«Vosotros que habéis recibido gratuitamente, dad gratuitamente. No toméis ni oro, ni plata, ni moneda alguna en los cinturones; ni saco para el viaje, ni dos túnicas, ni zapatos, ni bastón; ya que el obrero merece su alimento», sigue diciendo Jesús a sus discípulos. (Mateo X, 9 y 10).
Lo que viene del cielo es gratuito. Ningún ángel o arcángel viene a cobrarnos por la luz del Sol, por el aire que respiramos o por el agua de la lluvia que nutre nuestras cosechas. La enseñanza de la ciencia del Amor, ya que viene del cielo, también debe ser gratuita, tal y como Jesús lo especifica a sus apóstoles.
Cuando se pide dinero a cambio de un saber pretendidamente espiritual, es que ese saber no es celeste, sino terrestre y, por tanto, puede instruir, pero no elevar. Todos los pretextos que puedan argüir los que venden ese saber, son únicamente eso, pretextos. Eso no quita valor a sus trabajos, pero son solo un paso en el camino.
Ciertas “escuelas” dicen que necesitan cuotas de sus estudiantes para subsistir como organización. Tal infundio se encuentra en oposición con esta parte de la enseñanza crística, en la que Jesús dice de forma clara a sus discípulos que no necesitan alforjas para el viaje porque el obrero merece su alimento y se sobre entiende que ese alimento será facilitado por aquellos a quienes las enseñanzas van destinadas, sin necesidad de que se les ponga un precio, porque ello forma parte de un mecanismo natural. Aunque también es natural seguir un proceso paulatino, sin forzar las cosas, hasta que uno no esté preparado para asumirlas.
Dado que vivimos en un mundo que en gran medida funciona al revés de las leyes cósmicas, debemos procurar dar pasos todos los días para acercarnos a la realidad crística y acabar haciendo las cosas según las leyes de arriba.
En el próximo capítulo hablaré de: quedarse donde te quieren