Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 29

No eternizarse

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La higuera fue elegida como soporte de esa enseñanza porque es uno de los árboles que nace con mayor espontaneidad, sin que nadie lo plante y lo cultive, dando muy abundantes frutos, situados siempre al alcance del peregrino. Pocas son las personas que viven en contacto con la naturaleza, que no se habrán subido alguna vez a una higuera, en su infancia, para comer en el mismo árbol su delicioso fruto, que es un don de Dios y no de los seres humanos.

Este punto nos enseña pues que no debemos eternizamos en las cosas. La vida es un proceso y no podemos permanecer estancados en ninguna de sus secuencias, ni en aquellas en que nos sentimos espiritualmente exaltados, ni en las que halagan nuestra vanidad, la propia estima, o en las que nos ofrecen un suntuoso confort material.

La situación que vivimos, en su vertiente mental, sentimental y material, debe servir de pasto a nuestra voluntad creadora, que ha de encontrar en tal situación los medios -los frutos- con los que romper la estabilidad que tal situación ofrece y permitir así a la obra humana ponerse en marcha hacia un más allá.

Si esa voluntad creadora, al transitarnos, no encuentra ese alimento, seguirá su camino a lo largo de nuestro universo interno, y se alimentará ahí donde hayamos producido alimento, enalteciendo y glorificando la tendencia interna que se lo ha procurado.

La voluntad creadora es como un agente comercial que representa a la más elevada instancia de la divinidad y que viaja en un tren que no puede ser detenido. Así visita todos nuestros países internos y, a su paso por este camino, come el alimento que se le ofrece y engorda la parte de su naturaleza que se encuentra en simpatía con ese alimento. 

O, dicho de otro modo, potencia y multiplica todo lo que se encuentra en nosotros en fase Vav, pasando de largo sobre aquello que está en fase He, en la de la hojarasca y el follaje. Más adelante, cuando haya recorrido todos nuestros continentes internos, ya volverá a pasar y quizá entonces la sabiduría divina habrá procedido a un nuevo plante y la fuerza crística transportada por nuestra voluntad encuentre el alimento.

Ya Jesús había advertido en otras ocasiones que el señor de la casa llega cuando menos se espera y ha de encontrar a los servidores ceñidos y prestos para atenderlo. Dijimos, al comentar esa secuencia, que en la observación de los astros vemos la señal de esa aproximación del señor, del mismo modo que los Reyes Magos vieron en el cielo la señal del nacimiento del salvador del mundo.

Jesús vuelve a repetir en esa ocasión que la fe mueve montañas y ya hemos dicho en un capítulo anterior qué es lo que debemos entender con ello. No son las montañas físicas, las que existen en la Tierra, las que se mueven bajo el impulso de la fe, sino las montañas internas. «De todo haces una montaña«, suele decirse, en lenguaje coloquial, a los atribulados que se preocupan por todo y por nada. Son esas montañas las que se precipitan al mar, las que se disuelven en las aguas salinas de nuestra naturaleza emotiva.

La fe es una corriente que, emanando del Padre, se derrama por el lado de la sabiduría (Hochmah) y va transformando a su paso todas las cosas, si encuentra el alimento necesario para subsistir bajo una forma determinada. 

La fe, en su permanente tránsito por nuestra naturaleza interna, modifica el paisaje y convierte las montañas en mar abierto.

Por otra parte, hemos visto que el término “montaña” puede ser interpretado en el sentido de una elevación. Lo sublime que hay en nosotros se encuentra en la montaña. En tal caso, arrojar la montaña al mar ha de significar derramar nuestra sublimidad en el mundo de los sentimientos para impregnarlos de espiritualidad. Por último, Jesús repite que se puede recibir, por vía de la oración, cuanto con fe se pide.

Acabamos de comparar esa corriente que da vida y aliento a todas las cosas, con un viajante de comercio que recorre sin cesar el mundo, nuestro mundo interno. Imaginemos que, montado en ese tren, recibe un pedido urgente o importante, procedente de una lejana región. ¿Qué hará? Disponiendo de medios, fletará un avión y se irá ahí donde sus negocios lo reclamen. Luego, satisfecha la demanda, volverá a su ruta habitual.

Podemos decir igualmente que la oración desvía la fe de su ruta y la obliga a acudir al punto objeto de la solicitud. Cuando la fuerza del pensamiento humano se une a la de los sentimientos en sus peticiones, esclavizan, por así decirlo, a la fuerza cósmica, que se ve obligada a acudir. Es lo mismo que sucede con los servicios públicos, que acuden a la llamada del cliente cuando se producen averías en la electricidad, el agua o el teléfono y con más prontitud aún cuando hay un incendio.

En el próximo capítulo hablaré de: ¿con qué poder?

Kabaleb
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