Le preguntaron, diciendo “¿Y cuándo sucederá esto y cuál es la señal de que estas cosas estén por suceder?” (Lucas XVII, 20).
Ya dijo Jesús anteriormente que el Reino de Dios no llegaría ostensiblemente. La destrucción del templo es un asunto individual. Es decir, tendría que ser individual, porque si dudamos, si dejamos que la nostalgia nos domine, venerando las «hermosas piedras» y los «exvotos«; si convertimos las hazañas que deben ser un simple trasiego en una tradición respetable, y ante ellas entonamos cánticos y rapsodias, entonces no estaremos realizando el trabajo de desguace del edificio, y la tarea no cumplida se la cederemos a las fuerzas que trabajan en el sector de demoliciones, las cuales procederán indiscriminadamente. Entonces la destrucción habrá dejado de ser asunto individual para ser un acontecimiento colectivo.
Ya dijo Salomón, y lo hemos recordado aquí varias veces, que hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para edificar y un tiempo para desmontar lo edificado. Si dejamos pasar el tiempo de hacer las cosas, las que estaban en la esfera de lo sublime pierden su calidad de verdades y se precipitan en el Mundo de Perdición, donde los luciferianos, que administran la fuerza de repulsión, las destruyen.
Cuando no hacemos lo que deberíamos hacer, la iniciativa nos es arrebatada y pasa a manos del adversario o, más propiamente dicho, del que nosotros identificamos como tal, ya que en realidad es la fuerza que corrige nuestros fallos, nuestros errores o nuestras inhibiciones. Ese adversario agrupa los casos, a fin de actuar con una mayor economía de fuerzas, y la destrucción de nuestro templo, de nuestra seguridad interna, del mundo en el que tan seguros nos encontrábamos, toma el cariz de una catástrofe colectiva.
En el próximo capítulo hablaré de: la destrucción del templo