Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 27

Orar en todo tiempo

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Para mostrarles que es preciso orar en todo tiempo, Jesús les dijo esta parábola: había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había asimismo en aquella ciudad una viuda que vino a él, diciendo: hazme justicia contra mi adversario. Por mucho tiempo no le hizo caso, pero luego se dijo para sí: aunque en verdad yo no tengo temor de Dios ni respeto a los hombres, más porque esta viuda me está cargando, le haré justicia, para que no acabe por molerme. Dijo el Señor: oíd lo que dice este juez inicuo, ¿y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aún cuando los haga esperar? Os digo que hará justicia prontamente. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?»  (Lucas XVIII 1-8).

Ya en la parábola del amigo inoportuno Jesús llama la atención sobre el valor de la insistencia, haciendo ver como mediante la perseverancia se consigue algo que difícilmente se hubiese conseguido de no haber reafirmado una y otra vez las peticiones. En esta parábola aparece una persona que vive al margen de la fe y que ha perdido el respeto de los hombres, o sea que ya no forma parte del mundo unitario en el que las leyes divinas lo orquestan todo. Sin embargo, a pesar de estar viviendo en el mundo de perdición, la insistencia consigue que se comporte como si fuera juez justo.

Esto nos enseña, en primer lugar, una cosa: el comportamiento humano no difiere demasiado de uno a otro y tanto el que cree en Dios como el que no cree, o sea tanto el que se muestra benevolente para con su divinidad interna, como el que no lo es, acaban dando una misma respuesta ante una petición de justicia, aunque las razones que los muevan a actuar sean distintas. Así tendremos que el juez justo actuará justamente porque así se lo exige su conciencia, mientras que el juez inicuo hará justicia para librarse de un peticionario molesto.

En segundo lugar, la parábola nos enseña, si es que al llegar a este punto no lo sabemos ya, que las cosas de abajo funcionan igual que las de arriba, y si la justicia viene de un hombre inicuo, con mayor razón vendrá y más prontamente, de la divinidad.

En todas las parábolas de Jesús encontramos oculta, subyacente, esa enseñanza: lo de arriba es como lo de abajo; es decir, nada sucede aquí abajo que no sea una muestra devaluada, un pálido reflejo, de una dinámica que emana de arriba, e incluso los que viven en el mundo de perdición (o sea que vulneran o ignoran las leyes eternas) y que proclaman su exclusión del mundo divino, incluso ellos obedecen a las reglas universales. Y si en ese mundo de perdición los luciferianos nos dicen las cosas al revés, es para que mejor comprendamos el recto sentido. Si queremos obtener algo de arriba, procedamos pues como lo haríamos si quisiéramos obtenerlo de las autoridades de abajo.

Ahora con la democracia galopante que se extiende por el mundo, hay una tendencia generalizada a facilitar las gestiones y hasta incluso muchas veces son innecesarias: le basta a la persona con querer hacer algo para que pueda hacerlo, sin necesidad de que la autoridad competente le dé permiso; él es su propia autoridad. Vemos de esta forma que los instintos no tienen que pedir permiso para liberarse; salen a la calle en forma de publicaciones o películas pornográficas y circulan como si tal; a veces, su fuerza es tan grande, que el instinto se convierte en ley y las autoridades civiles se ponen a su servicio, protegiendo leyes que atentan contra la propia conciencia de la persona.

Antiguamente, era preciso realizar todo un ritual para obtener un permiso. En primer lugar había que dirigirse a la autoridad en un lenguaje distinto al ordinario, ese propio de las instancias, en las que la autoridad era tratada de Excelentísimo Señor, de Ilustrísimo, de Usía, propiciando su benevolencia diciéndole que era una gracia que esperábamos obtener de su justicia. La redacción de una instancia era algo que debía aprenderse. Después era preciso hacer antesala, pasar por muchos negociados, antes de obtener la decisión de la autoridad competente.

Ese ritual constituía un modelo del proceso seguido con las gestiones respecto a los mundos de arriba a cuyas autoridades debemos dirigirnos igualmente con un lenguaje especial, y aguardar a que las gestiones surtan su efecto después de haber sido aprobadas o desestimadas en los distintos negociados. Ahora es el juez inicuo el que actúa en nosotros, ese juez que, ante la insistencia con que nuestros instintos le piden justicia, la acaba concediendo.

