En ese periodo que estamos relatando se sitúa el momento más difícil del ministerio de Jesús. Su hora no había llegado aún porque Juan el Bautista seguía realizando su obra precursora. Sus discípulos no entendían la naturaleza de su misión, y menos aún las gentes del pueblo a las cuales se dirigía. Los apóstoles se sentían ligados a él por su personalidad, por su carisma y no por una doctrina que no alcanzaban a comprender. Los judíos adoraban a Jehovah, el Dios de raza que los castigaba en los días malos, pero que los conduciría a la victoria final contra sus enemigos.
Cristo vino a proclamar otro reino, el del Padre, en el cual todos los seres humanos tienen cabida, cualquiera que sea su raza y situación personal. El reino de Jehovah estaba lleno de leyes, reglamentos, prescripciones, exigencias, juramentos y amenazas. En el reino del Padre, por el contrario, todo era bondad y amor. El Dios que él proclamaba no conduciría los carros al combate, ni los ejércitos a la victoria para establecer en el mundo tronos temporales. Su reino no era de este mundo, como él se hartó de repetir y solo podía alcanzarse mediante victorias morales y espirituales y no físicas.
En la antigua religión judía aparecían perfectamente las tres personas divinas fundidas en una sola, y buena prueba de ello es que en el Árbol Cabalístico, que es el eje de la Cábala, figuran Kether, Hochmah y Binah que luego, en la religión cristiana se denominarían Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Pero en la religión hebraica veían a ese Dios triple en uno a través de la perspectiva de Jehovah, la divinidad actuante en Binah. Jehovah (Yod‑He‑Vav‑He) representa la Ley a que está sometido el ser humano, representa las cuatro etapas generadoras de todas las cosas: plantación, interiorización, exteriorización y fruto. Ellos veían a Dios a través de Jehovah, porque Moisés solo les había revelado ese aspecto de la personalidad divina, porque en ese momento era el único aspecto que podían entender.
Cristo, en cambio, venía a revelar el segundo aspecto de la misma divinidad, el de Hochmah, que es el Dios de la gracia y del amor. No había venido al mundo para decir que quienes adoraban a Jehovah estaban equivocados, sino para decir que Jehovah es una parte de la divinidad, del mismo modo que la harina es solo uno de los componentes del pan, y que quien creyese que Dios se refleja totalmente y solamente en Jehovah, estaría equivocado.
Dios se presenta primero en forma de Ley que debe cumplirse apara que en la vida exista un orden, pero cuando esa Ley se asume y la persona se convierte ella misma en Ley, entonces aparece el Dios del amor que la libera de todo ritual y de toda obligación. Significa que después de la rigidez debería venir la flexibilidad, de la misma manera que a un hijo, después de reñirle le abrazamos. Así comprenderá que después de asimilar la lección que le hemos transmitido, el premio es el amor.
Ese Dios del amor es un camino ineludible para ir al otro aspecto de la divinidad, el llamado Kether o Padre. Por ello Cristo dijo siempre que él era el camino que conducía al Padre. Solo cuando los tres aspectos de la divinidad se hayan vivificado en nosotros, seremos seres creadores y podremos decir que somos a la imagen de Dios. Cristo vino pues a vivificar el segundo aspecto para que desde él pudiéramos acceder al primero. Para ser médico, primero tienes que estudiar en una primera etapa hasta llegar a la universidad. Luego tienes que realizar los estudios de la carrera y finalmente, en una tercera fase, podrás ejercer de médico.
La Ley de Binah había sido codificada por los judíos hasta en los más mínimos detalles de su vida ordinaria, hasta el punto que algún historiador moderno ha podido decir que el judío ortodoxo vive su religión desde que se levanta hasta que se acuesta, cuando se lava, cuando come, cuando trabaja, en su vida familiar y de relación.
El Talmud, libro que recoge las prescripciones religiosas de la religión judía, contiene un grueso volumen dedicado enteramente a los gestos que a diario han de realizarse para estar con Dios. Pero todos esos gestos, que normalmente deberían conducir a las personas a ser ellas mismas la Ley y no necesitar reglas, llevaron, al contrario, al pueblo a identificarse con la regla, pero no con su objetivo, de modo que alguien puede pasarse el día haciendo los gestos prescritos y sin embargo no Seren ningún momento un ser abandonado a la voluntad de Dios. Es por eso que numerosos judíos se negaron a aceptar que Cristo fuera el redentor que anunciaban sus escrituras, porque de alguna manera les obligaba a pasar al siguiente nivel y pasar de las reglas al amor.
Es preciso pasar de una religión de gestos, de acciones y movimientos dirigidos, a una religión de ser, de comportarse de una manera determinada, de participar en la naturaleza divina en profundidad. Todo el discurso de Jesucristo se basaba en llevarnos a comprender que había que pasar de hacer a ser.
Próximo capítulo: más allá de los ritos.