Interpretación esotérica de los Evangelios

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Capítulo 18

Los signos de Agua

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Tras esos dos encuentros previos, la relación pasa en la fase constituyente, bajo los auspicios de Cáncer. Es la hora del sacrificio, sin el cual nada sólido puede existir, porque esa es la ley de Binah, creadora de nuestro universo material, llamada madre eterna del mundo. Uno de esos amigos de infancia y luego compañeros de viaje, siente la necesidad de sacrificarse para que la unión de almas pueda realizarse en un mismo espacio, y ofrece su cuerpo como terreno material de operaciones, convirtiéndose en la madre. Entonces esos que nos dieron su tarjeta de visita en un compartimento de tren, o que encontramos visitando monumentos en una ciudad lejana, acuden a la cita de la maternidad y se convierten en hijos.

La relación madre-hijos es pues la primera relación formal entre dos personas; la primera relación consciente, en la que dos personas se dan cuenta, deberían darse cuenta, de que trabajan en la misma dirección. El sacrificio de la madre, al prestar su cuerpo a un alma para que pueda fabricarse en él un organismo material, infundirá al hijo la idea de que, para que algo pueda nacer, es necesario que algo sea sacrificado. 

Estamos hablando aquí de la formación de relaciones y es evidente que en el despliegue evolutivo se forman lazos kármicos y entonces la madre ya no interpreta ese papel que estamos explicando, sino que se ve obligada a dar vida quizá por haber sido causante de una muerte o por otros lazo kármicos.

Así pues, la madre será quien realice funciones de zodiaco en la constitución de la célula familiar y diremos que: del mismo modo que las fuerzas zodiacales permitieron al Dios de nuestro sistema solar formar su universo, así la madre permite al Ego Superior encarnante constituir, con sus fuerzas internas, el pequeño universo que ha de servirle de vehículo para la adquisición de experiencias.

El paso siguiente, en la vida de relación, será el del amor propio, bajos los auspicios de Escorpio. El sacrificio materno traerá sus frutos y la persona se convertirá en una especie de imán que atrae hacia sí el amor de las personas que lo rodean, y hasta ella misma se convierte en la enamorada de su personalidad. 

Es un periodo de plenitud sin igual, en el que el alma humana encarnada es querida, halagada, festejada, endiosada por el amor del prójimo. Vivirá a fondo la experiencia del amor y, sintiéndose amado, tomará conciencia de lo que vale, de lo que representa en el mundo, y aprenderá a respetarse, a quererse, constituyendo así la base que le permitirá amar a los demás, no tan solo a los de su manada, sino a todos los seres humanos.

Ya hemos dicho muchas veces que lo que sucede en el exterior, tiene que haber sucedido antes en nuestra naturaleza interna. Para poder amar a nuestro prójimo, es preciso que nos hayamos amado antes a nosotros mismos, y es en esta etapa en la que echaremos los cimientos del edificio del amor universal, ya que el amor maternal es un amor primario, de corto horizonte y es preciso que ese amor se universalice, se haga amplio, inmenso. En esta etapa seremos pues la persona que seduce.

Después de haber sido la persona amada, se convertirá en el enamorado. En esa fase todo el amor acumulado en el periodo anterior será precipitado al exterior y será una especie de máquina de amar, un manantial de ternura, de solidaridad, de simpatía hacia todos los seres del universo. 

El signo de Piscis será quien presida esa etapa del trabajo humano. La abundancia de sentimientos que antes se proyectaba hacia el interior, será ahora disparada hacia el exterior y su objetivo será el de crear en el mundo la Tierra del amor, conduciendo victoriosamente la carroza de sus sentimientos hacia la unión de todos las personas.

Si esta etapa y la anterior son vividas plenamente; si en ellas no interfieren los bajos deseos, las pasiones, los designios torcidos, el ser humano conocerá en tales etapas la más alta felicidad. Al placer de verse amado, se añadirá luego el placer de amar, de darlo todo a alguien en el que desearíamos vaciarnos, fundirnos, dejar de existir en nosotros mismos para existir en él y para él.

En el próximo capítulo hablaré de: los signos de Aire

Kabaleb
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