Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 8

Ser salvados

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«Dios no ha enviado su Hijo al mundo para que lo juzgue sino para que el mundo sea salvado por él» sigue diciendo el cronista.

Ya en el Sermón de la Montaña vimos que los jueces y los juicios no iban con las enseñanzas de Cristo. Aquí Jesús manifiesta con distintas palabras la misma verdad. En el mundo organizado según los valores de la columna de la izquierda, la vida debe ser sometida a ciertas reglas sin las cuales las cosas no pueden subsistir y, por consiguiente, cuando esas reglas son quebrantadas, es necesario que una ley obligue a las personas a volver a ellas. 

Pero por la columna de la derecha circulan los poderes del amor divino y cuando se manifiestan, salvanlas situaciones erróneas producidas por la dinámica de la otra columna. Las salvan porque el amor destila una esencia llamada sabiduría, la cual produce, a su vez, la comprensión inmediata del problema. Esa comprensión hace inútil el juicio puesto que el objetivo de este no es el de ejercer una venganza sobre la persona, sino el de permitirle comprender mediante un correctivo. Si esa comprensión se ha producido ya por el procedimiento del amor, el juicio no será necesario.

Se dice a menudo que Cristo vino a salvar a los seres humanos, a borrar sus errores por la vía del amor. Con lo que acabamos de decir, podemos ver cómo actúa esa fuerza salvadora: actúa llevando a las almas la comprensión de sus errores, iluminándolas sobre la razón del error, de forma que en un futuro ya no puedan caer en la misma falsa actuación. Si esa comprensión no puede entrar en el receptáculo material de la persona, porque sus tinieblas refractan esa luz, el perdón crístico no tiene lugar y la persona se ve abocada a vivir las experiencias en propia piel.

Así, en las relaciones con nuestros semejantes, no estaremos actuando con nuestra naturaleza crística, si los impulsamos a juzgarse a sí mismos o si los juzgamos nosotros, porque Cristo no ha venido para juzgar el mundo sino para salvarlo.

No hay que entender que el juicio sobre sí mismo o sobre los demás, que es siempre la proyección de uno mismo, sea algo ya por naturaleza negativo. No. El juicio sobre las cosas y las personas aporta conocimientos pero corresponde a un trabajo humano anterior al advenimiento de Cristo. Cuando Cristo haya penetrado en nuestras naturalezas, ya no sentiremos la necesidad de juzgar a nuestros semejantes, porque veremos tan solo lo que hay de positivo en ellos y dispararemos la fuerza del amor que hay en nosotros sobre esa parte positiva, para que encuentre un terreno fecundo en que desarrollarse y dar fruto.

Cuando proyectamos hacia los demás esa fuerza llamada amor, instituimos en ellos la tierra del amor, les ofrecemos el fecundo He (la fuerza que representa la interiorización) en el que ha de poder desarrollarse la semilla del amor que ellos mismos poseen. Aquellos que no tienen esa semilla no podrán beneficiarse del amor que los demás proyecten sobre ellos, pero no habremos derramado esa fuerza en vano porque si no es absorbida por aquellos a los cuales va destinada, se expandirá por el universo y ya encontrará puertas por las cuales penetrar y constituir la tierra de la promesa, en la que el amor podrá enraizarse y dar frutos.

En el próximo capítulo hablaré de: qué hacer para amar

Kabaleb
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