Continuamos con el apasionante relato de los evangelios, alternando lo que contaron los evangelistas sobre sus vivencias físicas, emocionales y mentales.
Sigue relatándonos Lucas (en su capítulo II, 8‑20) que un ángel se apareció a los pastores para anunciarles el nacimiento del Salvador del mundo y que todos ellos emprendieron el camino hacia Belén. Tenemos que entender que la aparición de ese ángel significa la llegada de una señal. Es probable que a ti no se te aparezca un ángel y que sea una señal que se presenta en tu camino, una carta que encuentras en el suelo, una moneda, un cartel publicitarios, la llamada de una amiga, algo que llame lo suficientemente tu atención para darte cuenta que algo nuevo está naciendo en ti.
Esos pastores representan las tendencias humildes del alma humana, las que están creciendo y aún no han alcanzado los niveles del poder anímico. Es decir, dentro de nosotros hay un rey coronado que es el que mueve los resortes de nuestra voluntad. Este rey, que representa la tendencia dominante en un momento dado, pierde a lo largo de nuestra vida el poder en provecho de otras tendencias que lo derrocan y se ciñen la corona. Así uno de esos reyes dice: me gustan los cubatas y el rock and Roll y luego se ciñe la corona otro que dice: ahora me gusta el té cósmico y la música new age. Para dar un ejemplo simple.
Podemos decir pues que son muchos los soberanos que rigen en nuestra existencia, según sea nuestra forma de ser y de actuar y al mismo tiempo apuntaremos también que constantemente nacen en nosotros tendencias, algunas de las cuales quizá lleguen a gobernar, pero otras serán para siempre tendencias humildes, sin voz ni voto, dispuestas a apoyar la tendencia reinante, sea la que sea. Notemos que esta organización es la misma que tenemos en el exterior y así cambian los gobiernos, que son las tendencias reinantes en el momento. Esas tendencias constituyen nuestro pueblo interno, los pastores que guardan los rebaños de nuestros instintos, de nuestros impulsos. La historia santa nos dice aquí que los guardianes de los instintos decidieron acatar al que debía convertirse un día en rey de su mundo y que marcharon a Belén para adorarlo.
O sea, si traducimos esto en lenguaje simbólico, las pequeñas tendencias serían esos actos cotidianos que deben empezar a seguir a esa nueva tendencia que está naciendo en nosotros y que un día debe reinar.
Significa que para que la parte crística nazca y reine en nuestra vida un día, es preciso ir realizando diminutos actos, que, sin ser demasiado visibles, como los pastores, influirán en un cambio de nuestra personalidad. Por ejemplo, meditar diez minutos al día a la salida del sol o poner un poco de música que nos eleve o, por qué no, escuchar esta interpretación de los evangelios…
Más tarde, en su desarrollo histórico, veríamos como el cristianismo empezaría siendo una religión de esclavos, y veríamos como esos pastorcillos míticos se convertirían en seres reales y, desafiando el poder de las cabezas coronadas, defenderían su fe hasta el supremo sacrificio. Luego, en el correr del tiempo, esos pastorcillos irían adquiriendo galones y acabarían por convertirse en reyes y el cristianismo pasaría a ser una religión de Estado. Todas las religiones han de conocer igual desarrollo y si no hay pastorcillos para sostener el impulso naciente, ese impulso no tendrá posibilidad de prosperar.
La tradición ha escenificado esa marcha de los pastorcillos en los nacimientos que cada año por Navidad se montan en algunos hogares, y en ellos vemos esas figuritas avanzar cada día, cargadas con sus modestos presentes que simbolizan la parte que ellos mueven en nuestra organización psíquica, hacia la gruta en que va a nacer el Salvador. Vemos pues la importancia que puede tener escenificar la Navidad a través del belén, ya que es la imagen de una representación interior.
Si los «pastorcillos«, los «hombres de buena voluntad» fueron fáciles de convencer, no resultó lo mismo con Herodes que representa, en el relato mítico, el señor que reina en nuestro mundo interno cuando el nacimiento espiritual se produce. Herodes representa el mundo convencional, el mundo material, los poderes nacidos de la vida social, con todos sus valores materiales y el bienestar ficticio que significan. Representa también nuestro apego a las cosas que tenemos en nuestro día a día, a los placeres, a la comida, a una forma de vida determinada.
La tendencia naciente supone una amenaza mortal para el reino de Herodes, ya que cuando esa tendencia se consolide y adquiera poder, inevitablemente Herodes dejará de reinar, es decir ya no nos interesará nada de lo que constituye la felicidad del hombre profano. Entonces tenderemos a dejar de lado el alcohol, el tabaco, el exceso de comida y todos esos “placeres” que nos atan a una cierta forma de vida, que cada vez nos interesará menos. Entendámonos bien, por ejemplo no es que debas dejar de comer, sino de estar apegado a la comida, que es distinto.
Sabiéndose amenazado por la tendencia naciente, Herodes toma medidas para destruirla que descubriremos más adelante.
En nuestra vida las distintas tendencias están a veces representadas por los distintos personajes que pululan a nuestro alrededor y así cuando le dices a tu pareja o a una amiga que has descubierto una página web en la que se habla de espiritualidad, tratan de disuadirte diciéndote que se trata de una secta o que son tonterías. En este caso ellos están trabajando por cuenta de Herodes, que ve su reino amenazado por tus nuevos intereses. Por eso veremos, más adelante como Jesús debe esconderse hasta tener la fuerza suficiente para poder mostrarse.