“Aunque había hecho tan grandes milagros en medio de ellos, no creían en él, para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dice: Él ha cegado sus ojos y endurecido su corazón, no sea que con sus ojos vean, con su corazón entiendan y se conviertan y los sane. Esto dijo Isaías porque vio su gloria y habló de él. Sin embargo, aún muchos de los jefes creyeron en él, pero por causa de los fariseos no lo confesaban, temiendo ser excluidos de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios”. (Juan XII, 37-43).
La plantación de Hochmah en Binah no es una operación fácil. En la mitología, vemos como Saturno devora a sus hijos recién nacidos, para que no lo derroquen; vemos como los padres de Edipo abandonan a su hijo recién nacido, lo exponen al Sol para que muera. Y en el relato evangélico, vemos en qué difíciles circunstancias nació Jesús y como fue perseguido por Herodes.
Cuando esa semilla de Hochmah ha superado las primeras pruebas y se presenta en el mundo material para arraigar en él y florecer en nuestro comportamiento, a pesar de los grandes milagros que han realizado en nuestros sentimientos y pensamientos, le negamos audiencia y el corazón y los ojos se cierran porque tememos vernos excluidos de esa «sinagoga» a la cual pertenecemos, de ese grupo humano al que estamos integrados y con el que celebramos con vino y risas las fútiles anécdotas del calendario. Amamos la gloria de los hombres y por ello, aunque creamos por dentro en el maravilloso mundo de Hochmah, nos comportamos según los módulos de la sociedad a la que pertenecemos.
Ya sabemos que el Lamed es una fuerza de transición por la que Hochmah debe transitar en su camino hacia el mundo material. Los jefes ya creen en ese nuevo universo, es decir, las fuerzas que mandan en nuestros resortes internos, pero aman aún el mundo convencional y se comportan hipócritamente, creyendo de una forma y actuando de otra.
“Jesús, clamando, dijo: el que cree en mí, no cree en mí sino en el que me ha enviado, y el que me ve, ve al que me ha enviado. Yo he venido como luz al mundo, para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Y si alguno escucha mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque no he venido a juzgar el mundo, sino a salvar el mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene ya quien lo juzgue; la palabra que yo he hablado, esa le juzgará en el último día, porque yo no he hablado de mí mismo. El Padre, que es quien me ha enviado, es quien me mandó lo que he de decir y hablar, y yo sé que su precepto es la vida eterna. Así pues, las cosas que yo hablo, las hablo según el Padre me ha dicho”. (Juan XII, 44-50).
En las puertas del mundo material, Jesús clama una vez más su identidad. Ya no dice las cosas en la montaña o a orillas del mar de los sentimientos, sino que las clama para que la tierra dura las reciba. Proclama la unidad de los dos mundos activos en nuestra alma, el de Hochmah y el de Kether. El que escucha su palabra entrará en el universo del Hijo y del Padre a la vez, sin tener que hacer frente a nuevos antagonismos, como sucede en el mundo de Binah, aparentemente hostil al de Hochmah. La voluntad de Kether se expresa, toma un rostro, en Hochmah, de modo que aquello que Hochmah clama, procede de arriba.
En Hochmah-Kether no hay juicios. La conciencia que accede a ese universo ha quedado limpia y vivirá ya para siempre dentro de un mundo unitario, en el que se habla una sola lengua y en el que desaparece la noción de blanco y negro, de bueno y malo, de polo positivo y negativo, en definitiva, la dualidad.
El que no escucha la voz de Hochmah será juzgado por el hecho mismo de no escuchar, porque permanecerá en el mundo antiguo, en el de Binah, donde sí hay juicios, exámenes, reválidas, recapitulaciones, vueltas a empezar a partir de cero. Ese mundo desaparecerá un día u otro y la vida se retirará a la esfera etérica de modo que habrá un último día de Binah y los que en ese último día residan en la esfera, los que no han integrado a su conciencia la vida de Hochmah, serán juzgados y, según sean sus merecimientos, pasarán a la eternidad o no pasarán.
Es decir, un día todos viviremos según la dinámica de Hochmah, en ese llamado Quinto Día de la Creación, pero las personas que no hayan accedido a ese universo por su propio pie, los que tengan que ser izados con grúa, llevados allí mediante juicio o en calidad de rechazados, serán ciudadanos de segunda, formando parte de los rezagados, que ya existen en la esfera de Binah, puesto que nuestros monos, como sabemos, forman parte de la oleada de vida humana, aunque son rezagados.
Cuando todos estemos en Hochmah, no todos podrán utilizar las potencialidades de ese reino. Muchos figurarán allí como los monos figuran en la Tierra. Cristo apareció en Binah para que esto no sucediera. Por ello es importante escuchar su palabra.
En el próximo capítulo hablaré de: El misterio del Daath