En efecto, el odio está destinado a ser amor, precisamente por ser el polo negativo de ese amor, que es su único camino, su única meta. A medida que el odio avance, crezca, se haga poderoso, llegará a un punto en que, habiendo recorrido la mitad del eje que lo separa del amor ¡zas!, se producirá un vuelco en el alma y la persona empezará a amar lo que tanto ha odiado. Los poetas y los artistas han intuido desde siempre ese proceso y en los relatos románticos vemos a enamorados que se destrozan, se insultan, se pegan, hasta se disparan con rifles en las películas del Oeste, para finalmente tirar las armas y fundirse en un abrazo.
El odio resulta así ser el anunciador de que aquello que amamos está en peligro; de que una nueva realidad se anuncia en el horizonte y aunque la contemplemos como a un enemigo, avanzará inexorablemente hacia nuestra alma y el mundo que amamos se derrumbará para dar cabida en nosotros a eso que es ahora el objeto de nuestro amor. Por ello en las escuelas herméticas se recomienda al discípulo no odiar los valores negativos que pueda expresar la sociedad, porque lo que está odiando será con toda seguridad lo que un día amará, y el juez que odia el delito y lo persigue con saña, acabará amándolo y convirtiéndose él mismo en delincuente en una vida ulterior.
Hay parejas que después de haberse amado, se odian, y si esto sucede, es que su amor no era realmente amor, no estaban preparadas para asumir la polaridad positiva de esa fuerza llamada amor y vuelven a comenzar su relación por la polaridad negativa.
Suele decirse, en la literatura popular, que la mujer tiene una capacidad de odio superior a la del hombre, y lo cierto es que el odio, siendo el polo negativo del amor, es, por esencia, femenino.
Ya dijimos, al hablar de la creación del mundo en el curso de Los Misterios de la Obra Divina, que los primeros trabajos realizados por la divinidad fueron los femeninos y todo trabajo ha de ser comenzado por la gestación de la nueva realidad, o sea, por el trabajo de la mujer.
Así procedió Lucifer, al seducir a Eva para llevar la humanidad al conocimiento de las leyes, y así tuvo que proceder Jesús. No es extraño pues que las mujeres hayan sido las primeras en comprender las enseñanzas de Cristo, como fueron las primeras en comprender las de Lucifer. Pero, siendo el amor la meta natural del odio, también la mujer será la que mayor capacidad tendrá de transmutar el odio en amor.
Para resumir todo lo expuesto en ese punto de la enseñanza crística, digamos: todo lo que empieza a manifestarse tiene que hacerlo por la polaridad negativa, la femenina. Al aparecer esa manifestación de nuestra conciencia, toma la forma de un odio, de un aborrecimiento, de una contrariedad, porque supone una amenaza contra aquello con lo cual nos identificamos, contra lo que amamos. Ese odio suscita el deseo de destrucción y comienza en nosotros el combate contra lo que consideramos un mal. El combate fortalece al adversario, por cuanto supone un debilitamiento de la fuerza que hasta entonces se encontraba en nosotros estabilizada. O sea, la fuerza estable, la que produce en nosotros el amor, utiliza sus energías para luchar contra lo que aparece en su polaridad negativa, pero al hacerlo, como se ve obligada a emplear fuerzas destructoras, que son, por esencia, negativas, lo que en realidad está haciendo es potenciar a la parte contraria, la negativa, la cual, al tener que defenderse, obtiene del universo las fuerzas necesarias para esa defensa y acaba ganando el combate. Es como en las películas en las que vemos que un grupo pacifista acaba poniendo una bomba para hacerse oír.
De modo que aquello que antes aparecía como un “mal”, se instala en el trono del “bien” y moviliza a su favor nuestro amor.
Estamos utilizando aquí la palabra amor, pero no debemos darle un valor absoluto, sino relativo, ya que cuando el amor alcanza su estado magno, desaparece de nosotros lo antagónico: hemos conquistado la unidad y ya no hay polo negativo por el que penetren otros valores: estamos en la meta. Pero mientras permanezcamos en el camino, amor y odio se combatirán y el odio será la puerta de penetración de las nuevas verdades.
Esto mismo sucede, y ya lo hemos señalado, con los elementos Fuego-Aire. El Fuego representa la suprema verdad; el Aire, la lógica, la idea, la columna de la izquierda, por la que se expresa la cólera divina. Y es a través del canal de la cólera que Dios penetra en el ser humano. Cuando esa penetración ha alcanzado la polaridad positiva, la inteligencia de las cosas se convierte en sabiduría y el odio inherente a esa inteligencia se convierte en amor.
Esa dinámica odio-amor aparece plasmada en los rituales de los templos iniciáticos y cuando el candidato a la iniciación, con los ojos vendados, llama a la puerta del templo, el guardián que abre la puerta le pone la punta de la espada en el pecho desnudo y se dirige a él en un tono hostil. Luego, cuando se le quita por primera vez la venda de los ojos, lo que ve el candidato es como todos los que van a ser sus hermanos, lo apuntan con sus espadas, reunidos en círculo en torno a él. Esta situación ritual expresa el odio, que al término de la ceremonia se convertirá en amor.
Diremos pues que el odio, el aborrecimiento y la persecución inherentes a ese odio, constituyen la antesala del amor y, por consiguiente, el enemigo, el oponente, el rival, el detestado, es aquel al cual un día abriremos de par en par la puerta de nuestro corazón, integrándolo plenamente en nuestra alma.
Todo ello ha de hacernos muy prudentes con nuestros odios, con nuestros aborrecimientos, ya que, como decíamos, si odiamos el delito, acabaremos siendo delincuentes cuando ese odio se convierta en amor; si odiamos el crimen, seremos criminales; si odiamos el vicio, un día lo expresaremos positivamente, si odiamos los desvaríos morales, la fealdad, lo horrible y monstruoso, un día todo esto se cobijará en nuestras almas y le daremos expresión.
Sin embargo, mientras no amemos lo verdadero; mientras nuestros amores, nuestras identificaciones adhieran a valores pasajeros, el odio y el aborrecimiento aparecerán en nuestra vida para echar por la borda el objeto de nuestro amor e instalar el nuevo valor en el trono.
Cristo y sus discípulos, para entrar en el mundo, han de hacerlo por la puerta del odio. El mundo ama lo suyo, sus placeres, sus promociones sociales, sus grandezas materiales, sus fiestas y también ama las cadenas que lo atan sólidamente a su destino, a las consecuencias de sus actos.
Tal como el Maestro lo anunciara, sus discípulos se vieron odiados, perseguidos, aborrecidos y exterminados. Sin embargo, el universo que Cristo proclama no se ve mermado por el odio exterminador, sino al contrario, el mundo va impregnándose de los valores que Cristo reveló y cada día son más numerosos los seres humanos que, como le ocurriera a Pablo en el camino de Damasco, comienzan a amar aquello que iban a combatir.
En el próximo capítulo hablaré de: el poder viene de arriba