrollen conjuntamente, de manera que cuando el bien haya florecido y dado fruto, podrá ser almacenado en el granero, mientras que la planta del mal será quemada en haces.

Cuando el sol nos ilumina, transmite su luz, que a la vez genera sombra y es imposible separar la una de la otra, porque forman una especie de pack.

Si transportamos el contenido de esta enseñanza a la vida práctica, diremos que no debemos ocuparnos demasiado, poner mucha atención, en lo indigno que pueda haber en nuestras vidas y que gran parte de nuestra estrategia debe consistir en proteger y salvaguardar lo que en nosotros haya de digno y elevado.

Lo ideal sería que ese enemigo no apareciera y que en nuestro campo solo creciera el trigo, pero si la cizaña ha sido plantada ya, dejemos que se desarrolle hasta que su desarraigo de nuestra vida no ofrezca ningún peligro para la cosecha que esperamos. 

Haciéndolo así, cuando el bien dé sus frutos, el mal se verá extirpado automáticamente. El florecimiento del bien representa pues el final ineluctable del mal, cualquiera que haya sido el esplendor que pueda haber tenido esa planta. El reino de los cielos permanece y la obra del enemigo se ve destruida.

Los novelistas de todos los tiempos han ilustrado de mil maneras la parábola de la cizaña. El bandido generoso, por ejemplo, es una figura que ilustra el desarrollo paralelo del bien y del mal, ya que por un lado roba a los ricos y por otro reparte el producto del robo entre los pobres. El mafioso, fiel a su familia hasta el sacrificio, es otro ejemplo; como el de la mujer de mala vida que educa a su hijo en un colegio en la más estricta virtud. El fabricante de cañones que mantiene económicamente a diversas instituciones benéficas, pertenece también a esta galería.

Muchas veces, en la vida práctica, las raíces del mal sostienen la planta del bien y cuando esto es así, ¿qué ocurriría si el fabricante de cañones tuviera una crisis de conciencia y decidiera de pronto deshacerse de su negocio o si el bandido generoso o el mafioso arrancasen de sus vidas la cizaña? Ocurriría que los orfelinatos y casas de beneficencia se quedarían sin recursos, que los pobres a quienes el bandido ayuda volverían a la miseria y la familia del gánster y de la mujer de mala vida se las tendrían que arreglar como pudieran.

En nuestra actual sociedad, tan inclinada a lo erróneo, es frecuente que sea la cizaña plantada por el enemigo la que sostiene la raíz de la buena semilla. Más aún, es la presencia de la mala hierba en nuestra vida lo que a veces nos impulsa a ejercer una actividad bondadosa, buscando en ella una razón que nos absuelva de la culpabilidad que sentimos. Ocurre entonces que de las raíces del mal brota el bien, del mismo modo que con el estiércol encuentra la tierra una nueva fecundidad.

Vemos, por ejemplo, que en las películas o las series de televisión, el bien aparece en contrapartida del mal y sin el villano, la película no se sostendría.

Hemos hablado muchas veces de la gran catástrofe que representaría para la sociedad que el mundo se pusiera a funcionar de pronto según las leyes divinas. Habría millones de parados, millones de hambrientos, de miserables y, en un apocalíptico atasco, las gentes se verían sin posibilidad de maniobrar, ni hacia el bien ni hacia el mal.

La cizaña debe florecer hasta que el trigo esté maduro. Esto no significa que las raíces del bien se encuentren inevitablemente en el mal y que sin el mal el bien no podría florecer. La planta del bien no necesita la cizaña para desarrollarse, pero cuando esta aparece, el procedimiento a seguir es el expuesto. 

Lo importante es que en este campo humano que es nuestra vida, la buena semilla pueda desarrollarse, porque, con el tiempo, el bien que hayamos hecho matará el mal, por esplendoroso que haya sido su florecimiento. Solo el bien subsistirá en nuestros graneros.

Queda pues claramente expuesto que el reino de los cielos está abierto, no solo a las almas piadosas, sino a todos aquellos a quienes la sociedad se complace en poner la etiqueta de malvados, siempre que en sus campos no florezca únicamente la cizaña, sino también el buen grano.

Cuando los apóstoles le pidieron a Jesús que les explicara esta parábola, el Maestro dijo: «El que siembra la buena semilla es el hijo del hombre, el campo es el mundo. La buena semilla son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo. La siega es la consumación del mundo y los segadores son los ángeles. A la manera pues que se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así será en la consumación del mundo: enviará el hijo del hombre a sus ángeles y recogerán de su reino todos los obradores de iniquidad y los arrojarán en el horno de fuego, donde habrá llanto y crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga«.

Jesús explicó así en términos míticos lo que acabamos de traducir en términos prácticos. El diablo que siembra la cizaña y los ángeles que siegan, son nuestros ángeles y nuestro diablo, son esas entidades que nosotros mantenemos a nuestro servicio y que ejecutan las órdenes que reciben de nuestro cerebro, del corazón y de los instintos. 

Al final de la vida, en la «consumación del mundo«, de nuestro mundo, los ángeles que trabajan en nuestros mecanismos internos, atarán la cizaña en haces y la arrojarán al horno, es decir, a ese recipiente que contiene el fuego eterno. Allí nuestros escándalos y nuestra iniquidad se quemará y todo mal será destruido, mientras que el bien subirá al reino del Padre.

Este proceso se explica en el curso de Los Misterios de la Obra Divina, ya que muestra lo que sucede en el tránsito que llamamos muerte, cuando nos desprendemos del cuerpo físico.

En el próximo capítulo hablaré de: la parábola del grano de mostaza

Kabaleb
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