Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 16

Cambio de paisaje

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Concretando el punto anterior, diremos en lo referente a nuestros sentimientos, que a lo largo de la vida vamos plantando las semillas, que estas germinan en nuestro interior y luego se derraman al exterior, surgiendo de nosotros como una planta que cambia el paisaje en el que emerge. En el ciclo diario, estos trabajos se desarrollan desde el mediodía hasta la puesta del Sol. En el ciclo anual, se desarrollan en los meses de julio, noviembre y marzo, exactamente, cuando el Sol transita por los signos de Cáncer (plantación de semillas), Escorpio (germinación en el interior) y Piscis (exteriorización de los sentimientos).

Esta función se realiza automáticamente, como cualquier otra función orgánica. Lo que no es automático es la penetración de la fuerza crística en nuestra naturaleza sentimental. 

Esta penetración es un don del Padre, una revelación, con lo cual no debemos entender que se trata de un gesto gratuito de la divinidad, dado caprichosamente a este o aquel, puesto que el atributo del Padre se llama voluntad y el don del Padre equivale al don de la voluntad. O sea, es nuestra voluntad creadora la que ha de producir en nuestros sentimientos la revelación de Cristo.

En el Evangelio de Juan esta revelación nos es descrita en la historia de la Samaritana, cuando el alma humana «encuentra» a Cristo yendo a buscar las aguas del pozo, es decir, yendo a aprovisionarse de sentimientos. 

Si somos esa Samaritana en busca de aguas profundas, si encontramos a Cristo en ese estadio, estará también en nosotros en las etapas siguientes del ciclo sentimental y en el momento de volcar nuestros sentimientos al exterior, Cristo estará con ellos, vivificando nuestras aguas y pudiendo realizar actos de amor.

Si no hemos vivido el episodio de la Samaritana, la fuerza crística puede penetrarnos después, en cualquier momento, limpiando a la manera de Hércules nuestra naturaleza emotiva. Puede hacerlo hasta el «último día» del ciclo sentimental. Por ello Jesús gritaba en ese último día de la fiesta a los que tenían sed, puesto que después de ese «último día«, que es el de la exteriorización de los sentimientos, el día Zain, la fuerza crística se va a trabajar en otros dominios y ya no estará ahí para regenerar nuestra personalidad emotiva.

Las fuerzas cósmicas tienen sus horas de oficina, igual que sucede aquí en la Tierra. No es que por momentos actúen y en otros momentos se crucen de brazos; siempre están actuando, pero en escenarios distintos. Lo mismo nos sucede a nosotros, por la mañana podemos actuar en casa y luego en el trabajo y luego con los amigos, cambiando así nuestros escenarios de actuación.

Tras ese «último día de la fiesta«, Cristo se marchó del Zain para trabajar en el Heith, en otro terreno, y el que no lo aprovechara para beber en él, ya no podría hacerlo hasta que su fuerza redentora volviera a estar en los escenarios sentimentales.

Entre la muchedumbre, algunos lo glorificaron, pero otros no. Entre los convencidos figuraban los alguaciles enviados para prenderle, los cuales retornaron a sus amos diciéndoles: Jamás hombre alguno habló como este”. (Juan VII, 40-49).

Vemos así que, «estando como en secreto«, Cristo entraba secretamente en las fuerzas ejecutivas de los príncipes de la antigua ley. Entraba por la puerta del servicio de sus estructuras, lo cual deja suponer que los príncipes un día también cederán ante la verdad de sus enseñanzas.

Ya hemos visto que la exteriorización de los sentimientos produce a menudo disturbios y crea enemistades, pero cuando los sentimientos contienen esos ríos de agua viva, los enemigos se van por donde han venido, porque han cambiado, ya no son enemigos y dejan de cumplir las órdenes de sus jefes. 

Esa vuelta de los alguaciles con las manos vacías es la señal de que en nuestra vida profana, cuando hayamos bebido las aguas de Cristo, también nuestros enemigos desaparecerán y/o se convertirán en amigos.

En el próximo capítulo hablaré de: Nicodemo

Kabaleb
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