Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 11

Las leyes son para el hombre y no al revés

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”En esta ocasión, caminando el Señor junto a unos sembrados un día de sábado, sus discípulos se adelantaron y empezaron a coger espigas y a comer el grano. Sobre lo cual le decían los fariseos: ¿cómo es que tus discípulos hacen lo que no es lícito en sábado?» Y Él les respondió: «¿no habéis vosotros jamás leído lo que hizo David, en la necesidad en que se vio, cuando se halló acosado por el hambre, así él como los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la casa de Dios en tiempo de Abiathar príncipe de los sacerdotes, y comió los panes de la proposición, que no era lícito comer, sino a los sacerdotes, y dio de ellos a los que le acompañaban? El sábado se hizo para el bien del hombre y no el hombre para el sábado. En fin, el hijo del hombre aún del sábado es dueño». (Marcos II, 23-28. Mateo XII, 1-8).

Jesús explicó en esa ocasión cómo el ser humano es la medida de todas las cosas y como toda la organización cósmica se subordina a él y no el hombre a la organización, terminando con aquellas memorables palabras. «El sábado, para el hombre ha sido hecho y no el hombre para el sábado«.

Quedaba así expresada en muy pocas palabras, la doctrina de la libertad, que tan erróneamente manifestaría después el cristianismo en su despliegue histórico. Así, todavía hoy seguimos enganchados a las leyes, al pie de la letra, sin darnos cuenta que han sido promulgadas para que tomemos consciencia de lo que representan y aprendamos a asimilarlas, a ser ley en nuestro comportamiento. En cambio, nosotros nos atamos a ellas y las repetimos como loros de feria.

Un ejemplo es el del semáforo. Ha sido concebido para regular el tráfico y conseguir que peatones y coches se cedan el paso alternativamente. Se supone que una vez aprendida la lección, deberíamos ser capaces de atravesar sin la ayuda del semáforo, sobre todo cuando vemos que estamos solos…

En los tiempos de Jesús, el sábado había caído como una mortaja sobre el ser humano, sometiéndolo a sus mil y una reglas. En el Talmud, libro que recoge la ley judía, esas reglas figuran escritas en un grueso volumen, y el respeto de esas reglas neutralizaba totalmente al ser humano, sin aportarle no obstante la comprensión que cabría esperar de tan monumental ordenamiento. La divinidad se había convertido en una máquina que aplastaba a la persona, lo inhibía de la tarea creadora para reducirlo al papel de un subordinado que recibe órdenes sin que se le permita participar en los centros de decisión.

En esta y en otras ocasiones Jesús invertiría los términos de la relación hombre-Dios, dejando claramente establecido que el ser humano no ha sido concebido para mantenerlo al servicio de la divinidad, sino, al contrario, la divinidad es la que está a nuestro servicio. Así nos encontramos, a menudo, siguiendo lo que pensamos que es la ley y haciendo caso a los que se supone que saben mucho, como, por ejemplo, los científicos o incluso los medios de comunicación. Hemos olvidado que la capacidad de pensar, de razonar, sigue viva en nuestro interior, aunque solo usemos un diez por ciento de ella. 

Mientras estoy repasando estas líneas, aparece una noticia en el periódico más vendido de España que reza: En EEUU están estudiando la posibilidad de obligar a que en las cajas de los productos homeopáticos se imprima la leyenda “la homeopatía no cura”. Al mismo tiempo, leo en otro medio:  el Dr. John Cairns, de la Escuela de Salud Pública de Harvard, publicó un artículo sobre la guerra contra el cáncer, en el que mostró que la quimioterapia salvaba las vidas de solamente entre el 2% y el 4% de las pacientes. Según él, a pesar de la inmensa inversión en investigación, este tratamiento no era capaz de vencer a ninguno de los cánceres más comunes. ¿No deberíamos entonces inscribir la misma leyenda en los medicamentos alopáticos?

