Es preciso que comprendamos ese llanto de Pedro. Pedro ha levantado el templo cristiano, ha edificado en nuestro interior las columnas, los altares, las bóvedas, los pozos donde lo profano es arrojado, nos ha provisto de un campanario y de campanas para que podamos llamar a nuestros semejantes a la obra. Y Pedro ha pensado que estaba edificando para la eternidad, que aquello que levantaba tendría un valor permanente.
Pero he aquí que se le hace evidente que todo su trabajo no es más que una peripecia en el camino. Esa perfecta construcción interna, en la que cada piedra, cada adorno, cada signo tiene un sentido, es válida mientras la persona se encuentra en la sinagoga mundana. En cambio, en cuanto ha aprendido la esplendorosa lección que el templo le aporta, tiene que demoler todo aquello y olvidarlo, diluyendo las experiencias que le haya aportado en su propia esencia. Porque ese templo cristiano no es el Reino de Cristo, sino tan solo el camino que conduce a ese Reino.
Pedro niega conocer al Maestro, niega ser uno de los suyos porque en esa hora el Maestro ya no es el que era. Su circunstancia ha cambiado, está trabajando en los que odian, en los que no han podido seguirlo por la vía del amor y tiene que llevarlos al Reino por el camino del sufrimiento, de la adversidad, del drama. Toda la humanidad ha de penetrar un día en el Reino de Cristo y para ello es preciso que el Maestro vaya a buscar a los que, por su propio pie, no acuden al Templo de Pedro.
A ese Maestro atado y maltratado, Pedro no lo reconoce, no quiere reconocerlo, y cuando el gallo anunciado canta en su vida, llora amargamente, porque se acuerda que este episodio ya estaba previsto, que estaba escrito que ocurriera así, y se retira. Tenía que retirarse y permanecer en su lugar, desempeñando la función que le había sido encomendada, la de guardián de las llaves del templo. Es preciso que queden en el camino las señales que permitan a los peregrinos reconocerlo. Pedro debe aguantar el Templo y no seguir a Cristo más allá del campanario.
Solo Juan acompañó al Maestro hasta su sacrificio final. Juan, Abel triunfante, Abel con los ropajes de Caín, es aquí el representante humano de la columna de la derecha.
Ya vimos que en lo alto de la columna de la izquierda se encontraba otro Juan, el Bautista, el precursor. El Juan-precursor bautiza en agua, es decir, a los que han alcanzado la cima de la columna del conocimiento, les abre las puertas del amor, anunciándoles ese otro mundo que Jesús vino a revelar.
En cambio, Juan Zebedeo bautiza en fuego, es el hombre pleno, unificado, que ha de conducirnos a los pies del trono del Padre. Hay un Juan que conduce de Binah a Hochmah y otro que conduce de Hochmah a Kether. A menudo los dos Juanes se confunden cuando los esoteristas se refieren a ellos. El esoterismo iniciático se quedó anclado en el Juan-precursor y en sus talleres se construye y reconstruye aún hoy en día el templo salomónico, sin que los siglos hayan servido de nada para acelerar esa reconstrucción. La mítica Salomé no ha danzado aún y no se ha despojado de sus siete velos; por ello la cabeza de Juan-precursor sigue sobre sus espaldas y Cristo no puede empezar su enseñanza.
Pero ahora Juan Zebedeo comienza su actuación y Pedro se retira llorando, dejando el espacio libre al discípulo amado. En nuestro mundo hay señales de que Juan Zebedeo se manifiesta con vigor. Jamás se han publicado tantas interpretaciones de su Apocalipsis como hoy y si sus autores no dan en el blanco aún, es porque no han recorrido todos los lazos del camino y no poseen las claves que les permitirán comprender este texto simbólico, ello evidencia sin embargo que Juan Zebedeo se está manifestando.
En el próximo capítulo hablaré de: el consejo contra Jesús