“Ahora yo vengo a ti para que mi gozo se cumpla en ellos mismos”, dice Jesús. Del mismo modo que Binah instauró el sacrificio al estructurar el mundo, Cristo-Hochmah instauró el gozo, el placer de la Creación, ese placer de poder transformar las cosas a nuestro antojo. Ahora, mientras estamos en la sinagoga de Binah, solo nos llega un simple destello de ese placer cuando creamos un ser: es ese placer sexual que las personas buscan con tanto afán, escribiendo libros y revistas sobre la forma de procurárselo. Pero ese placer, que se va diluyendo en la medida en que se niega la creación, hasta desaparecer, no es más que un pálido reflejo del gozo en el que vivirá el ser humano cuando ese gozo del que habla Jesús en ese punto se cumpla en nosotros mismos.
En la puerta del Phe, ya fuera de la sinagoga, podemos experimentar ese gozo que ha de ser el nuestro permanentemente cuando realicemos ese viaje de Cristo elevándose hacia el Padre y cuando el chorro de su Voluntad dé poder al Amor para manifestar su potencialidad creadora.
Ya hemos hablado del papel importante que ha tenido el placer en el descubrimiento de la verdad. El ser humano experimenta placer y piensa: «he aquí lo verdadero«, y repite una y otra vez los gestos portadores del placer. Pero cuando el placer es el único conductor hacia lo verdadero, lo que la persona encuentra no es la verdad, sino el error que le conducirá a ella por el camino del sufrimiento, que es la contrapartida del gozo.
En efecto, si estudiamos la gestación del gozo a través de la rueda zodiacal, que es la matriz en la que se encuentra grabado el origen de todas las cosas, vemos que el placer aparece inscrito en el signo de Tauro, que es el onceavo. Este signo se manifiesta al final de los cuatro ciclos, de Fuego-Agua-Aire-Tierra, según el orden del zodíaco constituyente, o sea, que los placeres de Tauro proceden de un prolongado trabajo de creación y son el justo premio de un esfuerzo. El placer de Tauro se manifiesta como una plenitud de recursos acumulados. Recursos espirituales, ganados en su tránsito por el ciclo de Fuego. Recursos emotivos, ganados en el ciclo de Agua. Recursos intelectuales, obtenidos en su paso por el Aire, y recursos materiales, conseguidos en su período de constructor en Capricornio. Tenemos pues a la persona rica en poder creador, en sentimientos, en ideas y en riqueza material, teniendo más de lo uno que de lo otro según su constancia en el trabajo en cada uno de los ciclos.
Diremos así que el placer es lo que aparece al final de una gestación, de un trabajo, y que si no ha habido tal trabajo es inútil que esperemos algo del signo de Tauro, porque cuando aparezca, en su ineludible turno, llegará vacío y de este cuerno de la abundancia cósmico no se derramará nada. Esto explica que haya hoy en día en el mundo tantos frígidos, tanta gente incapaz de experimentar el sabor de las cosas, aún disponiendo de medios para procurárselas.
La frigidez puede ser debida a que la persona no ha elaborado la obra cuando debía ser elaborada, no ha llevado a cabo su tarea humana y si lo interpretamos en un sentido meramente sexual, vemos que en la polaridad contraria a Tauro, aparece Escorpio, el signo que rige la función sexual. Si esa función no se ha ejercido de forma auténtica sino solo como un simulacro, como una gimnasia erótica, el resultado, a corto o largo plazo, podría ser la incapacidad de experimentar el placer inherente a la creación.
En el próximo capítulo hablaré de: el placer