Desde el punto de vista crístico, ninguna de las dos es cierta, porque la persona no se cura según el tratamiento que siga, sino en función de que esa cura resulte útil a su alma. Si es la divinidad, tal como decía Jesús, la que está al servicio del ser humano, somos capaces de sanarnos con su ayuda, a base de tomar consciencia y cambiar lo que no funciona.

Esa idea revolucionaría que Jesús vino a pregonar, no ha sido aún comprendida. Por lo que sabemos de la organización cósmica, vemos que la tarea creadora de la divinidad consistía en llevar la vida a un espacio virgen, que era una especie de desierto cósmico jamás explorado. Para efectuar esa exploración nos formó, ya que nosotros, humanidad actual, somos «carne de su carne«, esto es, pequeñas partículas divinas que un día heredarían ese espacio colonizado con el sudor de nuestra frente.

En el periodo de formación, era preciso que tomáramos conciencia de los poderes creadores de que éramos portadores y que aprendiéramos las reglas del funcionamiento cósmico. Durante ese periodo, debíamos someternos a Dios, el Padre que nos creó. Pero este periodo de sometimiento no puede ser eterno. Una vez descubiertas las reglas, descubierto el potencial, toda la organización cósmica quedaba a nuestra disposición para que pudiéramos instalar en el nuevo universo la vida ya existente en el antiguo, es decir, en el mundo de Dios. No calcándola detalle a detalle, sino mejorando esa vida divina de acuerdo con los poderes creadores que hemos recibido del mismo Dios.

En nuestra vida diaria sucede lo mismo, nacemos y nos sometemos a la dirección de unos padres que lo deciden todo por nosotros, nos marcan las reglas a seguir, nos enseñan el camino. Un día llegamos a la mayoría de edad y es el momento de tomar las riendas de nuestra vida y aplicar lo que hemos aprendido en el desarrollo de nuestras propias labores. Nos toca entonces ser dioses creadores en potencia y hacer lo posible por superar a nuestros padres, por ir más allá.

Por ello el sábado, el día sagrado de los judíos, era utilizado por Jesús para curar, para hacer el bien, para comer las espigas del trigo, que es una imagen simbólica, ya que no cabe suponer que sus discípulos pasaran tanta hambre que se comieran literalmente las espigas saliendo de los campos. El campo de trigo es una imagen familiar del signo de Virgo que, como saben los estudiantes de astrología, es el que rige los servicios que prestamos a nuestro prójimo. Lo que estaban haciendo sus discípulos era prestar servicio a los demás, y era eso lo que los fariseos veían con malos ojos. 

Al decirles Jesús que el sábado estaba hecho para el hombre, les apuntaba implícitamente que las fuerzas divinas, su organización, está ahí para que el ser humano la utilice, del mismo modo que la organización de un padre de familia se encuentra al servicio de sus hijos. Terminada la fase de sometimiento a la divinidad, ha de sucederle la fase de utilización del poder divino por el ser humano. 

Toda la doctrina social de Jesús giraría en torno a esta cuestión: el grande ha de servir al pequeño; el poderoso al débil. Y ese pequeño, ese débil, ha de liberarse un día de la dependencia del grande y convertirse en un ser plenamente libre, capaz de canalizar la fuerza recibida de sus mayores para elaborar su creación.

En el momento de repasar estas líneas, algunos pueblos solicitan la independencia a la nación que les cobija. Lo curioso es constatar que la mayor parte de los que la requieren son jóvenes que están viviendo con sus padres después de haber superado la mayoría de edad. Si lo miramos desde la vertiente simbólica, significa que esos jóvenes pujan por independizarse, pero en lugar de hacerlo ellos mismos, de tomar las riendas de su vida y salir así del cubículo familiar, pretenden que sea una fuerza externa la que materialice esa necesidad. Si ellos dieran el paso y se independizaran, ya no tendrían la necesidad de que su pueblo lo haga.

Lo mismo sucede a todos los niveles y no solo entre los jóvenes. Debemos independizarnos de las leyes a base de asimilarlas, de comprender su significado profundo.

En el próximo capítulo hablaré de: Poner en peligro nuestro Herodes

Kabaleb
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