«En verdad, en verdad os digo, quien no entra por la puerta en el establo de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y un bandido. Más el que entra por la puerta, pastor es del rebaño. A este el portero le abre y las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre a las ovejas propias, y las conduce fuera al pasto. Y cuando ha hecho salir sus propias ovejas, va delante de ellas y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Más a un extraño no le siguen, sino que huyen de él, porque no conocen la voz de los extraños”. (Juan X, 1-5).
Así empieza el décimo capítulo del Evangelio de Juan, el que nos descubre la penetración de la fuerza crística en el Yod. A continuación, el evangelista añade «Jesús les relató esta parábola, pero ellos no comprendieron de qué les estaba hablando”.
Jesús continuó aún: «En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que hasta ahora han venido, o entrado por otra parte, son ladrones y bandidos, y así las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta, el que entrare a través de mí, será salvado; entrará y saldrá sin tropiezo y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y hacer estrago. Mas yo he venido para que las ovejas tengan vida y la tengan en más abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica la vida por sus ovejas. Pero el mercenario, el que no es el propio pastor, en viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye; el lobo las arrebata y dispersa el rebaño. El mercenario huye, por la razón de que es asalariado y no tiene interés alguno por las ovejas. Conozco a mis ovejas y ellas me conocen, como el Padre me conoce y como yo conozco al Padre, y doy mi vida por mis ovejas. Tengo también otras ovejas que no son de este corral, las cuales debo yo recoger y oirán mi voz, y de todas se hará un solo rebaño y un solo pastor. Por eso el Padre me ama, porque doy mi vida por mis ovejas, bien que para tomarla otra vez. Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y soy dueño de darla y dueño de recobrarla: este es el mandamiento que recibí de mi Padre”. (Juan X, 7-18).
Jesús pronunció estas palabras después de haber abierto los ojos al ciego, o sea al principio de su ministerio en tierras de la razón, en ese mítico Teith que representa la fuente, el manantial de lo razonable. Ahora, en ese capítulo, se nos refiere la penetración de la fuerza del amor en nuestro cuerpo del pensamiento, plantando en él las semillas de ese amor que ha de unificarlo todo.
Esas ovejas a que se refiere la parábola forman parte de nuestro pueblo interno, ese pueblo que ha sido alimentado por distintos pastores, que no eran más que ladrones y bandidos, nos dice Jesús, que entraban por la ventana para robar y degollar.
Así operan, en efecto, los instructores que aparecen antes de Cristo. Previamente a que la fuerza del amor se instale en el cuerpo mental, nuestros pensamientos están a la merced del ladrón y el asesino. Es decir, el instructor apacienta nuestro rebaño, nos habita, para utilizarnos, para beber nuestra sangre y nutrirse con las experiencias que le proporcionamos. Nos apacienta, nos lleva a los pastos, pero es para que estemos cebados y más sabrosos en el momento de conducirnos al matadero.
Esos pastores han entrado en nuestro edificio humano degollando al inocente Abel, y los conocimientos que ellos nos han infundido, nos han costado sangre, sudor y lágrimas. Ellos nos han ayudado, cierto, pero ha sido porque esta era la forma de poder reconquistar su dignidad perdida. Nos han utilizado, manipulado, los hemos estado sirviendo. Mientras ellos sean nuestros pastores, nuestro destino final será el matadero.
Actualmente vivimos con sentimientos y pensamientos destructores administrados por los Luciferianos. En los capítulos precedentes hemos ido perfilando a los habitantes de las tinieblas y siendo bastante comprensivos para con ellos, mejorando la imagen que nos ha dejado la religión exotérica, según la cual el Diablo es el enemigo de Dios y trabaja en vistas a la destrucción de su obra. Hemos visto que esto no es así y que el Diablo es un subproducto del sistema y que colabora en la obra divina a igual título que los ángeles, a cuya generación pertenece, pero en la polaridad negativa.
Habida cuenta de todo lo dicho sobre su actuación, es preciso que sepamos igualmente que los Luciferianos trabajan en nosotros interesadamente, para su propia evolución y que no dudan en sacrificarnos como nosotros no dudamos en sacrificar a las inocentes ovejitas de nuestros corrales, ante las que tanto nos enternecemos cuando aparecen en dibujos a lo Walt Disney, para luego saborear sus costillas, sus «entrecots«, sus piernas, sus testículos y hasta chupar sus huesos. Así se portan con nosotros los Luciferianos y es muy natural, puesto que son ellos los que nos han inspirado el modelo de sociedad en el que estamos viviendo y que, en último análisis, no consiste más que en cebar al corderito para devorarlo.
Toda la organización social, basada en el enfrentamiento, la competitividad, la oposición, la victoria del fuerte, es una organización luciferiana. Todo lo que conduce al fraccionamiento, la división, la multiplicidad, y el trabajo que resulta de una suscitación de los deseos, es de tipo luciferiano y, por consiguiente, conduce a la muerte de la ovejita. Por ello las sociedades comerciales se derrumbarán, las empresas quebrarán, los gobiernos serán derribados, puesto que la fuerza de repulsión actúa en todo lo que esa sociedad edifica. De esa destrucción nace la conciencia que un día ha de permitir al ser humano liberarse del ladrón y del bandido que hoy instituyen las reglas del juego, y reconocer la voz del pastor del rebaño. Pero tendremos la posibilidad de trabajar todo ello en nuestro interior antes de que se exteriorice.
En el próximo capítulo hablaré de: el poder de los luciferianos