«Vosotros sois la sal de la tierra, una sal que lleva el gusto de la salvación, pero si esa sal pierde su sabor, ¿con qué se le devolverá? Ya no sirve más que para ser tirada y pisoteada por los hombres«, prosigue Cristo en su sermón.
En los tiempos de Jesús, la sal era un elemento valioso, que se utilizaba incluso como moneda de cambio. La palabra salario deriva etimológicamente de sal. Los alquimistas utilizaban ese elemento en sus transmutaciones, y la sal aparece en las ceremonias iniciáticas, junto con el azufre y el mercurio.
La sal es un elemento saturnino, producido por Binah y administrado por Yesod en el Mundo Cabalístico de Formación. Diciendo a sus discípulos que eran la sal de la tierra, les decía al mismo tiempo que eran criaturas de Binah, el Séfira cuya regencia Él viniera a derrocar. Pero también diría después que no había venido a derogar la Ley, sino a cumplirla. Debemos entender pues que para ser discípulos de Cristo, es preciso que seamos previamente lo que Binah es, que poseamos las cualidades que Jehovah estableció a través de Moisés.
Debemos ser esa sal que revela el sabor de los alimentos, que permite distinguirlos unos de otros, reconocerlos, identificarlos. La sal física actúa así en los alimentos físicos, pero la sal espiritual sirve para identificar y conocer los alimentos espirituales, es decir, para saber la filiación de las distintas fuerzas que mueven los mecanismos de nuestra personalidad.
Si esa sal pierde su gusto, ya no servirá para discernir lo verdadero de lo falso y se producirá en nosotros una extrema confusión. Cristo invitaba así a sus discípulos a poseer el conocimiento antes de entrar en el Reino de la Gracia y, con ese conocimiento, revelar a los demás el sabor de los manjares divinos, como lo hace la sal con los alimentos físicos. Ser la sal que revela el valor de cada cosa ha de ser una de las aspiraciones del discípulo.
Significa, por otro lado, que debemos conocer las leyes que imperan en el universo antes de pasar a la otra columna en la que esas leyes quedarán superadas. Es preciso asimilar las normas y llevar nuestra vida de acuerdo con ellas, empezando por la del Yod-He-Vav-He, que nos lleva a plantar, interiorizar, exteriorizar y dar fruto.
Jesús les dice, así mismo, que deben ser la sal que lleva ese gusto de la salvación. Sabemos que para mantener un alimento y que no se pudra, para que se salve, lo sumergimos en sal. Por lo tanto Jesús les estaba diciendo que ellos tenían que llevar en sí la capacidad de salvar a la gente.
En el próximo capítulo hablaremos de: la clave está en compartir