Y llegamos aquí a la consideración de lo que puede significar hacer justicia. La viuda le pedía al juez que le hiciera justicia contra sus adversarios. Uno de los exhortos de Cristo en el Sermón de la Montaña nos impele a buscar el Reino de Dios y su Justicia. ¿Era esa justicia la que solicitaba la viuda? Ciertamente que no, puesto que no son los tribunales externos los que pueden proporcionarla.

Hemos visto en anteriores lecciones que estamos habitados por dos tipos de fuerzas internas, angélicas las unas, diabólicas las otras, que están al servicio de sus necesidades evolutivas. Esas fuerzas son portadoras de unos programas, de modo que nos impulsan a realizar lo que podríamos llamar una asignatura determinada y la justicia consistirá en que ese impulso se realice plenamente en nuestra vida material, o sea, será la plena manifestación del impulso interno.

La Justicia no puede ser una noción objetiva y válida de una vez para siempre para todos, de modo que toda ley promulgada y aplicable a todos y en todas circunstancias es, por esencia, una ley injusta que no refleja los mecanismos del mundo de arriba.

La justicia es un atributo de Binah, el Séfira que preside en las cristalizaciones, en la materialización de las energías espirituales y, por consiguiente, la justicia es el reflejo material de un impulso espiritual.

Si una viuda acude a un juez pidiendo justicia contra su adversario, diremos pues que le está pidiendo ayuda para realizar en el mundo material el programa de la fuerza espiritual activa en ella, en contra de las fuerzas que se oponen a su plena expresión. 

Si en nosotros gobernara una sola fuerza, si estuviéramos adscritos a un solo programa espiritual, entonces no encontraríamos obstáculo alguno para manifestarlo en nuestra vida ordinaria y en ella se plasmaría la justa expresión de esa fuerza. Pero, como ya hemos visto en anteriores capítulos, son muchos los señores que manipulan nuestras teclas y mientras unos nos impulsan hacia una determinada manifestación, otros nos inducen a oponernos a ella, y así no expresamos con nitidez el impulso interno, es decir, no nos hacemos justicia.

Diremos pues que podemos entender por Justicia todo acto que sea el reflejo de nuestros pensamientos y de nuestros sentimientos en un momento determinado de nuestra existencia. Para un bandolero, su justicia consistiría en que la vida le brinde la ocasión de robar. Para un filántropo, su justicia consistirá en tener la oportunidad de ofrecer sus medios para una causa noble. Y la justicia del Reino de Dios consistirá en vivir de forma paradisíaca, manifestando en el exterior el amor y la bondad que han de habitar en el corazón del ser imbuido por la doctrina de Cristo.

Dice Jesús que Dios hará justicia a sus elegidos, aunque los haga esperar. Para que una fuerza interna pueda manifestarse en nuestra vida material, es preciso que pase un tiempo, es preciso que Yod-He-Vav-He transite por ella, y la justicia se expresa, como acabamos de ver, en el estadio segundo He, que es el de la realización material. 

Normalmente se necesita por lo menos un año para la maduración de cada uno de estos cuatro periodos, ya que en ese lapso el propósito interno ha sido inseminado por todos los signos y grados del Zodiaco, conteniendo así todas las emanaciones susceptibles de contener. Pero las almas impacientes, los que han alcanzado la graduación de maestros constructores, pueden acelerar ese proceso, porque en un día, de cuatro minutos en cuatro minutos, también pueden ser activadas todas las fuentes zodiacales. Del mismo modo, quien no se ha «levantado«, el que es impermeable a esa lluvia de impulsos que nos viene del universo, puede pasarse una vida sin llegar a ese reino de la justicia que es el 2.º He.

Solicitar a Dios que se nos haga justicia es la mejor petición que podamos formularle, ya que ello significa pedirle que el proceso espiritual que conduce a la experiencia exterior no se atasque, que superemos el estadio de las intenciones, de las ideas que son muy bonitas, que nos embelesan, pero que no nos mueven. Es preciso que se nos haga justicia porque cuando una fuerza interna determinada ha cumplido su objetivo y ha recibido su «salario«, ya puede marcharse contenta y satisfecha para ceder el paso a otra fuerza que lleve consigo un renovado programa y una nueva expresión de la justicia.

En el próximo capítulo hablaré de: la viuda

Kabaleb
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