Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 49

¿Me amas?

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Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro. Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que a estos? Él le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: apacienta mis corderos. Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le respondió: sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: pastorea mis ovejas. Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?. Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara ¿me amas? Y le dijo: señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Díjole Jesús: apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú te ceñías y andabas donde querías; mas cuando hayas envejecido, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras. Esto dijo significando con qué género de muerte había él de glorificar a Dios. Después añadió: sígueme”. (Juan XXI, 15-19).

Los traductores del Evangelio ven en esta secuencia la rehabilitación de Pedro por parte de Jesús, después de haberlo negado. Pero en estas líneas se dice mucho más. Hay tres etapas a vencer antes de llegar al tiempo de los frutos, y por ello Jesús repite tres veces su pregunta. A la tercera vez vemos a un Pedro entristecido; su respuesta ya no es entusiasta, sino que deja que Jesús mismo juzgue de la verdad de su amor. El juicio de Jesús es severo, porque le dice que envejecerá, entendiendo por ello la entrada en decadencia, puesto que no podrá ceñirse a sí mismo y otro tendrá que hacerlo en su lugar, y esto lo conducirá donde Pedro no quisiera ir. Añade el cronista que el Señor le dijo esto para indicarle con qué muerte había de glorificar a Dios. Es decir, cuando Pedro envejezca y el que le ciñe lo conduzca donde él no quisiera ir, Pedro debe morir antes de prestarse a una tal manipulación.

Vemos así prefigurado el camino que ha de seguir la Iglesia exotérica. En el primero y segundo milenios, Pedro apacentará, primero corderos y después las ovejas, ya más entradas en carnes, más hechas. Pero en el tercer milenio se producirá el envejecimiento de Pedro y Pedro morirá para que no lo manipulen.

No ha sido necesario llegar hasta el tercer milenio de Cristo para que esto se haya producido. Y así hemos visto cómo en los últimos siglos, y más aún en los inicios del siglo XXI, la Iglesia ha sido manipulada y utilizada por los estamentos sociales para propósitos personales. Y es que en cada milenio, del mismo modo que tiene lugar una recapitulación de etapas anteriores, se produce igualmente una anticipación de lo que ha de ser el próximo milenio. 

Entre los años 2000 y 3000 la Iglesia exotérica desaparecerá, morirá, después de haber prestado el servicio para el cual fue creada. Pedro no llegó al final cuando el Maestro estaba en vida y tampoco llegará al final del proceso de establecimiento del Reino. Pero en la primera y segunda etapa, Pedro tiene un papel estelar, y por ello Jesús le dice: Sígueme.

Pedro no representa tan solo el templo externo, sino que es y muy principalmente, como lo hemos señalado ya, el edificador de nuestro templo crístico interno, como Hiram lo fuera del templo de Salomón, inspirado por Jehovah. La espiritualidad debe encontrar en nosotros morada para poder establecerse, ya que de otra forma la corriente entra y sale sin anidar en nosotros. 

Pedro debe ir levantando en nosotros una capilla para cobijar una a una las veintidós fuerzas que acompañan a Cristo en su tránsito por nuestra tierra humana, constituyendo así todo un edificio.

De esta forma, disponiendo de toda la cosecha crística en nuestros graneros, podemos utilizar, según las necesidades operativas, la fuerza crística cuatro, la ocho o la dieciséis, cosa que no sucedería si Pedro no hubiese levantado las moradas en las que acondicionar esas fuerzas. 

Pero esa reserva ha de ser vaciada en el mundo al llegar a la fase Vav. Las distintas calidades de fuerzas han de fundirse en una sola y, siendo unos con Cristo y con el Padre, lo que de ellos recibimos hemos de darlo sin establecer depósitos en nuestro interior. Entonces de nada nos servirá ya el templo de Pedro y hemos de desmontarlo para evitar que sea utilizado para otros fines. En el Reino de Cristo no tienen cabida las edificaciones materiales.

Ya vimos que esto mismo sucedió con el templo antiguo, que fue ocupado por los vendedores y cambistas, que Cristo arrojara a latigazos. Esto mismo ha de suceder -sucede ya- con el Templo cristiano y no tan solo en las relaciones sociales, externas. Internamente también establecemos al comerciante en el lugar sagrado y nos ponemos a vender conocimiento y objetos sagrados.

En el próximo capítulo hablaré de: ¿Y a ti, qué?

Kabaleb
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